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lunes, 21 de noviembre de 2011

Las intemperies de Mr Steiner

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Cuando tengo noticia a través de reportajes, fotografías o personalmente del dolor gratuito que se inflige a los niños y a los animales, una rabia feroz me invade. Hay gentes que arrancan los ojos a los niños vivos, que les disparan en los ojos, que maltratan a los animales en su presencia. Estos hechos me colman de un desprecio inconsolable. El odio, la desesperación que desatan en mí superan con mucho mis recursos mentales y nerviosos. La tórrida oscuridad en la que me siento sumido trasciende mi voluntad. Me encuentro poseído por la enormidad. Pero este odio y este dolor desesperados, esta náusea del alma, producen un extraño contraeco. No sé cómo expresarlo de otro modo. En el enloquecedor centro de la desesperación yace el insistente instinto de un contrato roto. De un cataclismo específico y atroz. En el fútil grito del niño, en la agonía muda del animal torturado, resuena el “ruido de fondo” de un horror posterior a la creación, posterior al momento de ser separados de la lógica y y del reposo de la nada. Algo –cuán inútil es a veces el lenguaje- se ha torcido irremediablemente. La realidad debería, podría haber sido de otro modo (el “Otro”). La fenomenalidad de la existencia orgánica consciente debería, podría haber hecho imposible el sadismo, la culpa que domina y supera mi identidad llevan implícita la hipótesis de trabajo, la “metáfora de trabajo”, si se quiere, del “pecado original”.

Soy incapaz de atribuir a esta expresión una sustancia razonada, y mucho menos histórica. En el plano pragmático-narrativo, los relatos de cierto delito inicial y de culpa heredada son fábulas universales, asombrosamente profundas y eternas. Nada más. Pero, ante el niño maltratado, violado, ante el caballo o la mula azotados, me siento poseído, como por una claridad en plena noche, por la intuición de la expulsión del Paraíso. Sólo un acontecimiento semejante, irreparable mediante la razón, puede hacernos entender, aunque casi nunca soportar, las realidades de nuestra historia en esta tierra arrasada. Estamos condenados a ser crueles, avariciosos, egoístas, mendaces. Cuando era, cuando debería haber sido lo contrario. Cuando la verdad y la compasión hasta el punto del sacrificio de hombres y mujeres excepcionales nos muestran de un modo tan sencillo cómo podría haber sido. Muchas veces me he preguntado, he fantaseado de manera infantil, si la historia de la humanidad no es la pesadilla transitoria de un dios durmiente. Si éste no acabará despertando para así tornar innecesario, de una vez por todas, el grito del niño, el silencio del animal apaleado.

El amor es la oposición dialéctica del odio, su reflejo contrario. El amor es, en diversos grados de intensidad, el milagro imperativo de lo irracional. No es negociable, como lo es la (condenada) búsqueda de Dios entre Sus enfermos. Temblar, en lo más hondo de nuestro espíritu, hasta el último nervio y el último hueso, ante la visión, ante la voz, ante el más leve roce del ser amado; luchar, trabajar, mentir sin tregua para alcanzar al hombre o a la mujer amados, para estar cerca de ellos; transformar la propia existencia –personal, pública, psicológica, material- en un instante imprevisto, en la causa y la consecuencia del amor; experimentar un dolor y un vacío inefables en ausencia del ser amado, cuando el amor se marchita; identificar lo divino con la emanación del amor, como todo platonismo –lo que equivale a decir, el modelo de transcendencia occidental-, es participar del más común e inexplicable sacramento de la vida humana. Es, dentro de las posibilidades personales, sentir la madurez del espíritu. Equiparar este universo de experiencias con la libido, como hace Freud, expresarlo en términos de biogenética, de procreación, son reducciones casi despreciables. El amor puede ser el vínculo no elegido, hasta el punto de la autodestrucción, entre individuos ostensiblemente incompatibles. La sexualidad puede ser secundaria, fugaz o estar completamente ausente. El feo, el pérfido, el más malvado de los seres humanos puede ser objeto de un amor apasionado y desinteresado. El deseo de morir por el ser amado, por el amigo, la lúcida locura de los celos, son nocivos bajo cualquier concepto biológico (darwiniano) o socialmente concebible. La célebre máxima de Pascal (“El corazón tiene razones que la razón desconoce”) supone una defensa de la racionalidad. No son “razones” lo que colman nuestro corazón. Son necesidades de origen totalmente distinto. Más allá de la razón, más allá del bien y del mal, más allá de la sexualidad, que, incluso en la cumbre del éxtasis, es un acto tan insignificante y efímero. Me he pasado la noche bajo la lluvia, calándome hasta los huesos, para ver un instante a mi amada doblar una esquina. Puede que ni siquiera fuese ella. Dios se apiada de quienes nunca han conocido la alucinación de la luz que llena la oscuridad durante la vigilia.

