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martes, 14 de diciembre de 2010

Music Music Music

Una entrada para rendir un pequeño homenaje a las canciones de nuestra adolescencia. Las que estuvieron y nos hicieron ser. Las que hoy, por muchos motivos, ya no nos acompañan (y también las otras, las que resisten al tiempo y siguen ahí). Canciones en las que pusimos nuestra vida y que aún nos dicen quiénes fuimos aunque ya no nos reconozcamos en voces, melodías, texturas.

Os invito a participar y a traer vuestros enlaces y comentarios. Subiré al cuerpo de la entrada vuestras canciones de la adolescencia y lo que queráis decir de ellas. Para que todas esas melodías, súbitamente reunidas, dialoguen entre sí: se conjugen, se refuten, se entrelacen: den cuenta del rito de paso donde quemamos la infancia y empezamos a articular lo que vendría después y para lo que aún no tenemos respuesta.






Echoes, Pink Floyd. Música entre las ruinas. Música en ruinas. Armonía que penetra en la "tiniebla" de la disonancia y regresa a las formas apolíneas de cierto clasicismo impecable.



Charlotte sometimes, The Cure. He soñado que era Robert Smith y cantaba esta canción. He sentido lo que se siente al cantarla, o lo que puedo sentir yo al hacerlo: experiencia intransferible, huella digital interna imposible de contar. En esta canción sencilla hay un pathos, algo indescriptible en lo que quemar las huellas de la adolescencia. Holocausto de intimidad. Ofrenda. Cierta magia, también.



Fascination Street
, The Cure. Nunca me convenció el sonido Joy Division, pero sí el de The Cure. Cuando tocan, todo está tenso, no hay nada suelto. Se aniquila el margen, el azar es sustituido por una ausencia, por una inminencia de algo que no llega a resolverse. La línea de bajo entra, deja entrar. Simon Gallup ha sido, quizá, mi bajista favorito.



Merbow ya estaba ahí. En el límite. El límite del sonido, de lo audible, el límite de cierta experiencia de vida. Aquí, una nana, apenas. En otros lugares, cuchillos, catedrales derruidas, maquinarias quirúrjicas de matadero o endoscopia. Triturar, descuartizar. ¿Volver a construir? Esto último no parece interesar a Masami Akita, volcado únicamente en el diagnóstico.



Rosary, Scott Walker. Del "Tilt", un disco que me sigue gustando mucho, porque fue compuesto para los oídos de una época por venir: éste es el pop de otro siglo, de un siglo próximo donde el dodecafonismo, la atonalidad, la espectralidad habrán "descendido" a los márgenes de la música popular y se silbará a Feldman en las calles. Rosary es un pequeño lamento, algo más convencional, después de la desgarradura, después de la invencible quemadura fragmentaria. Un memento, quizá: defixión, inscripción o estela funeraria.



Human Behaviour, Björk. Nunca fui fan de Björk. Pero aquí hay algo. En el bajo electrónico percusivo, que se alía a la batería en un doble gesto propiciatorio. Una apelación en realidad muy primitiva, con la que resulta fácil sintonizar. Danzar alrededor del fuego, conjuración, fallida comunicación con dioses mudos o ya fallecidos.



Junkyard
, Birthday Party. Antes de fundar las malas semillas, Nick Cave cantó en la fiesta de cumpleaños. Años heroinómanos, salvajes. Descontrol. Odio. Todo lo que vino después surgió de aquí. Nick Cave y Mick Harvey, casi irreconocibles, de tan jóvenes.



Pilots, Goldfrapp. Me gustaba (y me sigue gustando) la voz de Allison Goldfrapp porque no es una voz pop. Está más cerca del cabaret alemán: hay una textura de seda y a la vez una rugosidad, la anticipación de una fractura, en su entonación. En el primer disco se exploró este rasgo atípico.



