
Si tuviera que elegir el film que más me ha sorprendido en los últimos años creo que me quedaría con "Là-bas" de Chantal Akerman. Tsai Ming Liang me ha enseñado el desasosiego en el Taiwán contemporáneo, Apichapong Weerasethakul cómo recrear los mitos antiguos con un lenguaje moderno; Pedro Costa me ha narrado las crónicas de hieráticos muertos lúcidos, en una especie de "naturalismo onírico" en el que se oxidan las presencias, las esperas, los procesos cognitivos; Naomi Kawase me ha enseñado a mirar desde ese otro ángulo olvidado, y a hablar bajito; Joao César Monteiro ha demostrado que se puede ser no ya posmoderno, sino ultramoderno, hipermoderno, sin por ello perder la apostura clásica de caballero walseriano; Jia Zhang Ke ha retratado como nadie el dolor de la metamorfosis y la falta de centro en un mundo que cambia vertiginosamente, y en el que el otro, como en Tsai Ming Liang, parece un espectro desdibujado al que es imposible acercarse...
Pero de todas las películas que abren nuevos caminos narrativos y estéticos, de todos esos encomiables y logrados esfuerzos, me quedo con la sencillez lapidaria, con el balbuceo espartano de "Là-bas". En 2006, la belga Chantal Akerman llega a Tel Aviv para ajustar cuentas con su pasado, con su condición judía. Pretende rastrear las fuentes de su infancia y deshacer los nudos de fuerza que han asfixiado, desde entonces, su itinerario adulto. Alquila un piso y se dispone a salir a la calle, pero entonces... el pánico. Irrumpe el pánico con una fuerza demoledora. Chantal se queda en casa un mes, incapaz de salir a la calle. Tiene una cámara digital y filma lo que ve por las ventanas del piso. Pero incluso la luz le da miedo: filma, salvo cuando oscurece, con las cortinas y visillos corridos. Filma cuerpos de vecinos, puestas de sol, terrazas... Escucha a los otros, recibe así, tamizado, ese mundo que la aterroriza. Poco a poco ingresamos en un mundo crepuscular, se nos hace evidente una ontología del desamparo en la que todos los perfiles pieden su nitidez y se funden en sombras; no sólo lo que percibimos, también nuestras ideas heredadas son sucesivamente minadas por la tensa espera. En virtud del balbuceo, el pensamiento horizontal-jerárquico se desarticula a la par que el espacio circundante; el "alma", la visión, es presa de fluctuaciones indefinidas, adviene por sacudidas, entrecortada lucidez que se debate por sobrevivir. No vemos nunca su rostro, salvo alguna vez, fugazmente, en un espejo. Y habla, habla detrás de la cámara; la oímos en pequeñas frases deshilvanadas, con las que va construyendo un pequeño mosaico que da cuenta de su impotencia para decirse. De vez en cuando, recibe una llamada telefónica, oímos su voz seca, breve, temerosa. Poco a poco vamos acercándonos al centro de un alma calcinada y entendemos, entendemos, sabemos sin saber y nos abrimos a un espacio de empatía con su miedo, su infinito desamparo de vivir...
Un día se arma de valor y sale a la calle. La cámara avanza tímidamente por la playa. Pero tiene que regresar enseguida. Un atentado.
Una obra desestructurada, hecha de añicos que nosotros podremos recomponer no en el montaje, desenfocado, sino en la síntesis última de una interiorización meticulosa. Por desgracia no encuentro fragmentos en Youtube o Daylimotion y hasta donde sé no se ha editado en dvd. Tuve ocasión de verla en 2006 en un pequeño festival de Barcelona. Es la película que más me ha impactado en los últimos años.