De la irrazonada, de la imposible de analizar, de la a menudo ruinosa y todopoderosa fuerza del amor surge el pensamiento -¿es, una vez más, una puerilidad?- de que “Dios” aún no está. De que llegará a ser o, más exactamente, se manifestará de manera asequible para la percepción humana, sólo cuando hay un inmenso exceso de amor sobre el odio. Todas y cada una de las crueldades, todas y cada una de las injusticias infligidas al hombre o a la bestia justifican el ateísmo en la medida en que impiden que Dios llegue por primera vez. Pero soy incapaz, incluso en los peores momentos, de renunciar a la creencia de que los dos milagros que validan la existencia mortal son el amor y la invención de los futuros verbales. Su conjunción, si es que alguna vez llega a darse, es lo mesiánico.

“El que piensa grandemente debe equivocarse grandemente”, dijo Martin Heidegger, el parodiador-teólogo de nuestra era (entendiendo “parodiador" en su sentido más grave). También los que “piensan pequeño” pueden equivocarse grandemente. Ésta es la democracia de la gracia o de la condenación.

George Steiner, Errata. El examen de una vida (trad. Catalina Martínez Muñoz)


Pocas veces tiene uno la posibilidad de leer un texto simultáneamente emocionante e irritante, que puede provocar adhesión y rechazo en un mismo movimiento...

George Steiner empieza su texto con una confesión a quemarropa y poco a poco la deriva hacia las aguas que realmente le interesan: la nostalgia de absoluto, la defensa de las verdades teológicas heredadas en las que se asienta nuestra cultura. La conclusión: "El Amor vendrá" es sinónima de "Dios vendrá": un estimulante llamado a la redención mesiánica. Lo curioso es que Steiner parece muy abierto de miras, en sus libros se adhiere a algunas consignas posmodernas para al final regresar al punto de partida: el viejo etnocentrismo misógino y avasallador, que no reconoce al otro salvo como periferia donde exportar las propias contradicciones.

Steiner ha llegado a afirmar que la mujer no es naturalmente creadora porque su maternidad es su plenitud y no necesita buscar otra satisfacción, otra realización, en el arte: la mujer se expresa a través de su biología, se realiza a través de la biología. De ahí que, en su opinión, sus logros artísticos sean siempre menores o irrisorios en comparación a las "grandes" obras de los hombres (Steiner vive obsesionado con la "grandeza" y con la "seriedad": "Un pensador serio no podría decir tal cosa", "Un escritor serio no afirmaría tal otra", etc. Un ejemplo de pensador "no serio" es, por ejemplo, Derrida, de quien Steiner no deja de burlarse a la más mínima oportunidad).

Este ejemplo de misoginia explícita insuperable ni siquiera merece contestación.

Steiner ha escrito un artículo sonrojante sobre Simone Weil, donde arremete contra el supuesto antisemitismo de la escritora y ofrece de ella una imagen poco menos que caricaturesca.

Steiner se enfada porque Wittgenstein afirma que no le gusta Shakespeare, que no tiene nada que hacer con él. El centro de la literatura mundial es Shakespeare y quien no reconozca esa autoridad es persona non grata. Harold Bloom ahondará en esta premisa e intentará hacer pasar el canon anglosajón por un canon occidental. No hace falta decir que ni para Steiner ni para Bloom existen la literatura ni la filosofía orientales.

