domingo 8 de noviembre de 2009

This is it



El otro día fui a ver "This is it", el documental sobre Michael Jackson... Fui a verlo con cero expectativas, convencido de que se trataba de una operación comercial de dudosa calidad. Fui porque en los últimos meses me he acercado al personaje y a su obra con una visión aproximadamente desprejuicida, he querido ver y comprender antes de juzgar, y corregir la condena apresurada que tantas veces he realizado a propósito de su figura. He tenido palabras muy duras contra Jackson pero ahora, después de acercarme al hombre y a la obra, ya no puedo sostenerlas: se me ha ido insinuando una compasión cada vez más intensa, y una comprensión del destino trágico de un ser que estuvo acosado por emociones atroces: el miedo, la angustia, la soledad, que gobernaron el centro de su vida y son la fuente de sus excesos, extravagancias y neurosis. Esa empatía ha desactivado mi reticencia y mi desconfianza. ¿Seré un converso? No lo sé, sólo sé que creo haber entendido, o imaginado, lo que debe ser habitar en una soledad cercada, ser el Otro irreductible, en una alteridad inalcanzable y sin embargo asediada por miradas que odian y críticas feroces, y también alimentado por ilimitadas devociones. Es difícil imaginar a alguien más solo que Michael Jackson, más solo y con tanto miedo (en los documentales sobre su vida, el miedo, y la reacción infantil al mismo, parecen regir todos sus actos y deseos, desde el miedo a la muerte y a la enfermedad hasta el miedo más insospechado en alguien como él: el miedo al público, que en su adolescencia le hizo querer subir al escenario con una máscara... máscara que se apresuró a confeccionarse años después).

Hace poco alguien en quien tengo una gran confianza decía que Michael Jackson era una obra de arte contemporáneo. Y tal vez pueda entenderse como body art sometido a una feroz operación de montaje-desmontaje, cuerpo desmembrado y sucesivamente devorado por los fans y reconstruido por esa imagen especular comunitaria... un mito, un símbolo activado por la idolatría de las masas, una máquina de guerra de la era Reagan. Michael Jackson, decía esa persona, sería el perfecto andrógino, la perfecta criatura que está en el vórtice, que habita simultáneamente todas las encrucijadas: ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo, ni blanco ni negro... A esas dicotomías irresolubles podemos añadir la más poderosa: ni vivo ni muerto... El perfecto Alien, el Otro inconquistable, porque no habita ninguno de los términos de la infinidad de máquinas duales que nos ofrece el mundo y en las que, para salvaguardar nuestra identidad y nuestros prejuicios, aspiramos a refugiarnos.

Vuelvo al documental: pasé dos horas sumido en una extraña y creciente emoción que se filtró en mí como un agua lenta. Como sabéis, no soy afecto a la música pop y creo no dejarme embaucar fácilmente... El caso es que la experiencia de ver ese documental en pantalla grande ha sido una de las más extrañas, intensas y enriquecedoras de las que me ha tocado vivir este año. Y la imagen que tenía de Michael Jackson se ha colapsado completamente en esas dos horas. Aquí no tenemos la sobrecodificación de los videoclips, la pose de las fotografías. El mito aparece descargado de todo lastre, vaciado, como vuelto del revés. Tampoco se trata de ver las costuras del mito, ni apreciar al hombre en su desnudez “auténtica” (pues la autenticidad, acaso, es la mayor y la más sutil construcción socio-mental de todas, la impostura más invisible y mejor trabada); es una especie de atenuación de la visión, un oscurecimiento de todo lo que se ha depositado en el personaje. Para advenir, no al hombre, sino al gesto.

