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domingo, 1 de enero de 2012

La voz en el tacto

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Imaginen: unos amantes separados de por vida. Estén donde estén. Por el teléfono, a través de sus inflexiones de voz, de los timbres y acentos, a través de las alturas e interrupciones de la respiración, a través de los tiempos de silencio, cultivan todas las diferencias necesarias para despertar la vista, y el tacto, y hasta el perfume, otras tantas caricias, y hasta el éxtasis que se les ha quitado para siempre -pero del que no están privados nunca. Saben que nunca lo reencontrarán, nunca de otro modo que a través del hilo sin hilo de esas voces trenzadas. Tragedia. Pero se saben también enlazados, a veces solamente a través del recuerdo que guardan de él, y del espectro fantasmático de un goce. Sin cuya posibilidad, también lo saben, un goce no se prometería nunca. Tienen fe en la memoria telefónica de un tocar. Un fantasma los colma. Casi, cada uno en su insularidad monádica. Aun cuando la orilla de un "fantasma", justamente, parezca más afín al phainesthai, o sea, al aparecer o al brillo de lo visible.

El tocar, Jacques Derrida (trad. Irene Agoff)


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jueves, 29 de diciembre de 2011

Cada um sabe a dor e a delícia de ser o que é

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título de la entrada: verso de "Dom de iludir", de Caetano Veloso
Imagen: El bosque del luto, Naomi Kawase


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jueves, 22 de diciembre de 2011

Nuestra extraña materia

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De nuevo esta oscura sensación de extrañeza que me atraviesa en oleada y me clava contra mí misma. Alrededor, todo se vacía. Todo lo que conozco toma el aspecto de lo desconocido. La extrañeza es eso, precisamente eso, a medio camino entre lo conocido y lo desconocido. La extrañeza no es provocada por lo que se desconoce, por lo absolutamente otro, por lo nuevo, no, sino por el hecho de que en lo conocido se inmiscuye un elemento ajeno que descompone el conjunto y lo ofrece como si fuese otro, pero sin serlo del todo porque aún es lo nuestro, aunque curiosamente transformado, curiosa y espantosamente desfigurado. Es así, queriendo recordar lo antiguo ahí donde, al parecer, nos es negado, queriendo afirmar la negación y no pudiéndonos impedir negar lo que afirmamos, es así como se instala la extrañeza, invadiendo el cuerpo como el vaho cuando asciende, de madrugada, llenando el valle y los cristales de las ventanas. La extrañeza es un vuelco en el que, de quedarnos, aprenderíamos a morir, de pie, estando vivos, pues todo alrededor se vuelve ajeno, el propio cuerpo incluso, la forma de las manos, la voz que nos oímos, y el cerco que se estrecha aprisionando qué, un algo de conciencia, una mirada vuelta hacia qué, una forma estirada, tenue, algo como un suspiro, algo inmóvil o mejor, inmovilizado, con ojos, sí, con ojos que no entienden, que no entienden entendiendo, sabiendo que no entienden, creyendo que deberían, y luego se dan cuenta de que entender era un error porque entender siempre es reconocer y esto es como repetir un sueño, pasar una y otra vez la misma imagen creyendo que se avanza, creyendo que todos juntos vamos avanzando cuando en realidad lo que hemos hecho ha sido detener la imagen, pasar una y otra vez la misma secuencia, y la llamamos cama, espejo, taza, y la llamamos yo, nosotros a la diez de la noche, y la llamamos trabajo, calle, vida, y luego advertimos que nuestra vida era una imagen, una de tantas imágenes retenidas creando la impostura, la ilusión del tiempo, hasta que todo se detiene en un instante, y sobreviene ese tiempo sin tiempo, ese aliento, ese vaho que acude como un mareo, y entonces nada es semejante a lo que era, todo bascula, y en ese ser, ese algo inmovilizado surge como una nostalgia de lo que hubiese sido de haber sido cierto todo aquello, y una gran soledad, la que siempre se encuentra en el inicio, cuando todo está, aún, por hacer.

