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jueves, 19 de mayo de 2011

Las manos de mi abuelo

Recuerdo un invierno muy duro en las Alpujarras almerienses. Había nevado en el pueblo y era difícil avanzar por las calles. El frío era intenso, cortante. Para calentarnos, todos los días bajaba de casa de mis padres a casa de mis abuelos, y ellos me preparaban un brasero que luego yo subía con mucho tiento. Había que ascender por calles empinadas y sinuosas, con cuidado de no resbalar en la nieve. Yo tenía ocho años.

Una tarde, ya oscurecido, al girar una calle, tropecé y caí, y todo el contenido del brasero se esparció en la nieve: carbones ardientes, rojos y negros, pequeñas estalactitas de fuego en la blancura cegadora. Sabía que al llegar a casa me esperaba la mirada severa de mi padre, así que empecé a recoger las brasas con las manos desnudas. Quemaban, y yo lloraba. Entonces sentí una demolición de bondad: la mano de mi abuelo en mi hombro derecho. Había decidido visitar a mis padres y me había encontrado en aquel trance. Sus palabras: “Déjalo. Todo está bien”. Y su mirada infinitamente bondadosa. Volvimos a su casa, llenamos nuevamente el brasero y subimos juntos hasta la casa de mis padres. No hubo reprimenda.

Aquello me enseñó que es un grave error considerar que la poesía es sólo el verso que se da en papel impreso. Un error fatal. La poesía es también ese gesto compasivo, esa ternura. Impedir que un niño se queme las manos con carbones ardientes.

ni luz
ni remoto centro
genesíaco:
sólo
eso pequeño
 
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