Polaroid Cocaine, Ingrid Caven. "Chambre 1050" es uno de mis discos favoritos. Ya lo descubrí entonces y tengo poco que decir. Ante una canción y una interpretación como ésta, sólo puedo callar y agradecer.



Stella Maris, Einstürzende Neubauten. La emoción discreta va ascendiendo y te sacude de pronto: estábamos vivos y valía la pena vivir lo que se ha vivido y como se ha vivido.



Tom Taubert's blues, Tom Waits. Un jovencísimo Waits en su primera etapa. Estas primeras piezas me siguen pareciendo canciones de cuna.



Temptation, Tom Waits. Estamos en 1987 y el Waits original se enturbia. Las texturas se oscurecen, entran ritmos experimentales, se juega, se combina, se tritura y recompone. Hay una ebriedad extraña, una felicidad difusa y enloquecida. Estamos en los años salvajes de Frank...



Thrak, King Crimson. Estrategias para la demolición. Búsqueda de otro aliento. Habla la fractura pero no duele, no puede doler cuando se opera desde esa ecuanimidad, con un método de sustracción que incluye su analgesia.



You and your friend, Dire Straits. A los 18 o 19 años, llegue a pensar que ésta era la melodía que querría escuchar justo antes de morir. Así de arrogante puede uno llegar a ser. Ahora no pienso lo mismo pero me sigo deteniendo en las manos delicadas de Mark Knopfler y en cómo palpa las notas, cómo abre los silencios (y los silencios aquí son fruta que se abre y uno toma, si así lo desea, en desnudez), cómo trabaja el barro del tono, el timbre, la cadencia. Nunca me pareció un genio, ni un poeta, mucho menos un maldito del rock; en él no había pose, sólo ese trabajo silencioso de artesano: manos que buscan.



Dancing, Paolo Conte. Paolo sigue siendo amigo. Lo será hasta el final. Hay otra forma de bailar aquí: se baila inmóvil: el ritmo está dentro, no hace falta representarlo. Sus canciones, incluso las más lentas, bailan en un tranquilo frenesí. Bailan en su sitio con pies felices.



Billy Jean, Michael Jackson. MJ fue el primero en llegar a la adolescencia. Hay mucho que decir sobre el icono y sobre el hombre (aquí hablamos de ello), pero eso ahora no me interesa. Sigue siendo una canción magnífica para pista de baile, y en los últimos minutos la coreografía desafía lo concebible: algunos pasos son claramente "inhumanos".



Bilbao Moon. Sshhhh... Ute Lemper...



Sodade, Cesaria Evora. Descubrí a Cesaria antes que a las fadistas o a los cantantes brasileños (que llegaron algo después y lo cambiaron todo, para siempre). Aquí aprendí lo que era vibrar a otro ritmo, acercarse al ecuador, alejarse del mundo erguido, completamente visible y roturado, extenuado, que empezaba a ser Occidente en términos de descubrimiento musical. Cesaria me puso sobre la pista de otro sonido, otra inclinación y otra escucha.



Vem, Madredeus. Ya no me gusta Madredeus, pero fueron importantes. Me pulvericé los oídos escuchando los discos, me sabía las canciones de memoria. Acercaron Portugal y su lengua tranquila: un refugio frente a la aspereza del castellano peninsular, tan lleno de aristas, tan arisco a plegarse, a veces, a la dulzura, al acercamiento.



Creep, Radiohead. Otro oasis en medio del horror circundante



Let my people go, Diamanda Galas. Llegó muy pronto y nunca me dio miedo. Ni siquiera en las óperas satánicas, o en el mítico "Schrei X", donde, encerrada en una cámara oscura, se entrega al pánico y al exorcismo de los miedos internos a partir de aullidos viscerales, sonidos desgarradamente irrepetibles, conjuros impronunciables, exploración de la herida. Para mí siempre fue extrañamente melódica.



Avalanche, Leonard Cohen. Una de mis canciones favoritas. Poco puede decirse ante algo así: "I stepped into an avalanche, it covered up my soul".
 
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