En primer lugar, se me han caído muchos prejuicios y han arraigado algunos asombros. Prejuicios: creía que Michael Jackson sería una especie de robot teledirigido, guiado por las órdenes de coreógrafos, directores escénicos, etc. Error: es él el que dirige, él es el coreógrafo principal, el verdadero director musical y quien marca la pauta, siempre. Lo hace, además, con increíble tacto y delicadeza, incluso cuando se enfada. El trato que dispensa a todos, músicos, bailarines, etc., es exquisito pero rotundo: puño de hierro en guante de terciopelo, tal vez. Otro prejuicio: esperaba ver a un ser demacrado, una especie de sombra de sí mismo. Cincuenta años, un vida castigada. Otro error de juicio previo: Jackson baila y canta mejor que nunca, con una precisión y una sutileza admirables. La gestualidad es más contenida pero más intensa, ya no esboza el gesto hasta el final: lo insinúa, como hacen algunos bailarines flamencos: el espectador hará el resto. Utilizando la jerga deleuziano-guattariana, apenas el gesto se desterritorializa vuelve a reterritorializarse, y esos impulsos-estremecimientos-sacudidas, esa estética corporal de la convulsión, traduce un lenguaje gestual tejido de quiebros y microfisuras que vertebran el sentido. Me ha impresionado, además, la extremada concentración en cada movimiento y el control absoluto de un cuerpo extenuado, enflaquecido, una pura máscara vibrátil, animada por un movimiento perpetuo. Siempre me han admirado los artesanos capaces de abstraerse en lo que tienen entre manos; Michael Jackson pule y esculpe cada movimiento con una concentración infinita, no es la máquina abstraída que esperaba encontrar. Todo lo cual no invalida la sensación de ver a un espectro, un cuerpo en cierto modo desencarnado pero profundamente inmediato, entrañado en la rotundidad de un movimiento preciso, de una danza espasmódica, frenéticamente “real”. Esa sensación de realidad espectral activa zonas extrañas en la conciencia selectiva del espectador, zonas mórbidas pero fecundas: el espectador crea, se deja guiar por el cuerpo espectral, por su extraña “inmanencia trascendente”, y en esa dialéctica de extrañeza-entrañamiento se insinúan preguntas inquietantes sobre el propio estatuto de nuestra ficción consensuada.

También esperaba una música recargada, efectista, pero incluso aquí, las líneas melódicas, en ocasiones, se reducen a su esqueleto más simple, y ello les aporta eficacia e inmediatez: inoculan el ritmo a la par que la minuciosa coreografía (como nota aparte señalaré que la adhesión que generan las coreografías tal vez no esté exenta de un peligro latente: ¿y si la coreografía es el principio del fascismo? No en vano hay cierta liturgia castrense, imperiosa, en ciertas canciones como “Jam”).

Quizá la escena que más me ha impresionado es cuando trabajan la melodía de "The way you make me feel" con el director musical. Primero éste le sugiere meter más "bum bum", y Jackson se niega: dice que quiere la canción lo más simple posible, tal como la escribió. Nada de fanfarrias. Después de varios tanteos dirigidos por Michael, encuentran la melodía y, mientras la escucha, él se pone a bailar. Se deja atravesar por la música con todo el cuerpo. En un momento determinado se detiene y dice: "No, no va por ahí, no me fluye, me bloquea, no me pasa...". La música interfiere con el gesto que trata de acompasarse a ella. No fluye a través del cuerpo, por lo tanto, hay que buscar un cauce, un tempo, para que el cuerpo la reconozca y las notas se encarnen, se hagan gesto y cuerpo en el movimiento: se in-corporen. Esta manera de trabajar con los músicos me ha impresionado y no recuerdo haber visto nada así salvo en Barbara, para quien cantar también es una experiencia corporal completa, cantar con el cuerpo y no sólo con las cuerdas vocales, utilizar todos los estratos senti-mentales (alguien diría los "chakras") en un único impulso comunicativo. Savia ascendente, de la entraña al afuera. Negación de la escisión cuerpo-mente.

Otra cosa que me sorprendió profundamente: imaginaba a los músicos y bailarines como meros profesionales fríos, pero... las declaraciones que hacen al principio del documental, cómo se les escapan las lágrimas, cómo han puesto ahí todo su corazón y su cuerpo, cómo para algunos ésa es la razón de su existencia, todo eso te golpea, no te lo esperas. Tampoco te esperas que todos crean en ese espectáculo tan intensamente, que todos crean que tienen un mensaje que ofrecer. El propio Jackson lo sintetiza en una oración, al final: "Recuperar los vínculos, volver a ser uno, ser una familia, una comunidad, renunciar al individualismo". Curioso en alguien que, a todas luces, ha sido la punta del lanza del capitalismo más feroz, ideología que tiene en el individualismo su blasón más definitorio. Pero lo dice y lo cree, lo cree intensamente. Como cree en el mensaje ecologista y en denunciar que los responsables somos nosotros y que dejemos de culpar a los gobiernos o deleguemos en otros. Que nos toca a nosotros. Podemos entrar a juzgar si todo esto no es más que una ingenuidad o una fatal contradicción. De lo que estoy seguro es de que no es una farsa y que aquella gente creía en ello.

