miércoles, 17 de marzo de 2010

Cine-raíz



En Caracol (Katatsumori, 1994), Naomi Kawase se acerca a una ventana y observa a tu tía abuela, que la crió desde pequeña, mientras ésta trabaja en el jardín. Acerca la mano al cristal (con la otra sostiene la cámara de filmación casera) y acaricia la figura difuminada de la anciana, sus contornos, su sombra... Un par de secuencias más adelante sale de casa, se aproxima a ese cuerpo menudo, encorvado, y toca su rostro. Una cámara, una mirada, una visión para tocar, para palpar lo real: no otra cosa es ese vuelco en lo inmediato que a veces, en el cine de Kawase, se cifra en un inventario gozoso de los objetos que encuentra a su paso: Me fijo en aquello que me interesa, La concreción de las cosas con las que trato de relacionarme de múltiples maneras (1988) darán cuenta de una ética de la mirada, de una ontología de la imagen que se quiere material, que atiende a las asperezas, las fracturas, las apelaciones del tacto. Un cine para acercarse, para abolir la separación de los cuerpos. Tanto en las películas caseras, que dan forma a un diario íntimo que se enriquece con sucesivas entregas a lo largo de más de dos décadas, como en los films de ficción, Naomi buscará acercarse, negar la escisión, palpar los seres en lo más hondo que tienen: su superficie. Su mirada no ejercerá violencia sobre la materia, sino caricia. Caricia que acerca. Shigeki se abraza al árbol muerto, se echa a dormir en un agujero excavado en la tierra. Shigeki y Machiko se acompañan, en un doble movimiento compasivo, hasta cruzar el umbral que agota el tiempo del luto, amparados por un bosque vibrante que observa y acoge su trayecto (ese mismo bosque que ha aparecido aquí varias veces).

En otra latitud vital y cinematográfica, el Alain Leroy de El fuego fatuo (Louis Malle, 1963), se desesperará porque es incapaz de acercarse. "Si sólo pudiera tocar..."

Si el cine de Bresson es un cine para oír, el de Naomi Kawase es un cine para tocar, para conmover las estructuras íntimas, heredadas, aprendidas, inoculadas, que nos fuerzan a la distancia con los otros. Para desestructurarlas con la mirada frágil que se posa en un mínimo gusano, una flor o una tela de araña, en una celebración gozosa de la presencia que irrumpe en el campo de visión-tacto. En La danza de los recuerdos (Tsuioku no dansu, 2002) filma a un amigo fotógrafo, enfermo de cáncer terminal. Lo hace con la delicadeza de quien acompaña, en el gesto, en el tiempo, a quien se va. Sin dramatizaciones. Sin subrayados: un ahora que se infiltra lentamente en el receptáculo inviolable: alma-raíz desanudada.

Cine, también, para derribar la mirada asimétrica, colonizadora, reduccionista: para vencer a la mirada expoliadora que sustrae e imponer (no imponer: sugerir) la mirada acariciadora que da.

En sus películas, por eso, hay tantas imágenes que son como madrigueras que conectan espacios imposibles. Imágenes fundacionales, imágenes-cobijo para quien pueda hacerse lento con ellas, acompañándolas.

Caracol. Tender los ojos que tocan hacia lo real y, hallado el regazo, yacer en él.

sábado, 27 de febrero de 2010

Chantal Maillard en Pròleg







El 15 de enero Chantal Maillard dio una lectura en la librería Pròleg de Barcelona. Hace unos días, en el Blog de les llobes, encuentro estos vídeos que nos regalan fragmentos de la misma (¡muchas gracias!). Aunque el sonido no sea muy nítido (en concreto, con una gran distorsión en los registros o notas altas), es de agradecer disponer de un documento así. Por otra parte, en su blog Una habitación propia, Aïda nos ofrece esta crónica, que me pareció muy delicada y penetrante, además de muy afín a lo que yo mismo sentí. Reproduzco el texto con su permiso y le doy las gracias por ese estar-ahí, por ese demorarse y adelgazar la atención hasta captar lo que acontece en todas sus fisuras... También me ha parecido extraordinario cómo en su texto introduce frases de la lectura de Maillard, en cursiva, para dar cuenta de los propios estados anímicos de su conciencia espectadora. La estricta re-flexión: la atención a lo otro abre un cauce en lo propio y nos ahuecamos en sus palabras para vibrar al unísono. De nuevo, agradecimiento y dejo espacio a las palabras de Aïda:


"Confieso que es la primera vez que no traigo los deberes hechos" se disculpa Chantal Maillard, con voz entre serena y tímida, mientras busca entre sus libros el poema como respuesta, un único verso preciso que dé comienzo al recital. La sala está abarrotada y yo, sentada en el suelo, intento abrir paso con la mirada entre la gente que esta tarde ha acudido a la Llibreria Pròleg para pasar un rato en compañía de la filósofa y poeta. No consigo vislumbrar más que una parte de su brazo y me resigno, recordando aquella clase de Bases psicopedagógicas en que el profesor aseguraba que las personas afectadas de la vista desarrollan mejor el resto de los sentidos. "Será interesante", pienso, "escuchar, más allá de oír" (¿la diferencia? la intención, la consciencia de estar atenta, la percepción de los matices de una poesía sin rostro, de el primer grito del mundo, oculto tras la sonrisa).

Antes de que dé comienzo la tertulia/recital, que introduce magistralmente Concha García, me hago con uno de los libros que han sido dispuestos en una mesa de la entrada, con intención de ser vendidos. Me dejo llevar por la intuición y por un elemento tan absurdo y a la vez tan importante en la elección de una lectura como lo es el título de ésta: Matar a Platón. Me gusta.

Tras una breve introducción no demasiado definida en que realmente sí se echa en falta una línea que vertebre la lógica de la sesión, Chantal nos habla de los hilos y los husos, de la conciencia y del gozo, de la inocencia y del , y nos va envolviendo a todos en una atmósfera creada por una lectura de increíble profundidad (alguien me dijo una vez que para ser buen escritor no sólo hay que escribir bien, sino que hay que saber leer; en este caso, la voz, el tono y el ritmo están perfectamente estudiados), de forma que, al rato, a uno ya no le importa que el recital no siga un orden preestablecido, porque está inmersa en ese mundo en el que el desplazamiento se efectúa (se quiera o no) saltando de un huso a otro. Allí, absorta en un ambiente cálido, de una intimidad extrema, algo de mí está triste, yo no lo estoy. Es imposible estarlo cuando una tiene la certeza de hallarse ante una persona cuyas palabras revolucionan (palpan, sacuden y dejan temblando) un mundo interior intencionadamente anestesiado.

Porque la poesía de Chantal es profunda e inteligente, elaborada como pocas. Ella misma reconoce que no hay palabra gratuita y que la reflexión sobre el contenido ha sido concienzuda y trabajosa. Todos los sentidos deben estar puestos en cada idea, consistente, con razón y peso propios. Densa, renovadora, dura, maneja el vocabulario a su antojo, haciendo un uso particular del lenguaje que le da un tono personal. El sello de la poetisa está impreso en cada estrofa.

Hora y media después de comenzar su charla, Chantal cae en la cuenta de que aún no ha mencionado, siquiera, el título del libro que venía a presentar. Nadie se ha percatado hasta ahora, pero si la intención del evento era "vender" a la escritora lo han conseguido con creces. Da igual si el motivo que nos ha reunido allí ha sido el parto de Hainuwele y otros poemas, nadie quiere abandonar Pròleg sin un ejemplar - el que sea - de esta admirable mujer a la que algunos acabamos de descubrir y otros seguían desde hace tiempo.

Particularmente, y, ahora sí, basándome en algo más que en el título, me decido por el libro de poemas Hilos y por el diario, Husos. Notas al margen, a partir del cual fue concebido el otro y que nos ayuda a comprender algo mejor (nunca del todo - ésa es la gracia - ) el origen y el desarrollo de las ideas de Maillard.

No se me ocurre una tarde mejor aprovechada que ésta. Vuelvo a casa con una sensación de gratitud inexplicable. Se dispersó momentáneamente mi incapacidad para el ahora. Hoy soy un poco más yo. O un poco más . Me sobrevuelo.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Robert Bresson: Traducir el viento invisible por el agua que esculpe a su paso



¿Quién es tu maestro? Robert Bresson.

Patti Smith


-Realizador o director. No se trata de dirigir a alguien, sino de dirigirse a uno mismo.

-Nada de actores.
(Nada de dirección de actores).
Nada de personajes.
(Nada de estudio de personajes).
Nada de puesta en escena.
Sino el empleo de modelos, tomados de la vida.
Ser (modelos) en lugar de parecer (actores).

