miércoles, 8 de septiembre de 2010

domingo, 5 de septiembre de 2010

Ir hacia el animal



En el transcurso de los dos últimos siglos, esas formas tradicionales de tratamiento del animal se han visto alteradas, es demasiado evidente, por los desarrollos conjuntos de saberes zoológicos, etológicos, biológicos y genéticos siempre inseparables de técnicas de intervención en su objeto, de transformación del objeto mismo y del medio y del mundo de su objeto, el ser vivo animal: por la cría y el adiestramiento a una escala demográfica sin parangón con el pasado, por la experimentación genética, por la industrialización de lo que se puede llamar la producción alimenticia de la carne animal, por la inseminación artificial masiva, por las manipulaciones cada vez más audaces del genoma, por la reducción del animal no solamente a la producción y a la reproducción sobreactivada (hormonas, cruces genéticos, clonación, etc.) de carne alimenticia sino a toda suerte de otras finalidades al servicio de cierto ser y supuesto bienestar del hombre.
Todo esto es demasiado conocido, no nos extenderemos en ello. De cualquier modo que se lo interprete, cualquiera que sea la consecuencia práctica, técnica, científica, jurídica, ética o política que se extraiga de ahí, nadie hoy puede negar este acontecimiento, a saber, las proporciones sin precedentes de este sometimiento del animal. Podemos llamar violencia a este sometimiento cuya historia intentamos interpretar aunque sea en el sentido moralmente más neutro de aquel término e incluso cuando la violencia intervencionista se practica en ciertos casos muy minoritarios y en absoluto dominantes, no lo olvidemos jamás, al servicio o para la protección del animal, pero la mayoría de las veces del animal humano. Nadie puede tampoco negar con seriedad la denegación. Nadie puede ya negar con seriedad ni por mucho tiempo que los hombres hacen todo lo que pueden para disimular o para disimularse esta crueldad, para organizar a escala mundial el olvido o la ignorancia de esta violencia que algunos podrían comparar a los peores genocidios (hay también genocidios de animales, el número de especies en vía de extinción por culpa del hombre nos deja helados). La aniquilación de las especies, en efecto, estaría en marcha pero pasaría por la organización y la explotación de una supervivencia artificial, infernal, virtualmente interminable en unas condiciones que los hombres del pasado habrían considerado monstruosas, fuera de todas las supuestas normas de la vida propia de los animales de ese modo exterminados en su supervivencia o en su propia superpoblación.
Todo el mundo sabe en qué terroríficos e insufribles cuadros podría una pintura realista convertir la violencia industrial, mecánica, química, hormonal, genética a la que el hombre somete desde hace dos siglos a la vida animal. Y en lo que se ha convertido la producción, la cría, el transporte y la muerte de esos animales. En lugar de mostraros esas imágenes poniéndooslas ante los ojos o de despertarlas en vuestra memoria, lo que sería a la vez demasiado fácil y sin fin, diré solamente una palabra sobre este “pathos”. Si estas imágenes son “patéticas”, lo son también porque abren patéticamente la inmensa cuestión del pathos y de lo patológico, precisamente, del sufrimiento, de la piedad y de la compasión. Y del lugar que hay que conceder a la interpretación de esta compasión, al hecho de compartir el sufrimiento de unos seres vivos, al derecho, a la ética, a la política que sería preciso vincular con esta experiencia de la compasión. Puesto que lo que ocurre, desde hace dos siglos, es una nueva experiencia de esta compasión. Ante la invasión por el momento irresistible pero negada, ante la denegación organizada de esta tortura, unas voces se alzan (minoritarias, débiles, marginales, poco seguras de su discurso, de su derecho al discurso y de la puesta en marcha de su discurso en un derecho, en una declaración de derechos) para protestar, para apelar, llegaremos a ello, a lo que se presenta de manera tan problemática todavía como los derechos del animal, para despertarnos a nuestras responsabilidades y obligarnos respecto al ser vivo en general y precisamente a esta compasión fundamental que, si se la tomase en serio, debería cambiar hasta los cimientos (y cerca de los cimientos querría trabajar intensamente hoy) de la problemática del animal.

Jacques Derrida, L'animal que donc je suis.