Steiner considera que toda literatura esconde siempre una búsqueda de absoluto, una reconciliación con un principio trascendente, que coincide punto por punto con el platonismo judeocristiano.

En definitiva, Steiner no ha salido de la Belleza, de la Luz, de la Trascendencia (las grandes verdades reveladas, conceptos teológicos apenas secularizados que han ido adquiriendo la naturaleza de categorías estéticas) pero intenta pasar por otra cosa, disfraza su rostro reaccionario bajo una máscara polifacética: la de quien aparentemente escucha cuando en realidad sólo pretende convertirnos a su verdad.

Steiner es un dialéctico consumado, un escritor muy hábil, que practica el reduccionismo etnocéntrico con virtuosismo impecable.

Llega a emocionar profundamente con un párrafo como el anterior. Pero al final, al concluir la lectura, la emoción se ha trasformado en irritación, y presiento que bajo el pensador hay un pontífice: alquien que pretende no razonar, no exponer ideas, sino practicar un proselitismo moralizante que canaliza todas las aguas hacia la única fuente de verdad absoluta.

Gracias por el esfuerzo, señor Steiner, pero algunos preferimos seguir equivocándonos y no esperar que llegue el Amor divino.

Preferimos la ternura, la cercanía, el ahora, a ese Amor sobrehumano que vendrá si le concedemos el tiempo de la espera mesiánica.

Algunos preferimos el barro en los pies y la demolición de las mayúsculas, la ausencia de un dictado moral permanente sobre nuestras vidas.

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martes, 1 de marzo de 2011

El muro



El bosque asimila fácilmente mis intervenciones. Crece otro corzo, otro animal corre hacia su perdición. Yo no perturbo seriamente el orden establecido. Las ortigas junto al establo crecerán aunque yo las arranque cien veces y me sobrevivirán. Tienen mucho más tiempo por delante que yo. Un día no estaré aquí y nadie cortará la hierba del prado y la maleza lo invadirá, más tarde el bosque avanzará hasta el muro y recuperará la tierra que le arrebató el hombre. Hasta mis pensamientos se enmarañan como si el bosque echara raíces en mí y pensara con mi mente sus pensamientos ancestrales y eternos. El bosque no desea que vuelva el hombre.
Entonces, en aquel segundo verano, no pensaba aún así. Los límites estaban estrictamente definidos. Al escribir ahora me cuesta mantener separados mi antiguo yo y mi yo actual, que a lo mejor está siendo absorbido por un “nosotros” más amplio. Y la culpa la tuvo el verano pasado en la montaña. En el silencio tenso de la pradera bajo el inmenso cielo era casi imposible seguir siendo un yo individualizado, una pequeña, ciega y obstinada existencia que se oponía a integrarse en la gran comunidad. En un momento mi orgullo había sido precisamente esa existencia individualizada, que en la montaña me pareció de pronto miserable y ridícula, una nada pretenciosa.


Si hoy pienso en mis hijas se me aparecen como niños de cinco años y tengo la sensación de que salieron ya entonces de mi vida. Probablemente todos los hijos empiezan a salir de las vidas de sus padres a esa edad, poco a poco se convierten en huéspedes extraños. Pero el proceso es tan inapreciable que casi no se nota. Hubo desde luego momentos en los que ese alejamiento se hizo evidente, pero como cualquiera madre lo reprimí rápidamente. Había que vivir, y ¿qué madre podría vivir consciente de esa transformación?
Al despertar el 10 de mayo pensé en mis hijas como en dos niñas pequeñas que corren cogidas de la mano por el parque. Las dos adolescentes desagradables, despegadas y agresivas que había dejado en la ciudad se habían vuelto de pronto muy irreales. Por ellas no lloré nunca, pero sí por las niñas que habían sido hacía muchos años. Quizá parezca muy cruel, pero no sé a quién tendría que engañar hoy. Puedo permitirme escribir la verdad. Todos por los que he mentido durante mi vida están muertos.



