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sábado, 22 de junio de 2013

sábado, 11 de mayo de 2013

cantar cantar cantar...



Se o mundo for desabar sobre a sua cama
E o medo se aconchegar sob o seu lençol
E se você sem dormir
Tremer ao nascer do sol
Escute a voz de quem ama
Ela chega aí
Você pode estar tristíssimo no seu quarto
Que eu sempre terei meu jeito de consolar
É só ter alma de ouvir
E coração de escutar
Eu nunca me canso do uníssono com a vida

Eu sou
Sou seu sabiá
Não importa onde for
Vou te catar
Te vou cantar
Te vou, te vou, te vou, te dar
Eu sou
Sou seu sabiá
O que eu tenho eu te dou
Que tenho a dar?
Só tenho a voz
Cantar, cantar, cantar, cantar

canción: Caetano Veloso
 
pequeña interpretación: Stalker


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martes, 29 de marzo de 2011

En el corazón del mundo



Es la mañana del primer día de la gran paz; la del corazón, que viene con la abdicación y el renunciamiento. Tuve que ir a Epidauro para conocer el verdadero sentido de la paz. Como todo el mundo, usaba esta palabra sin que ni una sola vez me diera cuenta de que usaba una impostura. La paz no es lo contrario de la guerra y de la muerte; es lo contrario de la vida. La pobreza de la lengua, es decir, la pobreza de nuestra imaginación o de nuestra vida interior ha creado una ambivalencia absolutamente falsa. Hablo aquí, naturalmente, de la paz que sobrepasa todo entendimiento. No hay otra. La paz que conocemos la mayoría de nosotros no es más que el cese de las hostilidades, una tregua, un interregno, un momento de calma, una pausa, todo cosas negativas. La paz del corazón es positiva e invencible, no exige condiciones, no requiere salvaguardias. Es, simplemente. Si es victoriosa, es una victoria muy peculiar, ya que descansa por entero en la abdicación y en el renunciamiento voluntarios.

Para las especies infrahumanas de nuestra edad de ciencia y de tinieblas, el ritual y el culto asociados del arte de curar, tal como se practicaba en Epidauro, es pura palabrería. En nuestro mundo el ciego guía al ciego, y el enfermo pide al enfermo que lo cure. Estamos en constante progreso, pero es un progreso que nos lleva a la mesa de operaciones, al hospicio, al manicomio, a las trincheras. No tenemos curadores; tenemos solamente carniceros, cuyos conocimientos anatómicos los facultan para obtener un título, el cual, a su vez, les concede el derecho de trinchar o amputar en nuestros males, para que, mutilados, podamos seguir viviendo hasta que nos encuentren aptos para enviarnos al matadero. Voceamos el descubrimiento de un producto contra una u otra enfermedad, pero nos guardamos muy bien de mencionar las enfermedades nuevas que hemos ido creando.

La Medicina actúa como el Ministerio de la Guerra; sus comunicados de victoria son huesos que nos echan para ocultar la muerte y el desastre. Los médicos, como las autoridades militares, son impotentes; dirigen un combate sin que en ningún momento tengan esperanza en el triunfo. Lo que el hombre quiere es paz para poder vivir. La derrota del vecino no da la paz, como la curación del cáncer no trae la salud. La vida para el hombre no comienza con la victoria sobre el enemigo, como tampoco una interminable serie de curas es el comienzo de la salud. La alegría de vivir da la paz, que no es estática, sino dinámica. Nadie puede vanagloriarse de saber realmente lo que es la alegría hasta que no haya experimentado la paz.

Las cosas a las que nos aferramos, aunque sea la esperanza o la fe, pueden ser también el mal que nos llevará. El renunciamiento ha de ser absoluto: la más insignificante migaja a la que intentemos asirnos puede contener el germen que nos devorará.

Hay gente que desearía luchar para que reinase la paz; éstos son los más ciegos todavía. La paz sólo reinará cuando se haya extirpado definitivamente del corazón y de la mente el asesinato. El asesinato es la cima de esta gran pirámide que tiene por base el yo. Lo que se mantiene en pie tendrá que caer. El hombre, antes de empezar a vivir como tal, tendrá que renegar de todas aquellas cosas por las que ha luchado. Hasta el presente el hombre se ha parecido a una bestia enferma, y hasta su divinidad apesta. Es dueño de muchos mundos, pero en el suyo es esclavo. Lo que rige al mundo es el corazón, no el cerebro. En todo terreno nuestras conquistas no llevan más que a la muerte. Hemos vuelto la espalda al único reino donde se encierra la libertad. En Epidauro, en el silencio, en la gran paz que me envuelve, oigo latir el corazón del mundo. Sé cuál es la salvación: abandonar, renunciar, rendirse, para que nuestro corazón pueda latir al unísono con el gran corazón del mundo.

Henry Miller, El coloso de Marusi
 
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