domingo, 8 de agosto de 2010

El árbol del olvido


Lhasa de Sela



Hace unos años tuve ocasión de ver a Lhasa de Sela en concierto en una pequeña sala de Barcelona. Fue un pequeño satori: un momento de intimidad iluminada y fragilidad compartida. Con leves tonos crepusculares, Lhasa fue desgranando todos los temas que hablan de lo que nos pasa, eso que afecta a nuestra condición común y que (comúnmente) queda en los márgenes del discurso.

Era una sala pequeña (no se llenó, quizá habría 200 personas), llegué con tiempo y estuve en primera fila. Lhasa estaba a un metro de distancia, exactamente a un metro, justo enfrente de mí. La vi vivir ahí, y declinar su particular intensidad con una voz cálida y una presencia que aliaba timidez y entrega, umbral y lentitud: pasión del dentro al volcarse, corazón que se dice y se hace canto.

Salí embriagado y conservé aquel recuerdo como un tesoro.

La noticia de la muerte de Lhasa el 1 de enero de 2010 a los 37 años de edad fue un mazazo aquellos días y sigue siendo una tristeza ahora. Sigo sublevándome contra ese hecho, con la misma rabia niego y no acato: como entonces.

Aún recuerdo la voz, cómo ondeaba su vestido y la cercanía, la voz y la ternura de Lhasa ahí mismo. Tan cerca.

Esta canción esboza un tema que me es especialmente querido: la idea de un árbol del olvido que cura los males de los "moribundos del alma" que se acercan a él. Para mí es una idea inconcebiblemente hermosa, y si existiera la reencarnación no me importaría ser un árbol así.

Un árbol fuerte y de raíces hondas, generosamente visitado por los pájaros y por los moribundos del alma. Absorber el dolor del mundo y filtrarlo hondo, hundirlo en las raíces y que llegara a la madre tierra, donde cumplido su ciclo podría ser transmutado en una energía que, depurada, se restituiría al mundo en el momento preciso y necesario.

Gracias, Lhasa. No sé qué decirte, sólo que mi dentro te acoge esta noche, con toda la delicadeza y el cuidado de que soy capaz. Con atención y manos pequeñas. Y mi forma de mirarte aquella noche que no olvido.

30 comentarios:

emmagunst dijo...

con tristeza la descubrí el día de su muerte, no sabía de ella hasta ese momento y el impacto por ese encuentro fue muy fuerte. Una gran voz, una bella mujer, excelentes letras...abrazo Stalker

diario de un kino-sofista dijo...

Que hermoso post y canción.
Gracias!!1

Stalker dijo...

Emmagunst:

impacto, impacto, impacto.

No nos movemos y lo recibimos

en el centro donde se resuelve todo

abrazos

Stalker dijo...

Kino-sofista:

bienvenido.

No sé si el post, pero la canción es bellísima, sí.

un saludo

Stalker dijo...

Es una bellísima canción, una mis canciones favoritas de todos los tiempos (hay otras muchas, muchísimas, claro).

Parece oscura, pero no lo es. Sólo parecerá a oscura a quien la mire y se acerque a ella con temor o con el oído ocluido (la oscuridad la pone siempre el observador, quien no sabe ver más allá de su propio miedo).

Para mí es una canción increíblemente nítida y luminosa, aunque su reverberación explore un acento crepuscular. Somos eso y no podemos negarlo.

La vibración de fondo construye un espacio topológico que la voz fija con trazos concisos y de gran fuerza significativa. Dominio, contención, precisión.

Suavidad.

Caricia

Lola Torres Bañuls dijo...

He cerrado los ojos y me he dejadollevar. Creo que con lo tristeza también hay que hacer lo mismo dejarse llevar.
Pero la canción te transporta a un lugar diferente, no a la tristeza más bien a la melancolía y luego a la serenidad.
El 16 de diciembre se me murió un sobrino con 31 años inesperadamente. Espero que el árbol ese nos pueda reconfortar.

Me gusta este post.

Abrazos Stalker y gracias.

Stalker dijo...

Lola:

lamento esa pérdida. También yo sé lo que es la muerte repentina de un ser querido.

Es algo incomprensible ante lo que los argumentos racionales colapsan.

un fuerte abrazo

diario de un kino-sofista dijo...

Aprovecho para decirte que sigo tu blog desde hace tiempo y que te tengo en mis enlaces favoritos. Es muy buen blog, de contenidos especiales.

Un saludo

y nuevamente gracias.

Bashevis dijo...

Hermano, lo bueno sería podernos transformar, no tener que reencarnarnos, no tener que esperar... que la mano de sus frutos, y nos depurasemos en abrazos.

Yo tambien llegue para el funeral, y: impacto, impacto, impacto.

Comparto el amor por este tema, stalky...

Como dijo uno que admiro: Vive como un arbol que camina.

SALUZ a los presentes.

Stalker dijo...

Gracias, Kino-sofista. Agradezco tus amables palabras aunque no me las creo... Seguiremos trabajando, eso sí, desde esta sombra amable que me gustaría imaginar acogedora,

salud

Stalker dijo...
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Stalker dijo...

