"No creo que cada ser tenga su lugar. Creo que cada uno es un lugar para los otros." Daniel Faria
"Oír el tiempo y oír a dios es no oír nada. No oigas nada. Sepárate de la música". Meister Eckhardt
"Ningún camino lleva a ninguna parte. Pero algunos tienen corazón y otros no". don Juan
Hace un tiempo el hermano búfalo dijo que siempre buscaba al niño que había sido para preguntarle por sus problemas de adulto y que él los resolviera. Creo que es un buen sistema. Volver a aquel mundo sin tiempo y a aquella forma de preguntar es, sobre todo, volver a una forma de mirar, volver a una mirada.
En la foto, cinco años, 1982. Estaba examinando la vida secreta de los caracoles cuando me llamaron para ese fogonazo repentino. Debido a la iluminación aparezco moreno, a pesar de mi palidez extrema. Se aprecia la cicatriz del labio, de cuando me caí del tractor. En mi casa no había libros, ni música, no se hablaba de cultura. A veces, de pura extenuación, no se hablaba. Sólo había trabajo devastador, la dura realidad campesina. Nadie se ocupaba de los niños, lo que por otra parte te daba una total libertad para jugar e "investigar".
Sé que en aquel momento el camino que seguía sí tenía corazón, sé que estaba separado de la música (porque uno mismo era música, porque entonces el pensamiento era música intuitiva, ritmo antiguo y toda esa vida). Sé que era un lugar para los demás (los demás eran en su mayor parte animales, árboles, incluso insectos; los adultos eran algo remoto e incomprensible).
Ahora no estoy seguro de que sea así. El mundo adulto ha irrumpido con sus jerarquías, sus trampas, sus mentiras, sus leyes absurdas. Su mercantilización de los afectos, su monopolio de los afectos, su total falta de generosidad: te-doy-para-que-me-des. Los muros, alzados. Los muros, impenetrables. Hay que ceder, siempre. El niño que fui se resiste a ello. Era más atento que yo: sus poros, sus sentidos, no estaban ocluidos. Estaba más cerca de las cosas. Vibraba y era uni-sono. Era Ahí.
Los caminos del mundo adulto no llevan a ninguna parte y no tienen corazón. Pero quizá sea posible ser un lugar, quizá sea posible inventar el corazón aún, crearlo aún. ¿Es posible ser un lugar para otros? ¿Es posible? ¿Se entiende lo que eso significa?
El niño que fui, que fuimos, lo entiende. Y aunque ya no sé mirar así, le pido que me preste el fuego vivo de sus ojos, y por un momento estoy en él, ahí, al filo de las cosas, en el umbral apenas presentido, en el límite que descubre el calor que hay debajo de las sombras que nos cercan. El niño que fui es paciente.
Para Mariel y el géiser de ira, y la delicadeza que hay debajo
I
Que nadie me mire: caerá fulminado; que nadie se aproxime, que nadie me requiera: contestaré con el rayo, con la espada o el detonador de un arma mortífera. En mi parcela de universo yo soy Siva, soy Kali, la destructora, no la cólera de Dios, no, sin cólera, sin rencor, sin venganza, sin justicia, soy la gran destructora cuya furia no se aplaca, mi mundo, el que yo he creado, desaparece entre las llamas que brotan de mis pies. Danzo descalza sobre mis enemigos, ¡No pronunciéis mi nombre! ¡Cuidad de no pronunciarlo! La voz se os quebraría en la boca y escupiríais diamantes como si fuesen un volcán vuestras entrañas. Que nada se mueva: todo lo que se agite se disolverá en su propio aleteo. No es justicia, no es némesis, es la pura Soledad que se asume a sí misma y se quiere y respeta la voluntad de ser de ser una, una sola, de ser única. Yo soy Kali, la destructora, la oscura, la del collar de calaveras, la bebedora de sangre, la solitaria. La fuerza del universo es el sonido de mis armas y no hay perdón ni hay remordimiento porque no hay ofensa ni ofendido, ni culpa ni culpable, hay tan sólo un mundo acumulado bajo las plantas de mis pies y no lamento el final desgraciado de algunos, ni el argumento que fue felizmente resuelto, no lamento el final de todas las historias pues yo soy el principio y el fin de todas ellas. Yo soy Kali la oscura, la terrible, la bella, la que construye el tiempo contando sus víctimas.
Yo soy la que, más tarde, al despuntar el día, contemplará los despojos humeantes de aquel mundo que fue suyo y llorará despacio, a escondidas de sí misma.
