jueves, 7 de abril de 2011

La muerte-otra: Vida



Morir en Benarés

Faltan dos días para la Navidad. La Navidad solamente ocurre en nuestra memoria y tal vez en un lugar lejano que también se aloja en la memoria. Puede que allá estallen villancicos o se entonen cantos gregorianos; aquí, como cada tarde, el sonido de campanas, platillos y caracolas se eleva desde la multitud de templos que bordean el Ganges. Al margen de la memoria, alguien, aquí, existe levemente.

Debió tener nombre alguna vez; nosotros nunca lo supimos. Bajo nuestra ventana, a dos pasos de la puerta, vive desde hace dos años entre cuatro paredes de hojalata: improvisada habitación sobre ruedas que en otro momento debió servir de quiosco a un vendedor de tchai. Renunció a todo para morir cerca del río sagrado y romper así la rueda de sus reencarnaciones. Nadie que no pertenezca a la casta brahmana puede ofrecerle alimentos cocinados. Hoy ya no puede encender su hornillo de barro con las boñigas de vaca que ella misma acostumbraba a disponer sobre el suelo, en pequeños montones, para que las secara el sol. Sus largas manos cuelgan, elegantes aún, transparentes en su extrema delgadez, del camastro de cuerda.

No es triste morir: es solamente el dedo del invierno reconociendo los cuerpos que se duermen.

El largo y húmedo sonido de las caracolas acompaña las llamitas embarcadas en hojas de baniano: ofrendas para los espíritus de los antepasados, que viajan río abajo con la corriente o se quedan detenidas al costado de una barca. Nada muere en Benarés; todo se acompasa al ritmo del fuego, del agua, de la tierra. Nadie muere en Benarés; morir es otra manera de estar vivo. Aquí se suspenden –y tal vez mueran, ellos sí- los cuentos tristes y los rituales trágicos. El tiempo deja de rendir tributo al pasado, se vuelve puro acontecer, eternidad que cabe toda entera en la mirada, eternidad de aire y de piel, de sonido.

La vieja brahmana tose a cortas sacudidas. Estas palabras que escribo la detendrán quizás, formarán bordes, orillas en su tiempo. Son palabras intrusas y las escribo con la secreta impresión de malograr en cierta medida el perfecto destino de un alma que renuncia a ser propia.

Todo es simultáneo: las aguas sucias inundando los escalones anchos que llevan al río, sus ojos semi-cerrados ya por las nubes, sus labios repitiendo aún el gesto que corresponde a los nombres sagrados, los búfalos, hermosamente lentos, sumergiéndose en el Ganges... No sé si el sol saldrá mañana redondo y rojo como el betel cuando se muerde, no sé si algún niño nacerá en Benarés con los ojos abiertos, no sé si en la serena mirada de las vacas la ciudad se reflejará más suave, más amable. Son extraños los males que los hombres inventan y es tan simple la muerte como el roce de un silencio cuando la luz se apaga.

(Murió en la noche del 24 de diciembre de 1987)

Chantal Maillard, La otra orilla



El lejano Oriente supo interpretar la evidencia de la transformación, la no permanencia, la inconsistencia del yo, la caducidad. Nosotros hemos hecho todo lo contrario. Desde todas nuestras instancias (intelectual, moral, religiosa, etc.) hemos afirmado y afirmamos la permanencia. Esto es lo que nos estorba a la hora de nuestra muerte, de la nuestra y de la ajena. Por eso la evitamos y, al hacerlo, despojamos a los que mueren de la dignidad que, socialmente, les corresponde. Les des-integramos. Les arrancamos de la comunidad de los que siguen vivos. En la antigüedad, se exiliaba al enfermo porque era políticamente inútil, pero no al muerto; su muerte le competía a todos porque con ella, sumada a la de todos los ancestros, se urdía la historia del grupo. Nuestro muertos, en cambio, no son útiles porque nuestra historia ya no se urde con el pasado, sino con el futuro, un futuro inmediato, vacío aunque gesticulante, un futuro de camuflaje en el que nos enfundamos, como niños que juegan a creerse inmortales. La nuestra es una sociedad infantil que erradica la muerte de su horizonte convirtiéndola en tema de noticiario o en asunto de estadística. Asunto, siempre, de “los otros”, por supuesto (son ellos los que mueren). Una sociedad de este tipo es extremadamente vulnerable pues cualquier acontecimiento inesperado que la sacuda la proyecta en una pesadilla. Lo que en las culturas tradicionales está integrado en la vida diaria surge en la nuestra como estados de excepción. Hemos ordenado nuestra vida con detalle horario, pero en él el tiempo de los muertos no se computa.