Sigo sin abandonar ciertas costumbres. Me lavo todos los días, me limpio los dientes, hago la colada y mantengo ordenada la casa.
No sé por qué lo hago, es como un imperativo interior que me empuja a ello. A lo mejor temo que si actúo de otra manera dejaré de ser poco a poco una persona y acabaré arrastrándome por ahí sucia y maloliente, articulando sonidos incomprensibles. No es que me asuste convertirme en un animal, eso no sería grave, pero el ser humano nunca será un animal, y se despeñará al abismo si lo intenta. Yo no quiero que eso me suceda. En el último tiempo esa posibilidad me aterra y ese terror me induce a escribir este relato. Cuando lo termine lo esconderé bien y lo olvidaré. No me gustaría que el ser extraño en el que puedo convertirme lo encuentre un día. Haré todo lo posible para evitar esa transformación, pero no soy tan pretenciosa como para creer que no puede ocurrirme lo que les ha ocurrido a tantos seres humanos anteriores a mí.

Así como estoy ahora no soy más que una piel fina sobre una montaña de recuerdos. No quiero más recuerdos. ¿Qué será de mí cuando esta piel se rompa?

La gata me escucha atentamente mientras yo no exprese ninguna emoción.

Veo mi cara, pequeña y deformada, en el espejo de sus ojos grandes. Ha cogido la costumbre de contestarme cuando le hablo. No te vayas esta noche, le digo, en el bosque acechan el búho y el zorro, conmigo estarás segura y calentita. Grrau, miau, miau, responde ella, lo que más o menos significa, ya veremos, querida ama, aún no quiero comprometerme. Pero pronto llega el momento en que arquea el lomo, se estira dos veces, salta en la mesa, se escabulle hacia el fondo y desaparece sin hacer ruido en la penumbra. Y un poco más tarde yo dormiré mi sueño ligero en el que murmuran los abetos y chapotea la fuente.

Nuestra libertad es bien problemática. Probablemente nunca ha existido, excepto sobre el papel. La libertad externa siempre ha sido una utopía, y no conozco a nadie que fuera libre interiormente. Jamás lo he considerado algo vergonzoso. No veo por qué ha de ser deshonroso llevar, como todos los animales, la carga asignada a cada uno y al final morir como cualquier animal. No sé lo que es el honor. Nacer y morir no es honorable, le sucede a cada criatura y no significa nada más allá del hecho mismo.

También perdí la conciencia de ser mujer. Mi cuerpo, más inteligente que yo, se había adaptado y había reducido a un mínimo las molestias femeninas. Podía olvidarme tranquilamente de que era mujer. Unas veces era una niña que busca fresas, otras un muchacho que sierra madera, y sentada en el banco […] era un ser muy viejo y asexuado. Hoy he perdido por completo aquel encanto que irradiaba entonces. Sigo estando delgada, pero musculada, y mi rostro está surcado de finísimas arrugas. No soy fea, pero tampoco atractiva, me parezco más a un árbol que a un ser humano, a un tronco duro y marrón que necesita toda su fuerza para sobrevivir.
Cuando pienso en la mujer que era, la de la pequeña papada que se esfuerza en parecer más joven de lo que es, siento poca simpatía por ella. Pero no la juzgo con dureza. Al fin y al cabo nunca tuvo la oportunidad de dar forma a su vida conscientemente. De joven cargó, en su ignorancia, con una pesada responsabilidad y fundó una familia, y desde aquel momento estuvo siempre atosigada por un sinfín de deberes y preocupaciones. Sólo una giganta hubiera logrado liberarse y ella no era en ningún sentido sobrehumana, era simplemente una mujer angustiada y desbordada, de inteligencia media, en un mundo hostil a las mujeres, extraño y siniestro. Sabía un poco de muchas cosas y nada de otras; en total reinaba un desorden considerable en su cabeza. Sus conocimientos bastaban para la sociedad en que vivía, tan ignorante e impaciente como ella. Yo diría en su descargo que siempre sintió una oscura inquietud.