Y es más extraña aún, la extrañeza, cuando se cuela en esos pocos, escasísimos momentos en los que, sin razón alguna, una se siente "bien". La joie de vivre que, como cantaba Barbara, nous prend par les reins, sobreviene sin razón, de la misma manera que sobreviene el mal de vivre, sin razón.
“Esto también pasará”, la frase de aquel sabio indio que he colocado a modo de saludo personal en mi teléfono móvil, ha de poder aplicarse a todo lo que agrada tanto como a lo que desagrada; ha de tenerse en cuenta en la felicidad tanto como en el dolor. Quien sabe aplicarla no se extraña, pues está a medio camino de ser quien es y de no serlo, a un tiempo sujeto y objeto de sí mismo y, en el intervalo, justo en medio, ahí donde se localiza el punto muerto, en aquel punto halla la sabiduría, la equidad de Confucio, la indiferencia del Buddha.

Creemos que la alegría de vivir, cuando ocurre, ocurre sin razón, mas no es cierto. Aunque no lo sepamos, algo, en alguno de los planos de esta nuestra extraña materia, lo sabe. Sabemos sin saber. No sabemos sabiendo. Nos damos cuenta de ese saber después, cuando la razón de ser aparece. Y ella también aparece después. El cuerpo la presentía, la conocía como conoce las intenciones ajenas cuando nos atañen, sin saber de ellas.

Chantal Maillard, Filosofía en los días críticos


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lunes, 18 de abril de 2011

La vida en el umbral



Intuyo un colibrí
parido
por un Dios infinito.
Del pico del colibrí
nacen imágenes.
Y el colibrí dicta
su aritmética al cuerpo,
posado sobre un puente de plata.
Todo esto ocurre
en el centro inasible
de una glándula.
Mientras la lluvia golpea la ventana
y tú juegas sentada frente al fuego.

Mariel Manrique, Descartes en Holanda

martes, 9 de noviembre de 2010

Líquenes



La muerte es una forma
en algunas pinturas del siglo XV,
una curva que el cuerpo figura
entre quien lo sostiene y su propio
peso. Una curva también
la forma del amor, plegarse
dúctilmente. O de otro modo,
recto, peso muerto sobre paño
verde, mariposas aéreas, amarillas,
o sombra pálida, bullentes.
Tú tenías anillos, dedos en las manos.

la enfermedad mental, la errata,
la enfermedad mortal, camina
mirando al suelo, salvar
a alguien, lo contrario
secciones de cerebro, cortes
abismo de tráquea
y laringe, hacia fuera
el mundo es plano
las palabras tienen relieve, globos
oculares, la niña
de los ojos, corazón, todo
acaba cayendo del lado que se inclina

No es fácil, como se dice.
Dedos, puños contra el cristal,
lentitud, ten cuidado. Tristeza
no formulable, salvo las cejas. Ha
de cicatrizar. Hay mente
ya en los ojos –nunca,
nada, alma- y en los puños.

Escribir el miedo es escribir
despacio, con letra
pequeña y líneas separadas,
describir lo próximo, los humores,
la próxima inocencia
de lo vivo, las familiares
dependencias carnosas, la piel
sonrosada, sanguínea, las venas,
venillas, capilares.

Es verdad lo que digo, cada
palabra, dice del poema la lógica
del poema. Condición
de real al margen de lo real.
Lo real dice yo siempre en el poema,
miente nunca, así la lógica.

Olvido García Valdés, Caza nocturna

domingo, 8 de agosto de 2010

El árbol del olvido


Lhasa de Sela



Hace unos años tuve ocasión de ver a Lhasa de Sela en concierto en una pequeña sala de Barcelona. Fue un pequeño satori: un momento de intimidad iluminada y fragilidad compartida. Con leves tonos crepusculares, Lhasa fue desgranando todos los temas que hablan de lo que nos pasa, eso que afecta a nuestra condición común y que (comúnmente) queda en los márgenes del discurso.

Era una sala pequeña (no se llenó, quizá habría 200 personas), llegué con tiempo y estuve en primera fila. Lhasa estaba a un metro de distancia, exactamente a un metro, justo enfrente de mí. La vi vivir ahí, y declinar su particular intensidad con una voz cálida y una presencia que aliaba timidez y entrega, umbral y lentitud: pasión del dentro al volcarse, corazón que se dice y se hace canto.

Salí embriagado y conservé aquel recuerdo como un tesoro.