En fin, esto es lo que me ha pasado y quería compartir con vosotros esta perplejidad. Hace unos meses sólo tenía palabras de desdén hacia el hombre y su arte. Ahora, sin embargo, algo me ha conmocionado. No sé explicarlo bien, pero está ahí. Y ahora creo que para entender a Michael Jackson sería necesario un planteamiento filosófico; de veras me parece que no basta con adherirse a la imagen estereotipada y arrancarle cuatro lugares comunes. Por una vez la publicidad, ese gran cementerio de engaños, no miente: “Descubre al hombre que nunca conociste”. Por increíble que parezca, eso es lo que a mí me ha pasado con “This is it”. Admito que he podido ser víctima de una grotesca ilusión... pero es así como lo he vivido.

Por supuesto, os pongo el cuerpo por si queréis lapidarme. Y me atrevo a pedir perdón, en concreto, a Susana: creo que ella no entenderá este cambio drástico de rumbo. Admiro su inteligencia, y también la firmeza de sus convicciones. Acogeré su disensión y su previsible ira con todo cariño.

martes 3 de noviembre de 2009

La belgitude IV: Henri Michaux o la escritura como pintura



Payaso

Un día.
Un día, pronto tal vez.
Un día arrancaré el ancla que mantiene mi navío lejos de los mares.

Con el tipo de valor que hace falta para ser nada y nada más que nada, soltaré aquello que me parecía serme indisolublemente próximo.
Lo cercenaré, lo volcaré, lo romperé, lo haré caer
De un golpe vomitaré mi miserable pudor, mis miserables combinaciones y encadenamientos asociativos.
Vaciado del absceso de ser alguien, beberé nuevamente el espacio nutricio.

Al golpe de ridículos, de decadencias (¿Qué es la decadencia?), por estallido, por vaciamiento, por una total disipación-escarnio-purgación, expulsaré de mí la forma que creíamos tan vinculada, tan bien compuesta, coordinada, haciendo juego con mi entorno y con mis semejantes, tan dignos, tan dignos, mis semejantes.

Reducido a una humildad de catástrofe, a una allanamiento perfecto como después de un intenso canguelo.
Devuelto por debajo de toda medida a mi rango real, al rango ínfimo del que no sé qué idea-ambición me había hecho desertar.
Anonadado en cuanto a la altura, en cuanto a la estima
Perdido en un lugar lejano (o ni siquiera eso), sin nombre, sin identidad.
Payaso, derribando en el hazmerreír, en lo grotesco, en la carcajada el sentido que contra toda luz me había construido de mi importancia
Saltaré.
Sin recursos al infinito espíritu subyacente, abierto a todos
abierto yo mismo a un nuevo e increíble rocío a fuerza de ser nulo

y raso...
y risible...

(trad. Chantal Maillard, Escritos sobre pintura)