Aunque desde siempre se haya ejercido una gran violencia contra los animales, yo intento mostrar la especificidad moderna de esa violencia, y el axioma –o el síntoma- “filosófico” del discurso que la sostiene e intenta legitimarla. Esa violencia industrial, científica, técnica, no puede soportarse todavía demasiado tiempo, de hecho o de derecho. Se verá cada vez más desacreditada. Las relaciones entre los hombres y los animales deberán cambiar. Deberán hacerlo, en el doble sentido de este término, en el sentido de la necesidad “ontológica” y del deber “ético”. Pongo estas palabras entre comillas porque dicho cambio deberá afectar al sentido y al valor mismo de estos conceptos (lo ontológico y lo ético). Por eso, aunque su discurso a menudo me parezca mal articulado o filosóficamente inconsecuente, tengo una simpatía de principio para aquellos que, a mi juicio, tienen razones, y buenas, de alzarse contra la manera en que son tratados los animales: en la cría industrial, en el matadero, en el consumo, en la experimentación.

Cuando encaré esta cuestión en los Estados Unidos, en la Facultad de derecho de uan universidad judía, utilicé esa palabra de genocidio para designar la operación que consiste en reunir centenares de miles de animales cada día para enviarlos al matadero y matarlos en masa tras haberlos engordado con hormonas. Eso me costó una réplica indignada. Alguien me dijo que no aceptaba que yo hablara de genocidio: "Nosotros sabemos lo que es el genocidio".

Jacques Derrida, Y mañana, qué... (conversación con Élisabeth Roudinesco)



Hay en el animal una inocencia que se me antoja camino de vuelta al origen. Anterior al juicio que distingue y sopesa, le procura al gesto la precisión que la razón le niega cuando se activa en los territorios que no le pertenecen. Y cuánto esfuerzo le cuesta lograr un “acierto” donde, sin ella por guía, habría certeza. El ser humano “desarrollado” se enorgullece de los logros de su inteligencia, pero cuán torpe es, cuán pobre y desasistido cuando pretende comportarse de acuerdo con la naturaleza. Yo aprendo de un animal todo aquello que mi voluntad traba. Y aprendo, también, mi desgracia, mi inferioridad y mi condición de extraña en este mundo que no sabemos proteger lo suficiente. Contemplo, voy hacia ellas, hacia las bestias, me “abestio”, je m’abêtis, como sugería Montaigne. Aunque para el hombre enaltecido s’abêtir (“idiotizarse” sería la traducción de la palabra en su uso común) es rebajarse, volver al estado de salvajismo en el que, según sus teorías, estábamos al principio y en el que la carencia de leyes nos llevarían a matarnos unos a otros “sin razón”. Olvidan que las reglas que acorde a razones han de darse los seres humanos para convivir sin daños no son en absoluto necesarias en el reino animal. La acción de un animal, que nunca opera contra el bien de todos, no se diferencia de la ley natural.
La inocencia de las bestias, la aceptación incondicional por parte de cada una del lugar que ocupa en la cadena y la asunción, por otra parte, de ese ejercicio de crueldad que es, para cualquier buen entendimiento, un mundo organizado sobre el hambre en una rueda sin fin de resistencia, miedo, dolor y muerte, es para mí algo más que una lección de humildad. Chuang tsé, cuya sabiduría era grande, refiere este consejo, que daba el Señor del Mar del Norte al Conde de los Ríos: “Procura que lo humano no destruya lo Celestial en ti; procura que lo intencional no destruya lo necesario”. Para conseguirlo, para conservar lo necesario se ejercitaban los taoístas en la espontaneidad. El recogimiento (no-mente) antes de lanzar la flecha o trazar la línea con el pincel, la “détente du tigre”, como decía Michaux aludiendo al gesto certero del tigre que salta sobre su presa, pero también la conciencia del gesto cotidiano, esos gestos que realizamos sin necesidad de que el pensamiento los anticipe. No creo equivocarme al pensar que también a ello aludían Hui-Neng y otros maestros del budismo chan cuando hablaban de la necesidad de hallar el “rostro original”. Lo celestial, el rostro original, no es otra cosa, a mi entender, que la sabiduría de las bestias.