La noticia de la muerte de Lhasa el 1 de enero de 2010 a los 37 años de edad fue un mazazo aquellos días y sigue siendo una tristeza ahora. Sigo sublevándome contra ese hecho, con la misma rabia niego y no acato: como entonces.

Aún recuerdo la voz, cómo ondeaba su vestido y la cercanía, la voz y la ternura de Lhasa ahí mismo. Tan cerca.

Esta canción esboza un tema que me es especialmente querido: la idea de un árbol del olvido que cura los males de los "moribundos del alma" que se acercan a él. Para mí es una idea inconcebiblemente hermosa, y si existiera la reencarnación no me importaría ser un árbol así.

Un árbol fuerte y de raíces hondas, generosamente visitado por los pájaros y por los moribundos del alma. Absorber el dolor del mundo y filtrarlo hondo, hundirlo en las raíces y que llegara a la madre tierra, donde cumplido su ciclo podría ser transmutado en una energía que, depurada, se restituiría al mundo en el momento preciso y necesario.

Gracias, Lhasa. No sé qué decirte, sólo que mi dentro te acoge esta noche, con toda la delicadeza y el cuidado de que soy capaz. Con atención y manos pequeñas. Y mi forma de mirarte aquella noche que no olvido.

miércoles, 28 de julio de 2010

El gozo extremo. El extremado anhelo.Filosofía en los días críticos I




1

¿Y si la mañana fuese tan sólo una manera de asentir al vértigo?

7

Las heridas nunca acaban en sí mismas. Se llaman unas a otras. Como gargantas. Grandes gargantas que se suceden ululando. Cuidado al acercarse. Cuidado al escucharlas. Las proximidades de una herida son siempre pantanosas, huelen a cieno y su sonido es húmedo y gelatinoso. Contagian el mal del deseo, el mal de querer ser más que el destino, el mal de querer, de querer siempre lo que quiero por encima de todo querer ajeno. Una herida es la guerra.

31

La mente misma es el miedo.

53

Tener un corazón inocente significa, por ejemplo, asumir una mujer su propia barba con el orgullo con que Frida Kalho se retrataba con bigote. No como signo de masculinidad -¿qué habríamos de hacer con ello?- sino porque eso es su natural. Quien la rechazara por ello estaría defendiendo un patrón de medida, aquel con el que mide su propio miedo. Quien por ello la rechazara no tendría el corazón puro sino que habría cargado con la culpa de su pueblo.
Tener un corazón inocente significa no hacer concesiones, a menos que con ello se prefiera pasar desapercibida con vistas a la realización de empresas de mayor envergadura.
Quien no acepta a una mujer barbuda demuestra comprender el mundo a través de sus modelos, remitiendo a lo universal la naturaleza de lo particular, siguiendo un trasnochado platonismo. El accidente hace al ente, no la esencia. Y es en el accidente, en el punto crucial del suceso, donde cruje la fuerza de atracción que llamamos deseo. El amor a las Ideas no es sino el frustrado intento de aborrecer la impermanencia que nos construye accidentalmente.



116

Hay como una pesadez que inclina el cuerpo hacia su origen que siempre es abajo, como el del árbol. Una gravedad que insiste, cíclicamente, tenazmente, en hacer corresponder el cielo salvaje del espíritu con la tierra a la que pertenece. En mi vientre, cada mes, la misma garra me hace retroceder al tiempo de todas las gestaciones. Es mi sangre el pasado de mis hijos y el porvenir de los dioses: de barro los pies, de sangre la génesis. Dios, de haber existido, nunca hubiese sido macho; de haberlo sido hubiese engendrado tan sólo en lo invisible, la pura nada. Mi cuerpo, grávido, describe la circunferencia de los siglos: en cada luna inicia el recorrido de su propio nacimiento. Nacer: siento en mi sangre el clamor amurallado del primer "¡No!", el inicial rechazo a la embestida de la vida, el primer infortunio, la forzada voluntad apenas improvisada. Y luego, la repetición, la gran impostura del "¡Sí!", el préstamo que se otorga en la carne, la manera, tan injusta, de negar lo que se afirma en el hijo.
Cada veintiocho días me siento, cielo abajo, piernas adentro, tan habitada, tan ocupada por ese ser que siento tan otra y es, no obstante, la que más me frecuenta, la que dicta mis pasos en orden al sentir, la que dirige mi voluntad más imperiosa, más necesitada, más desesperadamente codiciosa en la ternura, la que me invita a ser esa otra que me tiene cada vez más emboscada, en alerta siempre, roja alerta que deja, intenso, su rastro de materia desprendida sobre lo que voy siendo.
Tan habitada me siento que no sé si hablo desde dentro de la sangre en tumulto, ni quién observa a la otra, ni qué otra soy yo.
Repito el espeso clamor de la vida tras una membrana opaca. ¿Será como un ahogo el respirar?



