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martes, 24 de mayo de 2011

Mis manos


bajo el agua, donde vibra la fragilidad (Navarra, bosque profundo, 2010)

son pequeñas
manos pequeñas de campesino delicado

su torpeza es evidente
su habilidad es evidente

saben encontrar
palpan fisuras en lo abierto
despiertan la grieta y no se mueren

han sacado gatitos moribundos de la basura
han cuidado camadas de cachorros abandonados

-han querido construir nidos entre los seres, y esto es sin fruto-

han leído rostros
han vivido rostros
han golpeado rostros

se alimentan
de cosquillas
de ritmos
de retales de caricias
de hilos de voz
de botones sueltos

su inteligencia supera –ampliamente-
a la del ser que no se atreve a poseerlas

manos animales
no pájaros pero pequeñas
no ratones pero mamíferas
manos mapache
manos tejón
manos lobo pequeño

conocen la lentitud que no se escribe
conocen la rapidez que no se escribe

detestan

los rostros de piedra
las verdades de piedra
lo unánime de la piedra

trabajan, severas, el dolor del otro

manos zahoríes
buscando el agua muda
dentro de los cuerpos

manos sismógrafo
para predecir
temblores
de la carne que se sufre

mis manos merodean
viven su vida
y van borrando el rastro caracol
que me voy siendo

ellas me hacen periferia
me enseñan la inclinación precisa
la perfecta objetividad
que elimina la distancias

mis manos hacen al otro un cuerpo

luchan contra el miedo

comen el desamparo y la ternura

miércoles, 27 de abril de 2011

Un lugar para los otros



"No creo que cada ser tenga su lugar. Creo que cada uno es un lugar para los otros."
Daniel Faria

"Oír el tiempo y oír a dios es no oír nada. No oigas nada.
Sepárate de la música".
Meister Eckhardt

"Ningún camino lleva a ninguna parte. Pero algunos tienen corazón y otros no".
don Juan

Hace un tiempo el hermano búfalo dijo que siempre buscaba al niño que había sido para preguntarle por sus problemas de adulto y que él los resolviera. Creo que es un buen sistema. Volver a aquel mundo sin tiempo y a aquella forma de preguntar es, sobre todo, volver a una forma de mirar, volver a una mirada.

En la foto, cinco años, 1982. Estaba examinando la vida secreta de los caracoles cuando me llamaron para ese fogonazo repentino. Debido a la iluminación aparezco moreno, a pesar de mi palidez extrema. Se aprecia la cicatriz del labio, de cuando me caí del tractor. En mi casa no había libros, ni música, no se hablaba de cultura. A veces, de pura extenuación, no se hablaba. Sólo había trabajo devastador, la dura realidad campesina. Nadie se ocupaba de los niños, lo que por otra parte te daba una total libertad para jugar e "investigar".

Sé que en aquel momento el camino que seguía sí tenía corazón, sé que estaba separado de la música (porque uno mismo era música, porque entonces el pensamiento era música intuitiva, ritmo antiguo y toda esa vida). Sé que era un lugar para los demás (los demás eran en su mayor parte animales, árboles, incluso insectos; los adultos eran algo remoto e incomprensible).

Ahora no estoy seguro de que sea así. El mundo adulto ha irrumpido con sus jerarquías, sus trampas, sus mentiras, sus leyes absurdas. Su mercantilización de los afectos, su monopolio de los afectos, su total falta de generosidad: te-doy-para-que-me-des. Los muros, alzados. Los muros, impenetrables. Hay que ceder, siempre. El niño que fui se resiste a ello. Era más atento que yo: sus poros, sus sentidos, no estaban ocluidos. Estaba más cerca de las cosas. Vibraba y era uni-sono. Era Ahí.

Los caminos del mundo adulto no llevan a ninguna parte y no tienen corazón. Pero quizá sea posible ser un lugar, quizá sea posible inventar el corazón aún, crearlo aún. ¿Es posible ser un lugar para otros? ¿Es posible? ¿Se entiende lo que eso significa?

