
Aparna-Loki, hastiado de la embriaguez de los dioses, se reservó un lugar tranquilo. Se armó de paciencia y cagó una enorme mierda minuciosa. Le rezó durante nueve lunas, en la lengua prohibida de la herrumbre. Al cabo, de la mierda empezó a brotar una cabeza, cuello, manos, tronco y surgió un niño todo entero.
Aparna-Loki lo instruyó en las secretas artes de la defecación y el niño cagó otra mierda enorme y minuciosa. Juntos le rezaron durante nueve lunas, en la olvidada lengua de la corrosión. Al cabo surgieron unos cuernos, morro, tronco, ubres, patas, una vaca toda entera.
Vaca y niño se reconocieron y Aparna-Loki los envió a destruir el corrompido mundo de los hombres para reconstruirlo luego, engendrando la realidad en un ritual emanantista y sucesivo.
Los hombres descubrieron, con pavor, que los libros proféticos habían mentido: ni ángeles, ni plagas ni trompetas. El fin del mundo era un niño y una vaca. Una sonrisa demolía un edificio y un movimiento de pezuña bastaba para aniquilar un ejército. Borrados los hombres de la faz de la tierra, vaca y niño cagaron un mundo nuevo, un mundo de búfalos, escarabajos, linces y culebras. Se extinguió toda huella de la ferocidad de los primates bípedos dotados de conciencia hipertrofiadamente depredadora.
Y Aparna-Loki, el enemigo de los hombres, aquel que en sus tradiciones es representado como demonio o espíritu maligno, se eclipsó en un lecho de estiércol
y menguó en niño de sal prohibida
y en latido se entrañó al fin.