-Modelos:
Movimiento del exterior hacia el interior. (Actores: movimiento del interior hacia el exterior).
Lo importante no es lo que muestran sino lo que esconden, y sobre todo lo que no sospechan que está en ellos.
Entre ellos y yo: intercambios telepáticos, adivinación.

-Aplanar mis imágenes (como con una plancha) sin atenuarlas.

-Oponer al relieve del teatro lo liso del cinematógrafo.

-Nada de música de acompañamiento, de sostén o de refuerzo. Nada de música en absoluto.
Es preciso que los ruidos se conviertan en música.

-Asegúrate de haber agotado todo lo que se comunica por la inmovilidad y el silencio.

-No corras tras la poesía. Ella penetra por sí sola a través de las junturas (elipsis).

-Quien puede con lo menos puede con lo más. Quien puede con lo más no necesariamente puede con lo menos.

-El cine sonoro ha inventado el silencio.

-Cuando un sonido puede reemplazar una imagen, suprimir esa imagen o neutralizarla. El oído va más hacia el interior, el ojo hacia el exterior.

-A tácticas de velocidad, de ruido, oponer tácticas de lentitud, de silencio.

-Actores. Cuanto más se acercan (en la pantalla) con su expresividad, más se alejan. Las casas, los árboles se acercan; los actores se alejan.

-Traducir el viento invisible por el agua que esculpe a su paso.

-Fracaso del cine. Desproporción entre unas posibilidades inmensas y el resultado: star-system.

-No se crea agregando, sino suprimiendo. Otra cosa es desarrollar. (No desplegar).

-Sacar las cosas de la costumbre, descloroformizarlas.

-¡Cuántas películas remendadas por la música! Se inunda de música una película. Se impide ver que en esas imágenes no hay nada.

-Todo movimiento nos descubre (Montaigne). Pero sólo nos descubre si es automático (no gobernado, no deliberado).

-Recuerdo una vieja película: Treinta segundos sobre Tokio. La vida quedaba en suspenso durante treinta segundos admirables durante los que no pasaba nada. En realidad, pasaba de todo. Cinematógrafo, arte, con imágenes, de no representar nada.

-Un gran pianista no virtuoso, tipo Lipatti, toca notas rigurosamente iguales: blancas, idéntica duración, idéntica intensidad; negras, corcheas, semicorcheas, etc., ídem. No aplica la emoción sobre las teclas. La espera. Ésta llega e invade sus dedos, el piano, él mismo, la sala.

-Sé tan ignorante de lo que vas a atrapar como lo es un pescador empuñando su caña (El pez que surge de la nada).

-Lo real llegado a la conciencia ya no es real. Nuestro ojo demasiado pensante, demasiado inteligente.
Dos tipos de real: 1º Lo real bruto, registrado tal cual por la cámara; 2º lo que llamamos real y que vemos deformado por nuestra memoria y por falsos cálculos.
Problema. Hacer ver lo que ves por mediación de una máquina que no lo ve como tú lo ves.

Notas sobre el cinematógrafo, Robert Bresson (trad. Daniel Aragó Strasser)

martes, 2 de febrero de 2010

Razón de estado. Un poema de Antonio Méndez Rubio



Lo que no hay que decir:
para qué. Rézale únicamente
a quien entonces dio la explicación.
Un temblor de animal recorre el fondo.
Tantos rostros miraron desde arriba
que el final no se vio. La tortura se concibe anónima
desnudez: pero en la desnudez
se amanece también
sin la luz
a no ser
que se agradezca el crepitar del miedo.
Para qué. No hablar desde la voz.
¿Decir? No es tampoco una ayuda.
Elegir responder.
Y cavar, y cavar. Y más cal viva.