Chantal Maillard, Hainuwele y otros poemas

La tierra prometida cumple para mí una función bastante similar: es a la vez un memorial, una estela, un monumento en el que figuran los nombres genéricos de algunos de los miles de animales que han perecido, que perecen, o están a punto de perecer. Y también es fuego y obelisco, columna y ofrenda para aquellos desconocidos como individuos que perecen, y perecieron y perecerán por obra de otros animales que proliferan por encima de los límites de lo que el organismo terrestre nos permite y en detrimento de todos los demás a los que maltratamos y hemos maltratado.
[…]
Hablamos de hacer leyes para los grandes simios porque se nos parecen. Empezamos a respetar a las ballenas y a los delfines cuando averiguamos que también ellos tienen lenguaje. No nos paramos a pensar que tal vez nuestra mente es tan limitada que no puede comprender el lenguaje que sí tienen las demás especies, que su forma de comunicarse sea demasiado ajena a aquella tan limitada de las palabras y la gramática.
Empezamos a pensar en su desaparición cuando ésta es un síntoma de algo que nos atañe y porque nos atañe. No hablamos desde la compasión, sino desde el miedo.
[…]
Si un ejército puede hacer saltar un puente que atraviesa a paso rítmico, ¿no podremos nosotros impedir que desaparezcan algunos animales, si repetimos sus nombres al unísono, con insistencia y con la voluntad de que perduren? Si creyese en algo sería en el efecto del deseo proyectado en un objeto. Tal vez podamos enfocar en ellos intensamente nuestra voluntad mientras nos unimos en el recitado de esta letanía que es una plegaria dirigida a todos nosotros por todos ellos.
[…]
Pero aún así y, pese a toda su codicia, su imbecilidad, su fatuidad, me atrevo a creer que hay en el ser humano un reducto, una capacidad cordial que bien puede que corresponda con el latido, esa respiración que al fin y al cabo es común a todos y nos une a través del aire que nos penetra. […]
Por compasión, pues, no sabiendo, y como animal que soy, pronuncio e invito a pronunciar el ensalmo, tomando partido por la inocencia, la de ellos, por encima de mí, de nosotros, del animal racional, pero también por él, porque él es un punto más en la trama y aunque éste no deba ser jamás un argumento a utilizar para protegerles porque sin ellos, sin todas y cada una de estas múltiples formas de vida, nosotros tampoco sobreviviremos. Es por todos, pues, que invito a entonar “tal vez aún apenas sea posible nunca…”.

-¿Cómo se gesta “La tierra prometida”?

La verdad, no lo recuerdo, pero creo que como se gestan todas las cosas que iniciaron su andadura desde antes de nosotros y que siguen su rumbo después. Si no fuese un tanto presuntuoso, a estas alturas, me gustaría decir que no soy más que un intermediario. Lo que sí recuerdo es que cuando me vino a la mente el título (la frase adverbial que compone el fondo de la letanía vino antes) pensé que no sería nada extraño que “la tierra prometida” terminase siendo un erial, viniendo la expresión de una ideología del exterminio genocida que entiende que el hombre es el dueño y señor de todos los animales y que éstos fueron creados para su servicio y alimento. Nada bueno puede salir del entendimiento del universo como jerarquía, servidumbre y señorío.

http://www.conoceralautor.com/obras/ver/NTI1
Chantal Maillard, presentación de La tierra prometida y entrevista en la red



No es posible hacerse idea de hasta qué punto va a ser peligroso el mundo sin animales.

¡Oh animales, queridos, terribles, moribundos animales!; ¡pateáis, os comen, os digieren y os asimilan; animales de presa y despedazados entre sangre; animales huidos, reunidos, solitarios, avistados, acosados, destrozados!; ¡animales no creados, robados por Dios; expuestos a una vida de trampas, como niños expósitos!

Hay algo en los animales que lo calma, concretamente en todos los que lo incitan a callar.

El progreso del mundo depende de que se mantengan con vida más animales. Pero los más importantes son los que no se utilizan para fines prácticos. Cada especie animal que se extingue vuelve menos probable nuestra supervivencia. Sólo ante sus formas y voces podremos seguir siendo humanos. Nuestras metamorfosis se desgastan si se extingue su origen.

Es verdad que hay animales que se asemejan a los hombres en su estupidez. Pero uno no puede librarse de la sensación de que la estupidez de los animales no es tal y de que, en cualquier caso, es más inocente que la nuestra.

Lo inalcanzable en los animales: cómo nos ven ellos.