157

Nada desaparece allá abajo, en los escombros de la memoria. A menudo, una prenda a medio pudrir sale a la superficie, y es el infierno justo en el centro del paraíso. Aquí, entre la vegetación que crece al amparo de la imponente roca, se restaura la historia, las cicatrices se abren y corre un flujo pálido como de una oruga al pisarla. El infierno es el daño que infligimos a un inocente. El infierno sobreviene después, siempre después. No es una tardanza, ni una continuación, sino un dolor a destiempo, un agujero, un círculo que se abre como la boca redonda de una larva en medio de un presente que siempre es más benigno, un agujero que pide justicia, la restitución de un perdido equilibrio, lo que se debía y se debe ahora con creces. La inocencia pide calma, amor, cobijo, pide la indicación justa, pide la guía y el respeto. Aun cuando se degradan mis impulsos en la mirada que acoge sin juzgar lo que ve, el gran espectáculo del mundo, no puedo evitar que se instalen mis infiernos justo en medio de la nada, equidistantes de todas las pantallas sobre las que se proyectan las historias del mundo. Ojalá llegue el día en que mi mirada se vuelva espectadora de mi propia historia. Se habrán cerrado los círculos y tal vez habrá concluido una prueba, tal vez mi existencia.
No sé qué color tiene lo irremediable; sé que comienza allí donde tiembla un niño pequeño.



263

La vida se nos va. Y es tan sin sentido eso como seguir viviendo. Si yo no hubiese sabido nunca lo que es vivir un instante de dicha, la vida, el ir viviendo hubiese tenido algún sentido.
Voy ocupando mi tiempo, ese tiempo que me mide, entre aquellos raros instantes de plenitud, instantes ocasionales que podrían ser considerados como regalos del destino pero que, bien mirados, más parecen el cruel ejercicio de un sádico: te lo doy y te lo quito. No pidas más porque entonces no lo tendrás. Y si no lo pides, puede que tampoco. Nunca más o nunca se sabe. Procura vivir con el nunca-se-sabe. Fomenta la esperanza: el pasatiempo de los muertos en vida. Yo soy ese gato vivo-muerto que Schrödinger metió en la caja. Cuando lo sacó no era un gato, era un ratón: los experimentos se hacen con ratones. Nunca-se-sabe: un nombre parecido al de las edelweis, las flores que crecen junto a los abismos, las siempre-vivas las llaman en castellano -generoso idioma de espíritu romántico. No, las flores que crecen en las laderas rocosas de las cimas no son siempre-vivas, son nunca-se-sabe:

puede que al caer alguien despierte;
puede que al caer alguien se acabe;
puede que al caer alguien ni despierte ni se acabe;
puede que al caer alguien no despierte;
puede que al caer alguien no se acabe;
puede que al caer alguien no ni despierte ni se acabe.

Así aplicaría el jainista su silogismo, pero no tendría en cuenta que bien pudiera ser que alguien no cayera y sin haber caído se despertara, o que alguien que no hubiese caído se acabara, así, simplemente, al borde del abismo, de pena, de sueño, o de tanta inútil vigilia.