Para la conciencia posmoderna (y con ello me refiero a una conciencia filosófica posreligiosa), sin duda, no ha lugar ni el fácil recurso a la voluntad divina y el reencuentro ultraterreno. Cuando se han erradicado los dioses, los ritos de duelo asociados con ellos quedan obsoletos. Sin embargo éstos no eran un invento baldío. En ellos ha descansado la salud mental de las sociedades que nos han precedido. Cuando los rituales se olvidan o se consideran absurdos, se le priva a la persona en duelo de una parte muy importante de los gestos necesarios para su salud. La historia de la humanidad no es tan larga como pudiera parecernos, pero sí lo suficiente como para que los pueblos, desde muy antiguo, hayan forjado estrategias para seguir viviendo y conviviendo con la terrible condición que nos es propia. No es de sabios rechazar por inútiles formas culturales que han sido elaboradas durante siglos y que nos han permitido llegar hasta aquí con una mediana integridad de nuestras funciones psíquicas y orgánicas. Los ritos forman parte de las estrategias simbólicas. El rito de duelo les otorga a los muertos un lugar entre los vivos, un lugar y un tiempo, sobre todo un tiempo. Y es preciso otorgarles un tiempo, su tiempo de cada día, para que no ocupen todo el tiempo, consciente o subconsciente, de los vivos, contagiando de no-ser sus demás actos cotidianos.

La primera tarea de una sociedad adulta, pues, en lo que concierne a la muerte, debería de ser la elaboración de unos rituales de duelo. La segunda, la observación de los miedos. La tercera, educarse en la compasión. No me refiero, con ello, evidentemente, al ejercicio de la lágrima fácil ni a la proyección en otros de los propios duelos. No se trata tampoco de la encomiable voluntad de ayudar a otros ofreciendo respuestas desde uno u otro código; para la conciencia posreligiosa no hay vuelta atrás. Obviamente, no puede creerse en lo que no se cree. Me refiero a la solidaridad del individuo que se sabe compartir con otros la conciencia del dolor, del miedo y del común desamparo. Una conciencia en carne viva, una conciencia encarnada. La educación en la compasión, en el com-padecimiento (cum pathos), podría ser aquello en lo que convergiesen el oriente budista y la conciencia desdichada de occidente.

Yo, por mi parte, me confieso occidental y asumo mis contradicciones: aspiro a la simplicidad del haiku pero abogo por la lucidez hiriente de la conciencia posmoderna. En la hora de mi muerte, me gustaría, como Santoka, en el presente dilatado de aquel último instante, que mi conciencia fuese:

la hierba…

llueve…

Chantal Maillard, "Desaparecer. Estrategias de oriente y occidente" (en Contra el arte)



El dominio de la industria ha desbaratado y a menudo disuelto la mayor parte de los lazos más tradicionales de solidaridad. Los rituales impersonales de la Medicina Industrializada crean una falsa unidad de la humanidad. Relacionan a todos sus miembros con un modelo idéntico de muerte “deseable” proponiendo la muerte en el hospital como meta del desarrollo económico. El mito del progreso de todos los pueblos hacia la misma clase de muerte disminuye la sensación de culpa por parte de los “poseedores” transformando las repugnantes muertes de los “desposeídos” en el resultado del actual subdesarrollo, que debiera remediarse mediante una mayor expansión de las instituciones médicas.

Por supuesto, la muerte medicalizada tiene una función diferente en las sociedades altamente industrializadas y en los países principalmente rurales. Dentro de una sociedad industrial, la intervención médica en la vida diaria no cambia la imagen predominante de la salud y la muerte, más bien la atiende. Difunde la imagen de la muerte que tiene la élite medicalizada a las masas y la reproduce para las generaciones futuras. Pero cuando se aplica a la “prevención para la muerte” fuera de un contexto cultural en el que los consumidores se preparan religiosamente para las muertes en el hospital, la expansión de la medicina en el hospital constituye inevitablemente una forma de intervención imperialista. Se impone una imagen sociopolítica de la muerte; se priva a la gente de su visión tradicional de lo que constituye la salud y la muerte. Se disuelve la imagen de sí misma que da cohesión a su cultura y los individuos atomizados pueden ser incorporados a una masa internacional de consumidores de salud altamente “socializados”.