Pintura de Henri Michaux

lunes 26 de octubre de 2009

La belgitude III. Chantal Maillard o la poesía que dice el hambre





En un principio fue el hambre. Y la necesidad de unirse, de mantenerse unidos para poder subsistir. De ahí que los pueblos tuvieran que construirse una historia común, un pasado por el que fortalecer su identidad. El poeta se encargó de ello. El poeta no era un oráculo; era un forjador de mitos. Entonados, estos mitos podían memorizarse y transmitirse. De este modo, unidos en una memoria colectiva, el pueblo podía subsistir. La poesía, entonces, en sus inicios, tenía una función política.
Pero fue reemplazada por las teodiceas. Los filósofos se convirtieron en consejeros de los gobernantes y reemplazaron a los cantores y, poco a poco, la poesía fue convirtiéndose en un juego elegante cultivado por los nobles en las tardes ociosas.
Podríamos pensar en el ars poetica como en una degeneración de la actividad poética. Podríamos hablar de una “estetización de la mnemotecnia”. En este proceso, el poeta tomó prestado de la filosofía (que también era cosa de palacio) ciertos hábitos. Por ejemplo, el autor empezó a utilizar la tercera persona del plural (“los hombres”…) para hablar de sí mismo. Contagiado de la metafísica, el poeta se ejercitó en lo universal, ya no con el ejemplo, como correspondía a la poesía épica (a la que se refería Aristóteles), sino con el concepto. Ya no se hacía referencia a aquel personaje apasionado o a aquel otro cuya muerte, etc., sino que se cantaba el Amor y la Muerte… Y así hemos llegado a este momento.
Sin embargo, ahora, después de haber tomado conciencia de que la Historia no es ni tiene por qué ser la historia verdadera y que las metafísicas no pasan de ser ejercicio de lenguaje, ahora, después del desencanto y de la hibridación de los géneros, puede que la poesía, algún tipo de poesía vuelva a sernos necesaria. Pero ¿qué tipo de poesía?, y ¿para qué?
Respondamos a lo segundo en primer lugar: para volver a entrañarnos. Porque la metafísica no nos ha simplificado la vida ni nos la ha hecho más llevadera. Porque nuestra identidad de pueblo se ha desintegrado en pequeñas cápsulas (unifamiliares, individuales) y seguimos anhelando una unidad mayor. Y, sobre todo, porque ahora, para la conciencia posmoderna, la existencia misma es lo que se nos ha vuelto extraño y que probablemente echemos en falta un nuevo “entrañamiento”. […]
La poesía de la que necesita la conciencia posmoderna no parece que sea la épica de Homero ni la ingeniosa versificación palaciega de épocas decadentes. Pero tampoco es la poesía metafísica, aquella de la que Aristóteles dijera que es más filosófica que la Historia porque la Historia atiende a hechos individuales mientras que la poesía atiende a lo universal. Conviene tener cuidado, ante frases como ésta, de Zambrano:

La poesía se sumerge bajo el tiempo, desprendiéndose de los acontecimientos, en busca de lo primario y original, de lo indiferenciado.

El poeta que se desprende de los acontecimientos es un metafísico, y el poeta místico es un metafísico que se ignora. El poeta místico se desentraña y se proyecta en el nombre que le da a un supuesto origen. Si de lo que tenemos necesidad, hoy en día, es de un nuevo entrañamiento, el poeta que requerimos no habrá de evadirse de lo concreto. Muy al contrario, en lo singular es donde captará, como el autor de haikus, lo esencial: no lo universal, la idea vaciada de accidentes, sino la radical infinitud de lo que cada cosa es en sí misma. Ahí, en lo concreto, es donde captará el ritmo, la vibración de un ente, su sonoridad, su peculiar forma de vibrar.
El nuevo entrañamiento del que hablo es algo en realidad muy viejo, que tiene que ver con la capacidad de empatía (o de proyección) del ser humano, algo de lo que la palabra poética ha dado cuenta desde muy antiguo. Cabe volver a mencionar, con respecto a ello, la manera en que Valmiki, el autor del Ramayana, narra el origen de la poesía sánscrita: en la primera parte de la epopeya cuenta el autor que, yendo por la orilla de un río, vio a una pareja de garzas apareándose en la rama de un árbol. De repente, el macho cayó traspasado por la flecha de un cazador y la hembra emitió un grito terrible. Aquel grito penetró en el corazón del poeta, quien dice haber experimentado el mismo dolor, la misma desesperación que aquel que provocara, en el ave, aquel grito desolado. Hasta tal punto se halló Valmiki lleno de compasión, explica, que el grito estalló en sus labios en forma de poema. El desbordamiento emocional había hallado su camino en la expresión poética. Por ello, explica, a esta palabra-verso nacida de la pena (soka) se la llamó verso (sloka).
El grito se resolvió en palabra. Halló la manera de traducirse en lamento. Como las ondas que una piedra hace al caer en un estanque, así la voz del ave, por resonancia, alcanzó al poeta que, a su manera, musicalmente, la expresó. Vocalizó la emoción. La moduló: propagó la vibración.
Algunas teorías indias entienden que el universo se creó por resonancia. La gran exhalación del comienzo se prolongó en las consonantes. El “ser”: la energía neutra del comienzo se significó: modulándose en los signos (en las letras, en su sonoridad) se diversificó.
Y así también: En el principio (arjé) era el verbo (logos)… El verbo (término éste, verbum, con el que se tradujo la palabra griega logos cuando éste se identificó con el principio creador del cristianismo), curiosamente, es la palabra que puede ser conjugada. El logos-verbo es posibilidad de ser, antes de las diferencias. Condensación del sonido, inaudible antes de su expansión.
En un principio fue el verbo, y el verbo se conjugó, y se propagó. Los siglos de los siglos fueron la propagación del primer sonido. El primer sonido fue un acto: el de respirar. Un respirar sin nadie que respirara. Un acto sin sujeto. Un aliento sonoro.
Y el verbo se hizo carne: materia. Se hizo audible. Se “materializó”. El mundo: sonoridad vibrante. La materia: densidad del sonido: velocidad vibratoria.
En un principio fue el verbo y el verbo poetizó: la matriz del mundo es el hueco donde impacta el primer sonido y se gesta el primer poema: la primera construcción (poíesis), la primera articulación.
Sí… puede que esto sea muy bonito. Pero no nos sirve. Ya no nos sirve porque las palabras, ahora, son multitud. Los ecos están distorsionados. Los sonidos, como las emociones, se degradan imitándose unos a otros. El kitsch reina por doquier de tal modo que ya nos es difícil saber, de lo que sentimos y pensamos, qué es genuino o impostado, qué hemos aprendido y repetido, qué es emoción y qué lenguaje. Tal vez sea preciso callar. No añadir más palabras a las ya expandidas.