271

Ante mí todo se repite. Se repiten las voces, los rostros, los gestos, se repiten las frases a las que responde una voz que debió ser mía, que seguirá siendo mía mientras yo no sigo siendo yo. Todo se repite fuera, mientras dentro el mismo acorde suena sin pausa. Una llamada, una larga llamada como de ciervo en la berrea. Dolorosa, sorda. Yo sueno. Lo demás se repite, gesticula, se afana, pasa. Las palabras cambian, pero es igual: dicen lo mismo. Al fin y al cabo hablamos con muy pocos registros: ponemos palabras a los sentimientos, a las necesidades. Nos requerimos hablando. Lo que se dice es lo de menos -me refiero al discurso. No quiero ni puedo seguir enjuiciando, razonando, engarzando símbolos que quieren decir más de lo que soy. Hace años, cogí hierbas en la montaña; las puse a hervir y le di de beber a mi hijo pequeño. Se curó de sus males. Eso es lo que sé. No hay más que decir. Quise curarle y lo hice. No hay más que decir. No hay símbolos en ello. O si los hay, porque los encontramos o los buscamos, no sirven. Ya no me sirven. [...]




340

Quienquiera que crea que me desdigo se equivoca. Tan sólo me he deshecho de un lenguaje, aquel que decía la nada, la verdad, la vía, el maestro, lo profundo, el vacío, no soy, yo soy Él, el silencio, todas esas palabras en las que uno llega a creer olvidando lo que hay tras ellas, convirtiendo, una vez más, la palabra en la cosa, el lenguaje en reflejo o mímesis de una realidad palpable. De esta manera, tras el baluarte de lo único verdadero, llegamos a rechazar a todo aquel que utilice otro lenguaje. Hay otras maneras de existir. Los místicos que crearon aquel vocabulario lo hicieron para transmitir una experiencia por ellos vivida. Era su experiencia, y sus palabras eran auténticas: procuraban una correspondencia. Hoy, no cabe repetir; hoy son necesarios otros símbolos, otras metáforas. No se trata de reconocernos. Aquellos que utilizan hoy en día aquel lenguaje creen reconocerse, pero sólo reconocen vocablos familiares, y ése es el principio del fanatismo. Dice el fanático "tú eres de los míos" porque reconoce los vocablos, y es incapaz de ver bajo ellos y reconocer la vibración cordial, el temblor de la carne en su leve, perpetua resurrección.
Porque es la carne la que vibra, y es carne el espíritu, tensión erótica, abrazo y gozo. No adornemos con yeso el lugar de la resurrección. Indaguemos en la voz, en el ritmo; ello nos indicará la manera de decir adecuada a los tiempos. Poesía esencial no es aquella que se escribe al modo de los místicos de la India, de China, de Juan de la Cruz o de Walt Whitman; poesía esencial es toda aquella que dice con la palabra exacta aquello que somos cuando nos despojamos de lo aprendido, pero también, entonces, es la palabra que dice los gestos cotidianos, y da igual entonces que lo diga con sus palabras Juan de la Cruz, Lao Tsé, Whitman o Vikram Babu.


369

Descreer. Descreer. Eliminar el lastre de todas las creencias. Ése es el umbral del vacío, la puerta que conduce al interior que es centro y superficie.
No os con-venceré. No es un combate la enseñanza. Han venido a combatir, pero he aquí que el enemigo les dice "No creáis nada de lo que os he dicho, no creáis lo que os cuento." Ésta es la primera lección de filosofía; también será la última. Entre la primera y la última enseñaré lo que otros han pensado y han creído. Nadie puede entrar en el reino de la filosofía si no es sabiendo esta lección, la primera y la última. Ya no. Nunca más. Hemos creído demasiado. Hemos matado demasiado. Es hora de hacer limpieza. Que la nada espera a ser probada.


377

No cabe aumentar la producción teórica, mundo sobre mundo. Importa desmontar, no desestimar pero sí desmontar. En medio de su turbulencia, este siglo que se inicia quiere el desmantelamiento, la estructura al desnudo, la mente expuesta, sus raquíticos huesos ante la mirada habituada a contemplar sus símbolos, la aparatosa vestimenta con la que cumple sus rituales. Importa ver la tramoya, pisar el escenario, levantar los decorados, eliminar toda decoración. El decoro, ahora, ha de ser honestidad.



378

La fuerza, el ímpetu de Nietzsche y el estilo (perspicacia y precisión en el término, expresión inmediata) de Michaux. Unidas, ambas cosas despiertan el alud que dormita en la montaña. Sepultar al hombre viejo. Ya oigo el crujir de la nieve fresca hollada por la primera mujer que la pisara.