La gente muere cuando el electroencefalograma indica que sus ondas cerebrales se han aplanado: no lanzan un último suspiro ni mueren porque se para su corazón. La muerte aprobada socialmente ocurre cuando el hombre se ha vuelto inútil no sólo como productor, sino también como consumidor. Es el punto en que un consumidor, adiestrado a alto costo, debe finalmente ser cancelado como pérdida total. La muerte ha llegado a ser la forma última de resistencia del consumidor.

Iván Illich, Némesis médica

20 comentarios:

Curiyú dijo...

Es exasperante, eso de reconocerse occidental pero...
Tengo una necesidad de saber que la muerte no implica ninguna certeza, apenas la de la pudrición del cuerpo, nada más. No sé adonde va "eso" que pensaba, meditaba, sentía...
Pero la muerte como parte del mecanismo para urdir nuestra historia es fascinante. No "somos" sin la muerte, sin los muertos.
Un abrazo.

Belnu dijo...

La foto en sí ya es un comentario sobre la vida y la muerte.
No he leído a Ivan Illich, gracias por poner ese texto; también me ha hecho pensar en la extraña pesadilla en que han convertido la salud y la enfermedad, gracias a esos lobbies de laboratorios que nos gobiernan y que llaman big pharma y que roban contenido al malestar contemporáneo. Un amigo profesor de instituto me hablaba el otro día con desaliento de la educación y acabó diciendo: y además, están enfermos, tienen enfermedades que antes no tenían los chicos, tienen migrañas crónicas, insomnio crónico, dolores crónicos, mucho cáncer, algunas parecen enfermedades de viejos. Y nadie parece preguntarse qué está ocurriendo.

Stalker dijo...

Curiyú:

así parece ser... no "somos" sin el vasto linaje de muertos que nos preceden, resulta vertiginoso pensarlo. Y sin embargo negamos todo eso... a veces, cuando estoy en un lugar céntrico o concurrido, pienso en la vida que habría ahí justo hace un siglo: todo un mundo que ha desaparecido. El vértigo se abre y no quiere acabar. Luego pienso si alguien, dentro de un siglo exacto, se acordará de los vagos fantasmas que nosotros somos (seremos) para ellos en esa época cercana.

Si pienso que no nos recordarán, el vértigo, de algún modo, se aplaca...

Stalker dijo...

Belnu:

la fotografía es, en efecto, elocuente, y la lectura de Ivan Illich muy recomendable.

mjromero dijo...

'No es triste morir: es solamente el dedo del invierno reconociendo los cuerpos que se duermen.

De niña pensaba en lo que habría más allá de las nubes, al principio me imaginaba el cielo y las estrellas, luego el universo se fue poblando de palabras nuevas, agujeros negros, y de interrogantes. también tenía otro juego, imaginaba a los que habrían vivido en el mismo lugar en que estaba yo hasta llegar a la vida en las cuevas, al lado de los arroyos. Ahora pienso en el mono que fui, en el saurio y pájaro que fui, me reconozco en todos ellos, pero no puedo reconocerme en el universo de los agujeros negros a no ser como energía. Sin embargo, la línea que une, y nos une, en esos mundos es la misma.
Nuestro cerebro se llena a veces de agujeros negros.
Un abrazo.

Stalker dijo...

Alfaro:

es curiosa esa forma de ir hacia atrás e imaginar esas miradas de nuestros ancestros, recrear sus gestos y pensarnos en ellos. Olvidamos con facilidad y nuestra constitución cognitiva, incluso nuestra biología, nos fuerzan a lo inmediato... por eso me parece delicioso esa forma de desatarse y volar hacia otros tiempos...

los agujeros negros están aquí, claro; sólo abstrayendo los hemos situado fuera y lejos. Son una íntima carcoma. Horadan lento. Dentro.

Habría que volver su voracidad en nuestro favor...

un abrazo

Isabel Martínez Barquero dijo...

Occidental soy, pero como todo humano llevo a la muerte de invitada permanente. En nuestra cultura, solemos silenciarla y mostrarnos desenvueltos y poderosos, como si nos alara la inmortalidad; pero, a solas, todos sabemos que ella está ahí y es nuestra cita ineludible.

Decía Djuna Barnes: "La vida, el permiso para conocer a la muerte". Qué cierto.

Impresionantes las reflexiones que has traído, Stalker. Damos vueltas sobre nuestra finitud, sin saber si esta nos destruye o nos mantiene psíquicamente sanos. Corto se nos queda el intelecto para el mayor de los misterios. Imposible es aludirlo sin estremecerse, porque es el no ser y nosotros lo nombramos desde el ser.

Un abrazo muy fuerte.

Stalker dijo...

Isabel:

gracias por tus palabras delicadas...