Bashevis:

me gustaría compartir tu sueño, y que ser un árbol así pudiera hacerse en este mundo. Depurarse en abrazos.

Para ello hace falta la delgadez del trazo, la pequeñez, la contradicción, la inutilidad, la periferia, la mínima grieta...

Hace falta toda la atención y la delicadeza, y las manos pequeñas, pero...

no es suficiente. No podemos transformarnos aún en lugar de poder. Ni te imaginas cómo sigue reinando el miedo.

El miedo es la emoción que predomina en los actos, implícitos y explícitos, de este extraño animal que somos.

Y el miedo nos dirá: huid de esos abrazos que depuran, yo quiero estar en mi lugar, no quiero acercarme, cultivo el pequeño jardín de mis temores y prejuicios.

Recuerda cómo el sistema educativo y en general todo el sistema fáctico-cultural (desde la industria "cultural" al dispositivo "familia") nos enseña eso: las distancias y el temor. El otro es siempre un germen, un elemento patógeno o desestabilizador. Mejor que nos nos abrace o nos contagiará un impredecible linaje de ideas, sus filias o un quiebro vital que no estamos dispuestos a asumir en términos de inversión-subversión de nuestros valores heredados, que nunca cuestionamos.

Es imperativo deconstruir todo esto, desarraigar la raíz de ese daño. Si es que no es demasiado tarde.

Me desalienta todo esto, pero también quiero creer que a pequeña escala todo eso sea posible, que de verdad podamos vivir de otra manera, y demos roja fruta a cambio de un abrazo, y transmutemos la oscuridad en luz o al menos sepamos ver que en la oscuridad hay una estricta belleza que espera a ser revelada.

Es curioso, porque alguien a quien también admiro dijo algo parecido: Vive como un árbol que camina...

A ver si resulta ser la misma persona...

abrazos, hermano mapache

Stalker dijo...
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Stalker dijo...
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Portinari dijo...

Ahora Lasha es un árbol.

Somos hojas.

Stalker dijo...

Portinari:

Lhasa es un árbol.

Tú eres un brote. Cuando las luces de neón se apagen, tú seguirás creciendo.

un abrazo

Belnu dijo...

Yo la descubrí tarde, pero su disco The Living Road me acompaña desde entonces.
Qué especiales son esos conciertos pequeños y luminosos, satoris dices tú, con una intimidad privilegiada y que facilitan una compenetración especial...

Stalker dijo...

Belnu:

es así. Había muy poca gente, lo que me sorprendió porque en aquel momento Lhasa era, creo, bastante conocida. Casi parecía una lectura poética, tal era la intimidad y la presencia. No hubiera hecho falta amplificación ni altavoces, podía habernos cantado casi al oído.

Fue hermoso...

abrazos

PÁJARO DE CHINA dijo...

Mi querido Stalker, me temo que no existe el árbol del olvido. Existe una tensión constante, una negociación personal, entre el avance del tiempo y la capacidad de resistencia de la memoria.

Tal como dicen, siento que del ala del tiempo que pasa cae una especie de lluvia cicatrizante. El tiempo permite tomar distancia porque lo que supo doler ya no duele tanto, no duele hasta la desesperación. Y a la distancia, también, se ve más claro. Porque desde el centro impiadoso del dolor no podemos discernir; es como cuando te acercás demasiado a un cuadro figurativo y te perdés en la abstracción de cada uno de sus múltiples detalles.

De algún modo, no quiero olvidar. Quiero el cicatrizante pero no aspiro a la erradicación de mis horas negras. Quiero enfrentarlas y comprender cómo permití que me arrastrara su río. Quiero sacarles el mejor partido e inoculármelas como anticuerpos, que me ayuden a honrar el principio del placer menudo, ese que nos hace mejores y más altos de lo que realmente somos (e.e. cummings llama a la puerta ...).

De eso se trata la resiliencia, supongo.

Lucho también para no caer en las trampas de la memoria, ésas que editan mis patetismos para devolverme una imagen mejorada. Y falsa. Para no escaparme a los paraísos artificiales y mirar el dolor a la cara, mostrarle mi equipaje y decirle que mis modestas cositas no le regalarán sus talones al mordisco.

Ese equipaje nuestro es el árbol de la supervivencia. Nos tenemos a nostros mismos y a todo aquéllo que amamos con perseverancia. Nuestro arsenal para el tránsito, las sogas que nos permitan cruzar el puente.

Imaginá que cada rama de Marienbad es parte de ese árbol que nos contiene y nos salva de la melancolía, esa peste que nos deja pegados a la sombra de lo que perdimos o creímos perder, aunque nunca lo hayamos tenido.

Estás bordando un árbol que no absorbe el dolor, sino que lo transmuta. Apuesto a las operaciones de esa alquimia. De cada corona de espinas, habrá que hacer una diadema de palabras e imágenes sanadoras.

Aunque nos cansemos, aunque nos sintamos extraordinariamente solos.