II
He declarado la guerra a todos mis enemigos. Me he declarado la guerra a mí misma. He declarado la guerra al mí. Alejaos. Temedme. Por ahora sois aún los objetos del mí. Sois el otro que me habita y me recorre con oriflamas alzados donde dice "Éste es el Pabellón de las Delicias", "Éste es el Palacio del Terror". Todos sois ejércitos y lugares, a la vez ejércitos y a la vez lugares, sois el mí que acude a vosotros para odiaros o para desearos. Cuando termine esta guerra -si alguna vez termina- podremos conversar y tal vez amarnos, podremos jugar a aquel juego que consiste en abrir distancias y volver a cerrarlas sabiendo que no existe ni el cerrar, ni el abrir, ni ninguna distancia.
III
Sólo lo imposible me enamora. ¡Le declaro la guerra a lo imposible! Decreto la desorganización de las jerarquías, la decadencia de la verticalidad. Absuelvo la superficie. Asumiré, en pago, la desaparición del vértigo y el temblor de la espera. Sea. Hasta que crezca el horizonte. Para cuidar su crecimiento. Sea.
Tal vez más tarde el vértigo sea constante. Tal vez el temblor arranque del presente. Sé lo intensa que es la vida dentro de las cosas. ¡En superficie, todas!
¡Declaro la guerra a lo posible y a lo imposible! ¡Declaro la guerra a la voluntad de logro! Mi voluntad sin objeto estalla como el trueno y arrastra los tiempos venideros y el pasado como un eco. Las montañas me reciben con esa tenebrosa densidad que prepara las tormentas. A mi paso se inclinan las hierbas y las bestias y no hay lugar donde pueda resguardarse un corazón sensible o tierno o malherido. A la des-esperación sucede el trueno. No espero: actúo. La tierra es el espacio del combate, mis pisadas levantan el polvo como una manada de búfalos en estampida. No hay objeto para mi acción, no construyo para un futuro. Soy la que dice No y en la soledad se consagra como fuerza infinita, al fin reabsorbida, al fin libre.
IV
Yo soy Kali, la oscura, la del collar de calaveras, la que nunca duerme, la despiadada, la guerrera, la amante destructora cuyo pie se apoya en la posibilidad de sí misma, la posibilidad siempre igual a sí misma. He trocado la cuerda del ahorcado por el collar de calaveras y frente a cualquier tú expreso la libertad primera: ningún deseo, ningún lamento ocupará el lugar donde pueda surgir la ira, o la fuerza, o la calma, las formas del Poder que se alimenta de la gran Soledad. Yo soy la que no es, la Sola, la que arranca de sí misma, aquella que aprendió a cortar una lágrima con el filo de su espada sin que en su acero permanezca ni un rastro de humedad. Soy la que nunca más derramará una lágrima porque nada posee salvo su propia fuerza.
V
Heme aquí raíz, savia de impulsos ascendentes, madre aún, posible siempre, anticipada gestación de un porvenir intruso en un presente que desestima el valor de nacer a sí mismo de nuevo. Heme aquí clavando mis ojos de savia encarcelada en los troncos vacíos de los árboles heme aquí creyendo, queriendo creer en la impostura de las ruinas, el candor del desastre, la calidez del humo en los rescoldos. Heme aquí, heme aquí, he aquí que me atrevo a creer en las ruinas.
Si bajo la espada, me descubro sola o siendo muy pocas frente a la polvareda humana cuya agitación reconozco. No es la mía, ya no es la mía. ¿Lo fue alguna vez? La miro de frente, la encaro. Esto es suficiente para que vuelva a mis manos la espada, por siempre desenvainada. Que el pasado no se inmiscuya en el presente -es peligroso-, que el futuro no se condense antes de tiempo -antes de ser o, mejor dicho, antes de dejar de ser futuro- en el deseo. Iré segando el campo alrededor de este instante, de este instante continuo, alrededor de cada una de las chispas que arrancan de mi tierra: mi carne: el espesor donde se fragua el gesto. Yo soy en el gesto, en cada uno de ellos, tan importantes, todos, a pesar de su inconsistencia o, tal vez, precisamente, merced a ella.
Puede que todos naveguemos en el mismo barco, pero yo veo que navego a la intemperie y la lluvia no me cala mientras empapa a otros. Creo que es por la alegría con que miro hacia el cielo. La espada está dispuesta, la atención vigila. He pasado el umbral de la tristeza, estoy justo bajo el borde del velo. No trato de levantarlo. Por ahora es suficiente con permanecer ahí. La tristeza resbala tras de mí como las aguas de una catarata. Mi posición no es firme. Por eso vigilo, he de estar atenta. No puedo relajar la guardia. Kali, la negra, me acompaña. Soy su aprendiz. Aún no he bebido la sangre en su cuenco. Todo tiene un tiempo. No hay prisa. En este umbral el corazón es líquido gozoso. ¿Será posible no tambalearse en las pruebas? No preguntes: vigila.
Antes de Beatrix Kiddo, lady Snowblood tiñó de rojo la nieve con el filo de su espada:
Textos: Hainuwele y otros poemas, Filosofía en los días críticos, Chantal Maillard