éstos temas me obsesionan desde siempre, y creo que hablar de la muerte es necesario, que es una forma de hablar de la vida. Las estragegias profilácticas de la anestesia masiva nos han sustraído la reflexión sobre la muerte, que no interesa y ante la que es mejor apartar la vista (esta misma entrada va a tener pocos comentarios). Se nos priva así de una forma intensa de pensar la vida (y la muerte-vida, y la vida-como-aquello-que muere, con todas las subtramas inherentes), a la par que se nos debilita y aísla: un individuo solo, débil e irreflexivo, al que se ha amputado un aspecto del mundo tan definitivo como el ars moriendi, las estrategias para la desaparición, la intemperie que nos es consustancial, se convierte en un consumidor más voraz, en un depredador más automático e inconsciente.

La metafísica del Ser ha encontrado su cauce expresivo más sintomático en los modernos mecanismos de control social, descentralizados, estratificados y en gran medida "invisibilizados".

Por eso este tipo de reflexiones son valientes y necesarias,

un abrazo

Bel M. dijo...

A mí me resulta difícil. Recuerdo que de muy muy pequeña, de pronto un día comprendí lo que era la muerte y me provocó insomnio durante mucho tiempo y muchos otros síntomas. No podía comprenderlo: desaparecer, para siempre... en lugar de darle sentido a la vida, me parecía que se lo quitaba del todo. Y aún hoy ahora, ante una pérdida real, mi primera reacción es ésa.
Otra cosa son los momentos de epifanía, cuando se siente vibrar el universo, como si todo fuera armónico y de esa armonía también la muerte formara parte... pero eso es otra cosa, otros momentos.
Un abrazo.

Stalker dijo...

Bel:

es algo difícil de aceptar, y sin embargo también me parece algo muy simple... no es tan fácil deslindar lo que la muerte es en sí de la construcción social de la muerte, que incluye su no aceptación y la asepsia, y el doble juego que permite que alguien de 30 años no haya visto nunca a un muerto y en cambio haya visto, en tv y cine, miles de asesinatos, mutilaciones, violaciones. La verdadera muerte se esconde y sigue siendo tabú, y la muerte representada ingresa en el menú audiovisual cotidiano. Tal vez ése sea uno de los ejes que explican nuestra sociedad enferma...

un abrazo

Lola Torres Bañuls dijo...

No tengo gas de hablar de la muerte.
"EL Maestro permite que las cosas sucedan./se amolda a los eventos tal cual llegan./Se quita de en medio /y deja que el Tao hable por sí mismo": Lao Tze.

Los animales no piensan en la muerte (Creo) sin embargo luchan por sobrevivir.

Los humanos pensamos en la muerte y nos olvidamos de vivir. (Creo)

Mucha vida. Abrazos.

Say dijo...

A mí la muerte sólo me da miedo por la pérdida de los seres queridos, el dolor que eso me produce. Por mi propia muerte no tengo miedo. No creo en nada. Sé que no hay nada después. Mi ateismo radical me ha aliviado. Lo de tener dioses es algo horrible para mí. Y lo de la inmortalidad del alma y el paraíso después de la muerte... Eso es no descansar nunca!. Y menudo overbooking para entrar en esos paraísos y menuda aglomeración ante tantos creyentes en el mundo!:)

Para mí la muerte es la puerta al último sueño. No tengo ninguna angustia en desaparecer. Formaré parte del tejido de la tierra, en humus, como tantos millones y millones de seres animales y humanos que han pasado por este ciclo desde que en este planeta existe la vida. Estamos en un río inacabable lleno de gente y gente y gente naciendo y muriendo. Como nacen y mueren los animales, nuestros compañeros...para mí, no hay diferencia entre nosotros y ellos.

Me gustaría que en los hospitales no existieran los médicos tan “buenos” que su moral no les permite, para evitarle el sufrimiento al enfermo y a los que le rodean, practicar la eutanasia, o aplicar remedios contra el dolor físico.

“En la hora de mi muerte, me gustaría, como Santoka, en el presente dilatado de aquel último instante, que mi conciencia fuese: la hierba…”

Ahab dijo...

En occidente, los que (nos) se atreven a pensar en la muerte emprenden un camino que durará toda la vida. Conocer otras formas de abordar ese vértigo a lo largo de la história cultural de la humanidad nos sirven como medicamento espiritual y existencial. Pero el vértigo anida ahí; abajo. El mareo cósmico inabordable que tanto perseguimos... lo perseguimos enésimamente. Buscando el vacío que somos, en lo hondo.

