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viernes, 21 de octubre de 2011

Voz, aflujo, horizonte. Deshiladura del texto patriarcal

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Rimbaud predecía que la devolución de la mujer a sí misma estaría en el origen de una mutación de mentalidad. Expulsar a una mujer a su soledad es forzarla a volver a parirse para escapar del suicidio o de la locura. Hacer del expulsor el objeto de otra expulsión fue la respuesta feminista radical a la misoginia fundadora de la filosofía occidental. Pero entre estas dos morales simétricas, ambas determinadas por el principio de exclusión, está la vía poética. Una mujer no puede emprenderla con posibilidad de éxito si no la mueve el amor incondicional al amor. La primera operación mental que exige esta búsqueda es la alianza con el hombre-hermano, que implica la ruptura con el "hombre de piedra". Ello supone sacar a la luz a la hermana mientras que la madre y la hija -sus acompañantes- quedan en la sombra. La hermana conduciría la barca que debe pasar por el estrecho entre un patriarcado intelectual autoritario y un matriarcado afectivo no menos abusivo. En el ensanchamiento del paso, el horizonte de la fraternidad.

Cuando el Sujeto femenino se despierta, su falta de historia escrita se encuentra confrontada a la omnipotencia del Libro del Padre, al patrimonio colosal del credo y del cogito que lo enfeudaron. El hilo de su pensamiento nace de una lectura a contratiempo, de una deshiladura del texto patriarcal que sólo él puede hacer creativamente.
A través de la escritura de las mujeres es como la hermenéutica poética entrará en la mentalidad contemporánea. Como un aflujo de sangre nueva.

Lo femenino no piensa, ésa no es su función, no han dejado de afirmar los amos-pensadores desde la fundación de la Historia. Lo femenino obtiene su ser, si ser tiene, del ser masculino, como la luna obtiene su luz del sol. De suceder que una mujer piense es contra su "naturaleza", es que la virilidad en ella ha superado a su feminidad. Al ser la virilidad de la mujer despreciable respecto a la de un hombre, su pensamiento será irremediablemente imitativo, es decir, menor. Este juicio de los amos, con fuerza de ley, expulsó a las mujeres a la esfera privada, sin otro acceso a la ciudadanía que por procuración, en tanto hija, esposa o madre de un hombre. Excluidas de los asuntos públicos al mismo título que los niños, los esclavos y los poetas.
La sociedad está mortalmente enferma de la misoginia en que se inspira su ley. El proceso a la Historia no puede abrirse benéficamente más que allí donde el mal está cercado, localizado. En la memoria de las mujeres -precisamente en la bisagra entre la prehistoria y la Historia- es donde el absceso maduró y donde se hace curable.

El núcleo duro de la misoginia no se forma en la mentalidad masculina. El lugar de su más profunda fijación es el inconsciente profundo de las mujeres. Mientras no tengan acceso a él, ninguna mutación benéfica de la relación humana podrá producirse. El obstáculo contra el que no deja de quebrarse su voluntad de estar en el mundo tal y como ellas son en potencia, de vivir por ellas mismas y para ellas mismas, es el muro de la auto-censura. Sólo un trabajo de indagación de lo inmemorial puede liberar la auténtica palabra política de las mujeres, si es concienzudamente llevado a término: la anamnesia de la mutilación mental que origina su silencio.

Claire Lejeune, El libro de la hermana (trad.: Flor Herrero Alarcón)


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