El niño que fui, que fuimos, lo entiende. Y aunque ya no sé mirar así, le pido que me preste el fuego vivo de sus ojos, y por un momento estoy en él, ahí, al filo de las cosas, en el umbral apenas presentido, en el límite que descubre el calor que hay debajo de las sombras que nos cercan. El niño que fui es paciente.

Su telar es la ausencia de tiempo.

Su mirada hace madurar la fruta.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Las lágrimas de Kali



Para Mariel y el géiser de ira, y la delicadeza que hay debajo

I


Que nadie me mire:
caerá fulminado;
que nadie se aproxime,
que nadie me requiera:
contestaré con el rayo,
con la espada
o el detonador
de un arma mortífera.
En mi parcela de universo
yo soy Siva,
soy Kali,
la destructora,
no la cólera de Dios,
no,
sin cólera,
sin rencor,
sin venganza,
sin justicia,
soy la gran destructora cuya furia
no se aplaca,
mi mundo,
el que yo he creado,
desaparece entre las llamas
que brotan de mis pies.
Danzo descalza sobre mis enemigos,
¡No pronunciéis mi nombre!
¡Cuidad de no pronunciarlo!
La voz se os quebraría en la boca
y escupiríais diamantes
como si fuesen un volcán vuestras entrañas.
Que nada se mueva: todo
lo que se agite se disolverá
en su propio aleteo.
No es justicia,
no es némesis,
es la pura Soledad
que se asume a sí misma
y se quiere y respeta
la voluntad de ser
de ser una,
una sola,
de ser única.
Yo soy Kali,
la destructora,
la oscura,
la del collar de calaveras,
la bebedora de sangre,
la solitaria.
La fuerza del universo
es el sonido de mis armas
y no hay perdón ni hay
remordimiento
porque no hay ofensa ni ofendido,
ni culpa ni culpable,
hay tan sólo un mundo acumulado
bajo las plantas de mis pies
y no lamento el final desgraciado
de algunos,
ni el argumento que fue felizmente
resuelto,
no lamento el final de todas
las historias
pues yo soy el principio
y el fin de todas ellas.
Yo soy Kali la oscura,
la terrible,
la bella,
la que construye el tiempo
contando sus víctimas.

Yo soy la que,
más tarde,
al despuntar el día,
contemplará los despojos
humeantes de aquel mundo
que fue suyo
y llorará despacio,
a escondidas de sí misma.




II


He declarado la guerra a todos mis enemigos.
Me he declarado la guerra a mí misma.
He declarado la guerra al mí.
Alejaos.
Temedme.
Por ahora sois aún los objetos del mí.
Sois el otro que me habita y me recorre
con oriflamas alzados donde dice
"Éste es el Pabellón de las Delicias",
"Éste es el Palacio del Terror".
Todos sois ejércitos
y lugares,
a la vez ejércitos
y a la vez lugares,
sois el mí que acude a vosotros
para odiaros o para desearos.
Cuando termine esta guerra
-si alguna vez termina-
podremos conversar
y tal vez amarnos,
podremos jugar a aquel juego
que consiste en abrir distancias
y volver a cerrarlas
sabiendo que no existe
ni el cerrar,
ni el abrir,
ni ninguna distancia.





III


Sólo lo imposible me enamora.
¡Le declaro la guerra a lo imposible!
Decreto la desorganización
de las jerarquías,
la decadencia de la
verticalidad.
Absuelvo la superficie.
Asumiré, en pago,
la desaparición del vértigo
y el temblor de la espera.
Sea.
Hasta que crezca el horizonte.
Para cuidar
su crecimiento.
Sea.

Tal vez más tarde el vértigo
sea constante.
Tal vez el temblor
arranque del presente.
Sé lo intensa que es
la vida dentro de las cosas.
¡En superficie, todas!