Por otra parte, gusto pensar que tras mi muerte mi conciencia será esa hierba, ese fuego o ese polvo, lo que una vez fue.

Abrazo

Stalker dijo...

Lola:

mucha vida, sí. En los intersticios, en los leves movimientos (zancudos) del pensar-sentir...

abrazos

Stalker dijo...

Say:

sigo el rastro de tus palabras como migas de pan y me llevan al bosque en el que quiero vivir...

Es así: esa rueda sin fin de alientos que se encienden, cobran llama y cuerpo, y luego se extinguen para dar paso a otros. Fuego fatuos quizá, velas que perpetúan un curso, trazo interminable que decanta el código, el texto, el ritmo que somos...

Siempre he pensado que nuestra sociedad "civilizada" comete una atrocidad fundamental al negar la eutanasia. No permitirmos sufrir a un animalito, pero sometemos a hombres y mujeres a una humillación y un sufrimiento ilimitados en el confinamiento hospitalario de las enfermedades terminales. Es una brutalidad inconcecible, una atrocidad para la que no encuentro explicación, para la que no tengo palabras. Encubrir la muerte y mantener la vida de forma tan encarnizada, a costa de dolores inimaginables, es un crimen injustificable que muestra nuestra vergüenza y la parte más repugnante de la moral judeocristiana...

Un abrazo fuerte

Stalker dijo...

Ahab:

el vértigo es insuturable: pertenece a esas cosas que apenas sabemos nombrar, y mucho menos cauterizar o acompañar. Habría que cuidarlo a ese vértigo, no desde la resignación o el sometimiento a uno u otro código profiláctico estoico, sino desde la fiereza, la lucidez, el reconocimiento. Desde la carne viva que se sabe vulnerable y no pacta, pero asume en un doble gesto de aceptación y rebeldía...

salve

leonardo dijo...

Espero ir hacia mi muerte mejor de lo que he ido por la vida (ya te contaré cuando seamos yo hierba y tú búfalo). Es la idea de fin, de corte brutal que debería menguar. Deberíamos aprender a gozar de cada minuto de vida que, visto desde el otro lado, es un minuto de muerte.
Comparto la idea de la necesidad del rito, algo que hemos desaprendido totalmente: no hay más que ver lo que es un entierro con unos señores encorbatados que te dicen lo que debes hacer, es un horror. Aunque aborrezco las misas de muertos, me parece que es un ritual donde quedaría todavía algo, lo que es una lástima es que, en verdad, no es sino una mascarada, pues la gente ni siquiera sabe por qué lo hace o porqué asiste sino es por un motivo social.
Vasto tema para algo que puede ser tan simple como desaparecer.
Abrazo

Stalker dijo...

Leonardo:

si tú eres hierba y yo soy búfalo haré una digestión de tu materia la mar de a gusto. Si es al revés, haz otro tanto, rumiame, incorpórame a tus ritmos fisiológicos...

es un tema muy vasto, en efecto; desaparecer debería ser tan sencillo como inspirar o expirar, y debería facilitarse el tránsito en lugar de escamotearlo. Los rituales sociales tienen sentido, pero es verdad que hoy en día no sirven, han sido descarnados, vaciados de contenido, desterritorializados de nuestra alma raíz, el lugar donde servían al arraigo... hemos perdido tanto y hay tanto que reinventar...

Tus comentarios insuflan vida a esta casa, Leonardo: la vida que necesita,

un abrazo fuerte

leonardo dijo...

En tu casa lleno mis pulmones!
abrazo

Virgilio Wolff dijo...

Stalker, Stalker.... me pido entre la hierba y el búfalo, entre el búfalo y la hierba; nadie me pido, nada de eso.
Pero si pido seré alguien, entonces no podré pedir; sin intención tal vez.
Muchos, la gran mayoría de los ritos , pienso, han perdido su sentido al repetir, acostumbrarse de "malamanera" a ellos... si alguien ha de hacer un rito de muerte, deberá hacerse a escondidas, antes o despuésque aparezcan los hombres de corbata se lleven el cuerpo, el resto, del lugar que habitó, lo hizo.... conservo tres horquillas que cayeron bajo la cama, de la cabeza de mi abuela que yacía , muerta, en su cama de matrimonio. Los ojos hundidos, las canas, los gestos posmortem... no, nada de eso me dijeron, porque no era... sin embargo, las horquillas sí...Me las llevé puesta en la manga de mi camisa , a modo de luto. Bajo mi cama ahora pelusas, pelusillas y todo un repertorio de animalillos, bestiario...
Salud Stalker... anoche volví a ver la peli

 
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