O, tal vez, urdir otro inicio. Digamos, por ejemplo:

En el principio era el Hambre. Y el Hambre creó a los seres para poder saciarse. Y el Hambre era la muerte, para los seres. Inventaron remedios, buscaron curarse, pero el Hambre dijo odiaos y luchad unos contra otros, para poder saciarse. Y el Hambre introdujo el hambre en los seres, y los seres se mataban entre sí, por causa del hambre. Y el hambre era la muerte, para los seres.

No parece que quepa, hoy en día, otra poesía que la que diga el hambre. Y el terror. La desolación y la extrañeza. Que lo diga para que nos reconozcamos en ello. En comunidad. Con las cosas. En las cosas. Cosas, también, nosotros. La identidad colgándonos del hombro como una chaqueta raída.
Luego, como un personaje de Beckett, atender al balbuceo, como mucho.
Sobre todo, atender al silencio, ese silencio: la callada inocencia recobrada, antes del logos, el no saber cargado de compasión por los seres que viven con su hambre.

Chantal Maillard

(Texto incluido en el cuaderno VI Jornadas poéticas del ACEC, que recoge las lecturas y conferencias impartidas ente el 6 y el 9 de junio de 2006 en el Ateneo de Barcelona; posteriormente, este texto aparece, con sustantivas modificaciones, en Contra el arte y otras imposturas, de la autora)

jueves 22 de octubre de 2009

La belgitude II. Chantal Akerman o los espacios del desasosiego



Si tuviera que elegir el film que más me ha sorprendido en los últimos años creo que me quedaría con "Là-bas" de Chantal Akerman. Tsai Ming Liang me ha enseñado el desasosiego en el Taiwán contemporáneo, Apichapong Weerasethakul cómo recrear los mitos antiguos con un lenguaje moderno; Pedro Costa me ha narrado las crónicas de hieráticos muertos lúcidos, en una especie de "naturalismo onírico" en el que se oxidan las presencias, las esperas, los procesos cognitivos; Naomi Kawase me ha enseñado a mirar desde ese otro ángulo olvidado, y a hablar bajito; Joao César Monteiro ha demostrado que se puede ser no ya posmoderno, sino ultramoderno, hipermoderno, sin por ello perder la apostura clásica de caballero walseriano; Jia Zhang Ke ha retratado como nadie el dolor de la metamorfosis y la falta de centro en un mundo que cambia vertiginosamente, y en el que el otro, como en Tsai Ming Liang, parece un espectro desdibujado al que es imposible acercarse...