¡Declaro la guerra a lo posible
y a lo imposible!
¡Declaro la guerra
a la voluntad de logro!
Mi voluntad sin objeto
estalla como el trueno
y arrastra
los tiempos venideros
y el pasado
como un eco. Las montañas
me reciben con esa tenebrosa
densidad que prepara las tormentas.
A mi paso se inclinan
las hierbas y las bestias y
no hay lugar donde pueda
resguardarse
un corazón sensible
o tierno o malherido.
A la des-esperación
sucede el trueno.
No espero: actúo.
La tierra es el espacio del combate,
mis pisadas levantan el polvo
como una manada de búfalos
en estampida. No hay objeto
para mi acción,
no construyo
para un futuro.
Soy la que dice No
y en la soledad se consagra
como fuerza infinita,
al fin reabsorbida,
al fin libre.





IV


Yo soy Kali,
la oscura,
la del collar de calaveras,
la que nunca duerme,
la despiadada,
la guerrera,
la amante destructora
cuyo pie se apoya
en la posibilidad
de sí misma,
la posibilidad
siempre igual a sí misma.
He trocado
la cuerda del ahorcado
por el collar de calaveras
y frente a cualquier tú expreso
la libertad primera:
ningún deseo,
ningún lamento
ocupará el lugar
donde pueda surgir la ira,
o la fuerza,
o la calma,
las formas del Poder que se alimenta
de la gran Soledad.
Yo soy la que no es,
la Sola,
la que arranca de sí misma,
aquella que aprendió a cortar
una lágrima
con el filo de su espada
sin que en su acero permanezca
ni un rastro de humedad.
Soy la que nunca más
derramará una lágrima
porque nada posee salvo
su propia fuerza.





V


Heme aquí raíz,
savia de impulsos ascendentes,
madre aún,
posible siempre,
anticipada gestación
de un porvenir intruso
en un presente
que desestima el valor
de nacer a sí mismo de nuevo.
Heme aquí clavando
mis ojos
de savia encarcelada
en los troncos vacíos de los árboles
heme aquí creyendo,
queriendo creer
en la impostura de las ruinas,
el candor del desastre,
la calidez del humo en los rescoldos.
Heme aquí,
heme aquí,
he aquí que me atrevo
a creer en las ruinas.


¡Me atrevo a creer en las ruinas!




Y aquí: la voz de Kali





Si bajo la espada, me descubro sola o siendo muy pocas frente a la polvareda humana cuya agitación reconozco. No es la mía, ya no es la mía. ¿Lo fue alguna vez? La miro de frente, la encaro. Esto es suficiente para que vuelva a mis manos la espada, por siempre desenvainada. Que el pasado no se inmiscuya en el presente -es peligroso-, que el futuro no se condense antes de tiempo -antes de ser o, mejor dicho, antes de dejar de ser futuro- en el deseo. Iré segando el campo alrededor de este instante, de este instante continuo, alrededor de cada una de las chispas que arrancan de mi tierra: mi carne: el espesor donde se fragua el gesto.
Yo soy en el gesto, en cada uno de ellos, tan importantes, todos, a pesar de su inconsistencia o, tal vez, precisamente, merced a ella.

Puede que todos naveguemos en el mismo barco, pero yo veo que navego a la intemperie y la lluvia no me cala mientras empapa a otros. Creo que es por la alegría con que miro hacia el cielo.
La espada está dispuesta, la atención vigila. He pasado el umbral de la tristeza, estoy justo bajo el borde del velo. No trato de levantarlo. Por ahora es suficiente con permanecer ahí. La tristeza resbala tras de mí como las aguas de una catarata. Mi posición no es firme. Por eso vigilo, he de estar atenta. No puedo relajar la guardia. Kali, la negra, me acompaña. Soy su aprendiz. Aún no he bebido la sangre en su cuenco. Todo tiene un tiempo. No hay prisa. En este umbral el corazón es líquido gozoso. ¿Será posible no tambalearse en las pruebas? No preguntes: vigila.





















Antes de Beatrix Kiddo, lady Snowblood tiñó de rojo la nieve con el filo de su espada:





Textos: Hainuwele y otros poemas, Filosofía en los días críticos, Chantal Maillard

jueves, 23 de diciembre de 2010

 
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