Al principio leía de vez en cuando viejos periódicos y revistas mientras anochecía. Ahora he perdido toda relación con ellos. Me aburren. Lo único que me ha aburrido aquí en el bosque son estos viejos periódicos. Probablemente me aburrieron siempre y yo no me daba cuenta de que el ligero desasosiego permanente era aburrimiento. Mis pobres hijas también se aburrían y no podían estar solas ni diez minutos. Todos estábamos aturdidos de puro aburrimiento. No había manera de escapar a su constante martilleo y vibración. […]
El muro ha matado entre otras cosas también el aburrimiento. Las praderas, los árboles y los ríos al otro lado de él ya no se aburren. El tambor atronador se paró allí de golpe. No se oye más que la lluvia, el viento y el crujido de las casas vacías. La odiosa voz de mando enmudeció. Pero no hay nadie para disfrutar del gran silencio.

Desde su muerte sueño mucho con animales. Me hablan como seres humanos y en el sueño me parece de lo más natural. Los personajes que poblaban mis sueños en el primer invierno han desaparecido. Ya no los veo. En sueños los seres humanos no eran nunca amables conmigo, en el mejor de los casos eran indiferentes. En cambio los animales del sueño son siempre amables y están llenos de vida. No creo que esto sea especialmente interesante, sólo ilumina mis expectativas con respecto a las personas y a los animales.

Hay momentos en los que espero con alegría un tiempo en el que no exista nada que ate mi corazón. Estoy cansada de que se me arrebate siempre lo que amo. No hay solución, porque, mientras exista en el bosque una criatura a la que yo pueda amar, yo la amaré y cuando no exista ninguna yo dejaré de vivir. […] Amar y cuidar a otro ser es muy fatigoso, y más pesado que matar y destruir. Sacar adelante a un niño cuesta veinte años, matarlo sólo diez segundos. […] No puedo evitar ver un gran desorden y un terrible derroche en esta vida.

Desde mi infancia había dejado de mirar las cosas con mis propios ojos y había olvidado que el mundo había sido una vez joven, virgen, muy hermoso y muy terrible. Me era imposible volver atrás, porque ya no era una niña, no era capaz de vivir y sentir como tal; la soledad, sin embargo, me ayudó a ver durante breves instantes, sin memoria ni conciencia, el esplendor de la vida. Quizá los animales viven hasta su muerte en un mundo de espanto y exaltación. No pueden huir y tienen que soportar su realidad hasta el final. Incluso su muerte es, sin consuelo ni esperanza, una verdadera muerte.

Cada piedra en el camino, cada pequeño arbusto era familiar, bello, sí, pero un poco vulgar comparado con la nieve rutilante de los riscos. Para vivir y seguir siendo un ser humano era mejor esa vulgaridad.

Las hormigas eran tremendamente conscientes de su objetivo y no se dejaban distraer de su trabajo. Acarreaban agujas de pino, pequeños escarabajos y trocitos de tierra, se esforzaban muchísimo. Me daban siempre un poco de pena. Nunca fui capaz de destruir un hormiguero. Me actitud hacia estos pequeños robots alternaba entre la admiración, el horror y la compasión. Naturalmente porque las contemplaba desde una perspectiva humana. A una superhormiga gigante mis actividades también le habrían parecido muy enigmáticas y siniestras.



Nunca me gustó el Día de las Ánimas, con las viejas murmurando sobre la enfermedad y la disolución, y en el trasfondo el miedo cerval a los muertos y la ausencia de amor. Por mucho que se pretendiera dar un sentido hermoso a la fiesta, el miedo ancestral de los vivos a los muertos era indestructible. Se adornaban las tumbas de los muertos para olvidarlos mejor. Ya de niña me dolía que se les tratara tan mal. Cada ser humano sabía que pronto le taparían la boca muerta con flores de papel, velas y oraciones temerosas.
Ahora los muertos descansaban por fin en paz, sin que los molestara la actividad estúpida de los que pecaban contra ellos, cubiertos de ortigas y hierba, empapados de humedad en el eterno murmullo del viento. Si algún día volvía a la vida, surgiría de sus cuerpos descompuestos y no de esos objetos petrificados condenados para siempre a la inanimación. Sentía compasión por todos ellos, por los muertos y por los petrificados. La compasión era la única forma de amor que quedaba hacia los hombres.