sábado, 23 de enero de 2010

Devorar



El otro día tuve un sueño: me descubro observando a una cochinilla, un bicho-bola que se debate, presa de un sufrimiento o corrosión que al principio no acierto a adivinar. Me acerco y compruebo que en el abdomen del insecto hay otro insecto, más pequeño, redondo, moteado (parecido a una mariquita pero sé que no es una mariquita, es algo más oblicuo, más rotundo, más deliberado en su hacer, más meticuloso y voraz) que devora con fruición a la cochinilla. La duda me paraliza: ¿qué hacer? ¿Salvar a la cochinilla apartando al otro insecto? ¿Y acaso el insecto más pequeño no tiene hambre y necesita saciarla? ¿Qué derecho tengo a intervenir? ¿Pero cómo asistir, sin intervenir, al desenlace de este acontecimiento que mi educación, mis prejuicios heredados, mis pliegues más sólidos, me hacen concebir como indescriptiblemente atroz? ¿Cómo dejar que lo que entiendo cruel siga su curso, ahonde el surco del ahora, se derrame incontenible sobre este ahora hecho de tiempo quebradizo, este ahora que configura el sueño a partir de fluctuaciones imperceptibles, que me configura a mí en la fluctuacion, en el márgen, en la duda? Cosificado en mi perplejidad, me debato yo también y ausculto, palpo el mármol que me conforma para hallar una raíz que descienda a mi conciencia alerta: conciencia-raíz también ella, sepultada bajo las capas, bajo la desazón de mi conciencia de espectador: abajo, más adentro de la honda leña muerta que traduce mi horror, el incontenible horror que me quiebra, me hace abanicos y me desborda. Horado e irrumpe al fin, liberadora, la decisión, el impulso: decido salvar a la cochinilla. Con gesto decidido aparto al insecto más pequeño, que desaparece entre la hierba, y la cochinilla se incorpora sobre sí misma, me lanza una especie de tentáculos que me palpan, me acarician: imagino que se trata, quizá, de una inesperada generosidad. Me pregunto por qué los insectos habrían de ser generosos o si pueden serlo. Me aparto del lugar y sigo buscando. Estaba buscando piedras, jeroglíficos, antes de enfrentarme a esa extraña situación. Necesito reunir piedras para construir una llave que abra la puerta a la séptima dimensión, para que ella irrumpa en nuestro mundo y pueda comprender, al fin, la estructura íntima de nuestra psique (ahora no se puede, me digo en el sueño, porque me falta esa dimensión para articular la verdadera perspectiva desde la que, "sobrevolando" -es un decir-, descubrir el secreto entramado que nos conforma: nuestra multiplicidad, nuestra ceguera, el horror y la desaforada pasión que configura la endeble estructura psíquica, ese "haz de husos tensos", que define lo humano). Necesitaba la llave para construir ese punto de vista epistemológico, metafísico, existencial, donde estar lo suficiente para comprender: un punto en el que estar y desde el que traducirme el mundo a un lenguaje que yo entienda y pueda entrañar. Pero ahora esta búsqueda no es importante. Ya no lo es. Regreso donde la cochinilla y ya no está. Pero más allá veo que se ha transformado en un extraño ser homínido. Luego me cuentan que es un homínido-insecto, y esto tampoco importa.

Lo que cuenta es que le "extirpé" al insecto devorador y no sé si hice bien. Me siento bien al haberlo hecho, pero no sé si hice bien.

Despierto y recuerdo una cosa que escribí cuando tenía 19 o 20 años:

"En la arena de una playa, dos escarabajos ejecutan sus escarceos amorosos. Sonrío. La realidad supura vida por todas sus heridas abiertas, inconclusas. Percibo, no obstante, algo extraño en esa cópula. Me acerco, observo, impregno mi observación de prejuicios antropocéntricos. Uno de los escarabajos está aplastado, moribundo; el otro, incorporado sobre el primero, se lo está comiendo –meticulosamente. Lo que imaginaba un precario rito nupcial, la consumación de un himeneo liliputiense, resulta ser un acto de canibalismo. Ceden los diques que contienen mi necedad, exclamo: “¡qué brutalidad, se come vivo a su hermano!”.
Pienso en cuantos Gilgamesh, cuántas epopeyas y tragedias no habrá en el mundo de los insectos, que carecen de las imposturas e hipocresías del nuestro. Pienso en un insecto erudito que historiara las calamidades, el vértigo de esa “civilización” que ignoramos. Pienso en las matanzas, las alianzas, los símbolos, las herejías, en los mitos de ese mundo imperceptible, de tan vasto; invisible, y sin embargo, tan desaforadamente aquí.
Proyecto nuestros errores sobre todo cuanto veo, soy necio, hombre al fin".

Y ahora, en la vigilia, renuncio a las interpretaciones psicoanalíticas, a la exploración de los posibles símbolos, a exhumarme a mí mismo de mi palimpsesto y tratar de acercar el sueño a la estructura de coherencia de este mundo: renuncio al relato que descubra los motivos del sueño en estructuras cognoscitivas que tengan que ver con el trauma, la frustración, la búsqueda: esas etiquetas con las que los expertos de la mente construyen sus castillos ilusorios y nos explican, para darnos seguridad o anclarnos en un relato controlado, "narrable", para desactivar el peligro de la incertidumbre, la incomodidad del miedo que no sabe decirse.