Pero de todas las películas que abren nuevos caminos narrativos y estéticos, de todos esos encomiables y logrados esfuerzos, me quedo con la sencillez lapidaria, con el balbuceo espartano de "Là-bas". En 2006, la belga Chantal Akerman llega a Tel Aviv para ajustar cuentas con su pasado, con su condición judía. Pretende rastrear las fuentes de su infancia y deshacer los nudos de fuerza que han asfixiado, desde entonces, su itinerario adulto. Alquila un piso y se dispone a salir a la calle, pero entonces... el pánico. Irrumpe el pánico con una fuerza demoledora. Chantal se queda en casa un mes, incapaz de salir a la calle. Tiene una cámara digital y filma lo que ve por las ventanas del piso. Pero incluso la luz le da miedo: filma, salvo cuando oscurece, con las cortinas y visillos corridos. Filma cuerpos de vecinos, puestas de sol, terrazas... Escucha a los otros, recibe así, tamizado, ese mundo que la aterroriza. Poco a poco ingresamos en un mundo crepuscular, se nos hace evidente una ontología del desamparo en la que todos los perfiles pieden su nitidez y se funden en sombras; no sólo lo que percibimos, también nuestras ideas heredadas son sucesivamente minadas por la tensa espera. En virtud del balbuceo, el pensamiento horizontal-jerárquico se desarticula a la par que el espacio circundante; el "alma", la visión, es presa de fluctuaciones indefinidas, adviene por sacudidas, entrecortada lucidez que se debate por sobrevivir. No vemos nunca su rostro, salvo alguna vez, fugazmente, en un espejo. Y habla, habla detrás de la cámara; la oímos en pequeñas frases deshilvanadas, con las que va construyendo un pequeño mosaico que da cuenta de su impotencia para decirse. De vez en cuando, recibe una llamada telefónica, oímos su voz seca, breve, temerosa. Poco a poco vamos acercándonos al centro de un alma calcinada y entendemos, entendemos, sabemos sin saber y nos abrimos a un espacio de empatía con su miedo, su infinito desamparo de vivir...

Un día se arma de valor y sale a la calle. La cámara avanza tímidamente por la playa. Pero tiene que regresar enseguida. Un atentado.

Una obra desestructurada, hecha de añicos que nosotros podremos recomponer no en el montaje, desenfocado, sino en la síntesis última de una interiorización meticulosa. Por desgracia no encuentro fragmentos en Youtube o Daylimotion y hasta donde sé no se ha editado en dvd. Tuve ocasión de verla en 2006 en un pequeño festival de Barcelona. Es la película que más me ha impactado en los últimos años.


lunes 19 de octubre de 2009

La belgitude I. Los corazones tiernos





Los corazones tiernos

Hay quien tiene el corazón tan grande
que a él entramos sin llamar
hay quien tiene el corazón tan grande
que apenas vemos la mitad.

Hay quien tiene el corazón tan frágil
que lo romperíamos con un dedo
hay quien tiene el corazón demasiado frágil
para vivir como tú y yo.

Llenos de flores los ojos
los ojos a flor de miedo
miedo de faltar a la hora
que conduce a París.

Hay quien tiene el corazón tan tierno
que en él descansan los pájaros,
quienes lo tienen demasiado tierno
mitad hombre mitad ángeles.

Hay quien tiene el corazón tan vasto
que está siempre de viaje
hay quien tiene el corazón demasiado vasto
para privarse de espejismos.

Llenos de flores los ojos
los ojos a flor de miedo
miedo de faltar a la hora
que conduce a París.

Hay quien tiene el corazón afuera
y no puede más que ofrecerlo
el corazón tan afuera
que todos se sirven de él.

Aquel tiene el corazón afuera
y tan débil, y tan tierno;
malditos los árboles muertos
incapaces de atenderle.

Llenos de flores los ojos
los ojos a flor de miedo
miedo de faltar a la hora
que conduce a París.

miércoles 14 de octubre de 2009

La no tejida urdimbre. Un poema de Leónidas de Tarento



Infinito era el tiempo pasado al venir tú a la aurora
e infinito aquel que en el Hades te espera.
¿Qué porción resta, pues, de tu vida sino un solo punto
o algo más exiguo que un punto todavía?
Pequeña y angosta es tu vida y tampoco agradable
resulta, sino triste, más que la odiosa muerte.
Tal es pues la osamenta en que cuelga tu cuerpo; y empero
al aire y a las nubes, humano, te remontas.
Pero ve cuán inútil es todo: en los cabos del hilo
la polilla devora la no tejida urdimbre.
Examina, pues, hombre, con celo tu vida y tus días
y en una existencia sencilla reposa
recordando en tu espíritu siempre, al tratar a mortales,
con qué clase de paja se te ha fabricado.

Leónidas de Tarento, siglo III a. C.

viernes 9 de octubre de 2009

El idiota interior



"El gesto del verdadero idiota, que no puede ser de otra manera, me conmueve más que el del Todopoderoso"

Elias Canetti