Elias Canetti, Apuntes II.



viernes, 3 de septiembre de 2010

Dice



En la fotografía: Jean-Luc Nancy

Dice

Viene, se presenta, y dice:
Hablé otra lengua. En mi infancia, sin hablar, hablaba otra lengua. “Infante” quiere decir en latín “el que no habla”, esto es lo que dice la ciencia de las lenguas. Pero eso sólo prueba que el latín, esa lengua muerta, todavía habla, sordamente, obstinadamente, en la lengua que hablo. En ese latín habla el griego, y en ese griego, ¿cuántas lenguas más, conocidas o desconocidas? Siempre hay, en una lengua, otras lenguas que hablan, y ninguna está sola cuando habla, y no se puede remontar el camino de cada lengua. No hay infante.
Hablé otra lengua, y esa lengua habla todavía ahora, sin duda, en la lengua que me haces hablar. No la oías, no podías comprenderla. No vayas a creer, como podrías imaginar, que estaba hecha de gritos, sollozos y mímicas, o de una oscura sucesión de murmullos. No era una lengua de infante, ni una lengua de la infancia. Yo no balbuceaba. Otros balbuceaban y tartamudeaban, pensando de esta manera adaptar su lengua al niño. Tú no eras así, no simulaste la infancia de una lengua. Sin duda, sabías que eso no existe. Mi lengua era tan antigua y estaba tan bien hecha como la tuya, y como todas las lenguas, muertas o vivas. No hay ninguna lengua que esté mal hecha, ninguna lengua elemental.
Tú no me comprendías, y yo tampoco te comprendía. No era por falta de saber, o de haber aprendido. Era algo más antiguo que cualquier aprendizaje. Mi lengua no tenía nada que decir. Pero pronunciaba con exactitud, como cualquier lengua, todo lo que está por decir, todo lo que se puede decir, todo lo que se puede callar también. Articulaba todo eso, ponía en juego cada una de sus junciones, desligaba todas sus sílabas, observando entre la una y la otra una justa medida. Era una cadencia ininterrumpida. No se trataba de algo aprendido, eso no se puede aprender. Habría que poder indicar el comienzo, un orden en el que emprender la cadencia. Pero no hay orden, mi lengua empieza, empieza en cualquier lugar, en cualquier lengua.
¿Por qué me enseñaste tu lengua? Yo ya conocía la cadencia y no necesitaba…
Él no dice nada. Quiere quizás irse. Se mueve. Dice:
No tengo nada que decir. No puedo recriminarte nada.
Guarda silencio, luego retoma:
No tengo nada que decir. Querías oírme hablar, lo necesitabas. Sólo cuando alguien nos habla sabemos que existimos. La mirada no tiene ese poder. La mirada atraviesa y se pierde en la lejanía, sobre el cuerpo mirado. Ni la mirada, ni el tacto, pueden verdaderamente estar dirigidos a alguien. Yo te miraba, te tocaba, no era nada, no existías, era preciso que te hablara. Era preciso que yo hablara para hablarte, y para que tú existieras.
Pero…
No sabe si va a decirlo.
Pero, ¿por qué era preciso que tú existieras? No era una necesidad. Quiero decir que no era imposible que no fuera así. Podías no existir, podías…
En verdad, ya no había nada que hacer. Estabas ahí, y querías que te hablara. Yo podría no haber nacido, pero había nacido. Y yo hablaba una lengua que tú no entendías, que yo mismo no entendía. Todo lo que se puede decir y todo lo que se puede callar, esa lengua lo pronunciaba, palabra por palabra, incansablemente. Yo imitaba una lengua como si me la hubieran enseñado, sin haber aprendido ninguna, y las imitaba todas. Pero no hablaba a nadie. Tú no sabías ninguna lengua. No me has enseñado nada. Nadie enseña a hablar a un niño. La lengua le es más maternal que su madre, es siempre una lengua de ultra-ma(d)r(e).
Ríe, y dice: eso era azul, yo era un azul. Er lacht, und sagt: Ich war blau, Ich war ganz im Blau. I was singing the blue note.
Yo no hablaba. Tú me abriste la boca, forzaste mi boca apretada, quisiste entenderme, exigiste entenderme, yo ya no tenía derecho a callarme, ya no tenía derecho a gritar, tú abrías y cerrabas mi boca en cadencia, la vieja cadencia estaba ahí, no la habías fabricado, pero te ajustabas a ella para manejar mis labios, y mi lengua entre mis dientes. Me dirigiste la palabra y te hablé, fuiste tú quien me la dirigió y así vuelve a ti, yo no te la dirijo, no tengo nada que decirte, pero tú me haces hablar, yo te digo todo lo que se puede decir, y lo que se puede callar también. No me enseñas nada pero me haces hablar una lengua nueva, y siempre otra y otra que habla en ella y que tú haces a su vez hablar, moviendo mis labios y mi lengua entre mis dientes, y tu lengua entre mis dientes.

Jean-Luc Nancy, El peso del pensamiento (trad. Joana Masó y Javier Bassas Vila)
 
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