Delante del espejo me lo corté justo por debajo de las orejas y contemplé mi rostro bronceado bajo la capa de pelo dorado al sol. Me resultaba totalmente extraño con sus mejillas hundidas y los labios finos; aquel rostro desconocido estaba marcado por una secreta carencia. Como ya no vivía ningún ser humano que lo amara, me parecía superfluo. Era algo desnudo y triste que me avergonzaba y con lo que no me identificaba. Mis animales me conocían y querían sobre todo por mi olor, mi voz y por determinados gestos. Podía pues olvidar tranquilamente mi rostro, no lo necesitaba nadie. La idea me produjo una sensación de vacío que deseché inmediatamente. Me enfrasqué en un trabajo cualquiera y me dije que en mi situación era ridículo sufrir por un rostro, sin embargo la sensación angustiosa de haber perdido algo importante no se dejaba ahuyentar fácilmente.

En sueños pongo niños en el mundo, pero no sólo niños humanos, entre ellos también hay gatos, perros, terneros, osos y unas extrañas criaturas cubiertas de piel. Todos salen de mí y nada en ellos me asusta o repele. Sólo resulta extraño aquí, escrito con letras y palabras humanas. Quizá debería dibujar estos sueños con piedrecitas sobre musgo verde o grabarlos con un palito en la nieve. Pero no sé hacerlo. Probablemente no viviré lo suficiente como para transformarme hasta ese punto.

El tiempo es inmóvil y yo me muevo en él, unas veces despacio, otras a velocidad vertiginosa. […]
Tendré que acostumbrarme a él, a su indiferencia y su omnipresencia, que se extiende como una telaraña gigantesca hasta el infinito. Entre sus hilos están atrapados millones de diminutas crisálidas, una lagartija que dormita al sol, una casa en llamas, un soldado moribundo, todo lo que muere y todo lo que vive. El tiempo es grande y en él siempre caben nuevas crisálidas. Es una red gris e implacable en la que está atrapado cada instante de mi vida. Quizá me parece tan terrible porque guarda todo y no permite que nada termine realmente.
Pero si el tiempo sólo existe en mi mente y yo soy el último ser humano, el tiempo finalizará con mi muerte. Me reconforta la idea. A lo mejor está en mi mano asesinar el tiempo. La gran se romperá y caerá en el olvido con su triste cargamento. Habría que agradecérmelo, pero después de mi muerte nadie sabrá que he asesinado el tiempo. Todas estas elucubraciones carecen de interés, realmente. Las cosas suceden sin más y yo, como tantos millones de seres humanos antes que yo, les busco un sentido porque mi vanidad me impide reconocer que el único sentido de un acontecimiento reside en él mismo exclusivamente. Ningún escarabajo que yo aplaste inadvertidamente verá en este, para él, triste suceso, una misteriosa conexión con significado universal. Simplemente estaba debajo de mi pie cuando yo di un paso: felicidad bajo el sol, un breve y estridente dolor y nada. Nosotros, en cambio, estamos condenados a correr en pos de un significado improbable. No sé si algún día me resignaré a esta evidencia. Es difícil desprenderse de esta vieja e incorregible megalomanía. Compadezco a los animales y compadezco a los hombres porque los lanzan a este mundo sin que nadie les pida su parecer. Quizá los hombres son más dignos de compasión porque poseen la inteligencia suficiente para oponerse al curso natural de las cosas. Y eso les ha hecho malvados y desesperados y poco dignos de ser amados. Habría sido posible vivir de otra manera. No hay sentimiento más razonable que el amor, que hace llevadera la vida tanto al que ama como al que es amado. Claro que habría que haber reconocido a tiempo que ésa era nuestra única oportunidad, nuestra única esperanza de un mundo mejor. Para un infinito ejército de muertos esa única oportunidad se ha perdido para siempre. No puedo olvidarlo. No comprendo por qué escogimos el camino equivocado. Sólo sé que es demasiado tarde.



Marlen Haushofer, El muro (trad. Genoveva Dietrich)
 
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