Me conmueve que recuerdes la falda de Lhasa y, especialmente, tu forma de mirarla. El modo en el que te hizo mirar.

Yo no alcancé a verla, físicamente, pero acompañó muchas de mis horas durante más de diez años.

Su muerte fue un navajazo que vino a confirmar, como si hiciera falta, que en los hospitales también agonizan jóvenes como ángeles caídos.

No es un consuelo bobo: pienso en los 37 años que pasó por aquí, en los soportes en los que quedó su voz y en el hecho de que, al despertar de su sueño al pie del árbol del olvido, descubrió que no había podido olvidar.

Porque no sólo no se puede sino que, en algunos casos, tampoco se debe. El tiempo y la memoria deben pactar, para que nuestras cicatrices no quemen y al mismo tiempo nos recuerden cómo las hicimos posibles, cómo les permitimos marcarnos, así, el cuerpo.

No necesitás un pasaje a la India. Maillard te lo regaló y vos vas dibujando tu India, tu propia India, adentro tuyo, cada día. El día que la pises finalmente, no harás sino llegar a un espacio que ya conocías en sus más íntimos temblores.

No es cierto que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Nos bañamos en el río que hemos elegido, aunque sea el mugriento y sagrado Ganges (porque nada sagrado podremos recoger, me temo, en los ríos enfermos de pureza).

Tengo que volver a tu entrada anterior y Chantal está tan hermosa envuelta en esa tela de colores (hay tanto para hilar, allí).

Te abrazo fuerte, Stalker.

Bashevis dijo...

Es otra, seguro, pero como si fuera la misma: Vive como un árbol que camina...

Stalker dijo...

Mariel:

no sé como lo haces para dejarme siempre boquiabierto delante de la pantalla.

Tus mensajes me son muy difíciles de responder porque asiento, asiento, y luego no sé qué decir. Cuando escribes y te leo veo a un pequeño animal maravilloso y no sé dirigirle palabras, no puedo comunicarme con él con el discurso, o no exactamente.

Leo conmovido, paladeo, agradezco, estoy. Tus comentarios me hacen cantar por dentro: suena el agua y se despeña, busca su cauce en la interioridad desnuda. Es agua que acaricia, pero también abre, penetra, violenta el frágil material de lo que somos.

Sólo diré que no sólo estoy de acuerdo contigo, sino que había entendido el árbol del olvido no como un árbol del olvido, sino como el árbol del consuelo. Y la idea de absorber el dolor y transmutarlo, pero sin extirpar lo que ocurrió y sus vidas sucesivas en nuestra corteza adentro. El recuerdo es animalmente nuestro, está bien que quede, pero el sufrimiento, de algún modo, pide ser apaciguado, necesita ser calmado para que vivir, seguir viviendo, sea posible.

Dejo sonar tus palabras y empiezo a cantar

Gracias infinitas por iluminar y estar siempre, tan intensamente ahí,

abrazos

Stalker dijo...

Bash:

tú y yo somos pequeños (no de estatura: ¡menudas torres, hermano!), así que seremos, si te parece bien, un arbusto que camina.

Un arbusto no especialmente bello, sino un arbusto cualquiera, con alguna espina furiosa que lo delata, y una sed permanente y una búsqueda que le hace desenterrar la raíz y buscar las fuentes de un nuevo saber y un nuevo combate...

saravá...

ana dijo...

No sé qué decir, sólo que estoy aquí. Un abrazo, Stalker.

Stalker dijo...

Ana:

gracias por estar.

Vuelve cuando quieras, serás siempre bienvenida.

un abrazo

emmagunst dijo...

vine a leer los comentarios Stalker, porque entre vos y Mariel salen chispas de verdades profundas, y porque mientras los leo los voy conociendo...son dos impresionantes! Abrazo!!!

Lola Torres Bañuls dijo...

Las palabras de Mariel siempre iluminan. Gracias Mariel.

Esta noche un amigo de mi hermano se ha tomado las pastillas para dormir eternamente. Ha decidido partir. Tal vez el recuerdo haga que nunca se vaya del todo.

No tengo más que decir.

Un abrazo a todos los árboles y ramas del bosque de Stalker.

Stalker dijo...

Emmagunst:

El pájaro sí es impresionante.

La suya es una generosidad única: algo de lo que andamos muy faltos.

Es un modelo a seguir y le tengo una gran admiración.

Me gustaría tener siempre un cuenco con agua fresca para cuando llegue el pájaro de China...

un abrazo

Stalker dijo...

Lola:

lo lamento. Ojalá estas cosas no pasaran.

te abrazo fuerte y sin palabras

madison dijo...

Y me repito, lo se, pero es que poco mas puedo decir Stalker. Aunque hoy puedo y debo añadir que la emoción es doble pues las palabras de Mariel me han llegado muy hondo.
Un abrazo

Stalker dijo...

Madison:

las palabras de Mariel llegan, llegan siempre hondo, tocan el tallo más profundo de lo que somos...

un abrazo

 
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