Me quedo con esa duda del sueño, que es una duda de la vigilia: ante una naturaleza que se basa en el eterno ciclo de seres que se devoran unos a otros, ¿aceptar, dejar hacer, dejar estar, porque eso es lo natural, ya que así es como opera la ley inexorable de la naturaleza, basada en la depredación, en la entropía, en el sucederse de innumerables generaciones que perpetuarán el código, el hambre, la intemperie? ¿O negarse, no acatar el ciclo que, pese a que uno lo intente, no puede dejar de sentir como crueldad universal, aterradora, omnipresente?

En esa tensión dialéctica oscilo. Soy incapaz de conciliar ambas tendencias. No encuentro una síntesis. Respetar la rueda inapelable, sí, pero luego, en el ejemplo concreto, sin duda trataré de salvar al corzo o al insecto devorado por las hormigas, siendo injusto con el lobo o con las hormigas que sólo quieren saciar su hambre. Pero la sensación de horror se me subleva en las entrañas y me fuerza a intervenir: a no comer carne, a apartar a las babosas y caracoles de las carreteras, gestos que remiten a lo mismo.

Ni siquiera haberme criado en un pueblo ha logrado vencer ese impulso. Mi abuela mataba sus animales con sus propias manos, y yo nunca comía. Ahogaba los perros recién nacidos en un balde de agua, y yo intentaba salvarlos (sólo para llevarme un coscorrón y que los perritos volvieran al balde; en realidad lo único que yo lograba era prolongar su agonía). Mi abuela no era cruel: cuidaba a los animales, los amaba. Y los mataba para alimentarnos, sabía matar de un solo golpe infalible, reduciendo el dolor, o el vértigo de la extinción, al umbral mínimo. En la matanza del cerdo, recuerdo que corría a esconderme entre los olivos con las orejas tapadas para no escuchar el invencible alarido de dolor de los animales que, a pesar de todo, me taladraba los tímpanos. A los 7, a los 8 años sucumbía a ese horror y no entendía. Y ese mi no entender sigue aquí, 25 años después. Y es algo que duele. Me duele

Quiero decir: fui criado en eso, nadie me "enseñó" que aquello era cruel. No, aquello era lo natural, lo correcto. Sin embargo, me rebelaba contra ello, ya desde que tuve uso de razón. No logro explicarme por qué, pero es así.

Y sigo, sigo sin saber cómo operar la síntesis: cómo redimir esa tensión que me producen los contrarios irreconciliables. Cómo hallar, en definitiva, la paz en mi relación con todo esto.

Abrazos a todos.

sábado, 16 de enero de 2010

Hanni Ossott. En regreso al soy



Atracción de lo vasto

Ese canto resonante
de Cuerpo
esa expectoración primera
inicialmente contenida
bufido o eructo desarticulado

Ese pujar vocal

Estertor físico del soy que se busca

Y esa primera abolición del ser en la palabra inicial

Ah voz en ahogo
violencia y voluptuosidad cercada
Ah tránsito de ser a
Ah gorgojeo

rasgadura de garganta

ruido

pobladura de lo vasto

Eco
Inserción de lo inmenso en lo breve
Imagen
Consecución

Y esto: lo que puedo decir desde mí mismo
hoy
ahora que he aprendido a articular mi discurso
Esto, para decir:
Oh escena terrible para espectáculo
Oh espantosa contemplación de lo solo

No calma desde esta calma
No suficiente sin sentido desde esta ausencia

Desierto y ruina
-y decirlo se torna ridículo-
Ah, mira la contorsión del cuerpo, la siempre en oposición

Pero me contorsiono
y profiero
sólo yo puedo hacerlo
desde lo que me cerca y me abre
Ah canto siempre devuelto
Siempre no nacido todavía o a destiempo
Tajada, sí...