[Del "Epílogo"]:

Definiré estos escritos como un ejercicio de egocentrismo. ¿Qué diario no lo es? La cuestión de si el yo es o no un valor, en este punto, es irrelevante; lo cierto es que uno siempre habla y escribe desde sí, desde esos fragmentos de vida que des-doblamos y mostramos re-flexionados en la escritura. Así pues, lo que hace que una obra adquiera carácter de obra, tradicionalmente hablando, son las exclusiones, las tachaduras, los recortes. Un obra es, siempre, por eso, una laceración.
El sentido que la escritura le otorga a la vida, ese sentido que viene dado por la reflexión, es decir, por el hecho de que se la vea re-flexionada sobre sí misma, es fragmentario, adviene por sacudidas; la naturaleza de todo hacer y de todo pensar es la interrupción. Para darle sentido a una vida, pues, habremos de dar cuenta de las sucesivas re-flexiones que irrumpen y se interrumpen. Lo demás (el argumento, el desarrollo, las conclusiones) es escenificación o encuadre, estetización, artificio.
He querido mostrar los fragmentos sin más artificios que los que la propia escritura desencadena en su actividad. Por ello, estos cuadernos, lejos de presentarse como una obra que siguiera los patrones o pactos de lectura de la época, se han mantenido fieles al orden cronológico y muestran lo que fueron en su momento: alientos-sacudidas.
La constatación de la fragmentariedad de la experiencia no ha sido, sin embargo, la razón de mayor peso a la hora de decidir no manipular el orden de lo escrito y presentarlo en su forma original. Contribuyó a ello una vivencia muy particular que ha sido determinante para mí y cuyo relato tal vez escriba algún día. A partir de ella, comprendí la necesidad de mostrar, al desnudo, los saltos que caracterizan el proceder de nuestra mente y a los que acompaña la conciencia del yo siempre que no exista un observador que los contemple. Quien dice realidad dice percepción, y cada percepción tiene lugar en un "modo", engastado, digamos, dentro de un huso particular. Estos husos son modalidades anímicas que generan pensamientos de un orden u otro. Cambiar de módulo, pasar de uno a otro, depende de la resistencia del yo: la costumbre que fuerza a repetirse (solemos confundir la repetición con la seguridad) y anclarse en un sentimiento, en una idea o en un modo de ser. Desde entonces, la vida se me aparece como ese continuo transitar entre módulos, alojándose la conciencia ya en el interior de un huso ya en el interior de otro, sin otro timón posible que la conciencia del observador.
Por lo demás, entiendo la escritura como una necesidad que se genera para darle cauce a una energía que debiera cumplirse en el gozo extremo y se queda en extremado anhelo. En ese sentido, y debido a la inminencia, siempre, de un final que nos vigila, cada día de una vida es un día crítico.

(Fragmentos de "Filosofía en los días críticos", Chantal Maillard)

(Cuadros de Zao Wou-ki)



jueves, 6 de mayo de 2010

Instrucciones para destruir la génesis-fantasma


Zóbel, Paisaje sordo

1. Adentrarse en la mirada de las vacas en los altos valles navarros.
2. Releer a Wittgenstein. "Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo." "La totalidad de los pensamientos verdaderos es una figura del mundo."
3. Palpar la desestructuración interior inducida por la conjunción de estos dos elementos aparentemente disímiles y, sin embargo, tan íntimamente ligados.
4. Repetir, con Heidegger: "El extrañamiento es una forma fundamental de ser-en-el-mundo". Cultivar el extrañamiento. Consentirlo. Ecualizarlo.
5. Buscar el entrañamiento. No hallarlo. No desesperar (recurrir, para ello, al segundo núcleo, el que desactiva la tentación del velo. Recurrir a ese núcleo: el arraigo).
6. Adivinar el entrañamiento en las trazas generadas por la intersección del alma exterior y el cuerpo interior. Detenerse en esa perplejidad, en los poros del mundo. A medio espasmo de lo real, caer al suelo, con la alegría de la deserción.
7. Emanciparse de la imperiosa unidad-identidad. Buscar la lengua del cachorro, las señales de combustión, los rescoldos. Para aliviar en ti, en los otros.
8. Evitar la detención en la matriz del daño. No evitar (se refuerza el tejido): deslizarse.
9. Atender al qué. Atender al cuándo.
Confiar.
10. Oír el paisaje sordo.
 
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