Y muero por lo vasto que cercena
como los dioses mueren por la nada y se levantan
contra ese soy que en extensión cubre

¿Lo signo, lo fijo, lo canto?
¿lo dilatado ineludible?
Lo canto, lo signo
porque también habita en mí el deseo de su posibilidad
en franca oposición a lo permanente
en rechazo al borde demasiado preciso
y a la costumbre de esta piel
en distancia de mi propio cuerpo
hacia la instauración de lo breve
por atracción a la ausencia

erguido el canto en regreso al soy

lunes, 11 de enero de 2010

Robert Walser o la ética del empequeñecimiento



"Aquí se aprende muy poco, faltan profesores y nosotros, los muchachos del Instituto Benajmenta, nunca llegaremos a nada; en otras palabras, en nuestra vida futura seremos todos cualquier cosa, pequeñísima y subordinada. La enseñanza que se nos imparte consiste substancialmente en inculcarnos paciencia y obediencia, cualidades ambas que prometen escaso -o ningún- éxito. Éxitos subjetivos, ojalá sí. Pero ¿qué provecho sacaremos? ¿A quién dan de comer las conquistas espirituales?"

"Una cosa cierta sé: en mi vida futura seré un magnífico cero a la izquierda, redondo como una pelota. Cuando llegue a viejo, me veré obligado a servir a jóvenes juerguistas, presuntuosos y maleducados, o bien pediré limosna, o acabaré hundiéndome"

“¡Qué feliz me hace no hallar en mí nada digno de atención, de consideración! Ser pequeño y seguir siéndolo. Y si alguna vez una mano, una oportunidad, una ola, me levantase y me llevase hacia lo alto, allí donde impera la fuerza y el prestigio, haría pedazos las circunstancias que me han favorecido y me arrojaría yo mismo abajo, a las ínfimas e insignificantes tinieblas. Sólo en las regiones inferiores consigo respirar.”

“En el fondo encuentro despreciable todo mi patrimonio mental.”

“Tengo la impresión, un poco ultrajante, de que en esta vida nunca me faltará de comer”

"Me divierte ver ver un poco irritadas a las personas que amo. Nada me produce tanto placer como dar una falsa imagen de mí a aquellos que llevo en mi corazón. Por ejemplo, imagino como indeciblemente bello morir con el terrible convencimiento de haber ofendido a los que más quiero en el mundo, de haber justificado las peores opiniones contra mí."

“Siento un interés muy escaso por eso que se llama mundo y al mismo tiempo me parece importante y fascinante lo que, en el más profundo silencio, llamo mundo yo”

“Kraus [estudiante del Instituto Benjamenta] es una auténtica obra divina, una nulidad, un siervo.”

“Pedro [otro estudiante] es el más tonto y esto lo recubre de los más diversos atributos, porque a mí los tontos me resultan increíblemente estimables, mientras que aquellos que creen saberlo todo, que resplandecen de ciencia y se vanaglorian de su sabiduría, me resultan odiosos.”

"Fuchs es oblicuo, está hecho al bies. Se comporta como una hipótesis altamente improbable amasada en una forma humana".

"Heinrich es, hasta cierto punto, torpe. Esta suerte tiene, conviene hacerlo constar".

“Yo, ¡yo!, seré cualquier cosa, muy humilde, muy pequeña. Semejante certidumbre tiene la naturaleza de un inviolable hecho consumado.”

“Los verdaderos hombres, los más auténticos, jamás son bellos”

“Lo que perpetuamente fluye obliga a poseer una moral”

“Si supieran al menos cuántas cosas corrompen, esos pensadores. El que se empeña en no pensar hace algo, algo verdaderamente necesario.”

“La melancolía resulta preciosa. Porque educa.”

“Uno se equivoca siempre que usa grandes palabras”

“Ésta es la certeza que mantengo incondicionalmente firme: soy pequeño, pequeño y despreciable”

“A veces hablo por encima de mis facultades intelectuales. Por este motivo debería haberme hecho pastor, jefe de cualquier secta o movimiento religioso”

“¡Cómo me gustan los tipos poco propensos a analizarse!”

“También hay un perfume, una energía, en el renunciamiento”

“Si no existiese en el mundo ningún mandamiento, ningún precepto, moriría, me consumiría, enloquecería de aburrimiento. Yo sólo puedo vivir instigado, constreñido, sujeto a tutela; esto es lo que me gusta.”

“¿Qué puede desear un ser semejante en un mundo como éste, preordenado y domesticado por el tópico, por la mentira, por la vanidad?”

Fragmentos de Jakob von Gunten, de Robert Walser (trad. J. García Hortelano y C. B. Agesta)
 
Free counter and web stats