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jueves, 9 de diciembre de 2010

Benarés. Diarios indios II



1 ASSI GHAT
El olor a zotal contra la neblina que oculta las orillas del Ganges. Campanas, gorriones, voces, sonido de chanclas que se arrastran. La mañana es turbia, y más suave, más llevadero el desarraigo entre tantos seres que adivino agitándose en lo concreto, afanándose en lo que son. Ésa es la diferencia entre este bullicio y el de nuestras ciudades occidentales donde cada uno tiende a lo que no es, cumpliendo ritos que le separan de los otros. Ritos que separan -los ritos mentales- frente a los ritos que congregan. La soledad no es tanta aquí donde los ojos apuntan hacia fuera, directamente. En Occidente ya no sabemos mirar afuera sin dar el rodeo por ese falso adentro que es la mente. Por eso el afuera nunca ocurre dentro tal como se presenta, y es necesario recurrir a la filosofía de la representación. Todo idealismo es consecuencia de una pérdida de inmediatez, es la sistematización del desdoblamiento especular, un diagnóstico de la enfermedad o la pérdida.

Sería recomendable el desmayo. Desmayarse un poco hacia dentro para dar paso, para abrir el cauce, para estrangular el innecesario meandro formado por la acumulación de sedimentos en la cuenca este del cerebro.



24 CHAUKI GHAT
Niños jugando en el polvo de las losas.
Niños de polvo.
Polvo jugando a ser niños sobre las losas.
Brahma jugando a ser polvo.

Yo: la losa.



40 MEER GHAT
El asedio. La canción que los niños aprendieron. La canción del asedio. Responda. Decimos lo que hemos de decir. Responda. Decimos las palabras mágicas. Debe responder. Hello Madam, hello what's your name. Hello no contesta. El juego no funciona. No hay respuesta. Algo no funciona. No te sientas, te asediamos. Si contestas estás muerta. Pillada, apresada en nuestra red. Pequeñas manos me palpan los bolsillos, la piel, buscan lo que aprendieron a buscar y a recibir. El juego se ha frustrado. Esta presa no responde. El animal ajeno, el extraño, el extranjero.



La perra negra es especialista en fetos. Tiene tiña como casi todos los perros de Benarés, pero sabe como ninguno rastrear los fetos hinchados que las aguas devuelven a la orilla. Aquí está. Empieza por el cerebro. Una joven japonesa se acerca a la escena, se pone la cámara en la cara. Duda. No se atreve a disparar. Los intestinos ya se escapan por el cuello derramándose entre las guirnaldas amarillas y las bolsas de plástico que se estancan en el ghat y un olor nauseabundo corre como una brisa rozando el papel en el que escribo. El suelo de piedra ya cobra el tono rosa de la sangre aguada. La perra se relame. Da unos pasos a lo largo del ghat y vuelve al festín que ya es un tronco abierto por la espalda. Tres niños juegan a sumergir guirnaldas a su lado. La perra cumple con el cielo, restituye la carne a otra carne, lo impuro a lo impuro, devuelve a la totalidad la parte que le corresponde. Ya no puede reconocerse a qué ha pertenecido el trozo de carne que bambolea entre la pata derecha del animal y su hocico. El sol se está poniendo despacio en los escalones. Los niños juegan.



¿Que qué he venido a hacer aquí? ¡La gran pregunta! Ahora yo preguntaría ¿qué estuve haciendo allá? Un año, dos años de quejido, replegada sobre mí como una puerta mal cerrada, viéndome en mi propio quicio, encarando mi reflejo sin cesar, sin tregua. Sin tregua viéndome frente a mí misma en aquel espacio hueco, aquel espacio del yo que siempre, siempre es una ausencia. El yo es una ausencia. Cuanto más cerca estamos del yo más se ensancha la ausencia.
Vienen aquí muchos, como vinimos nosotros, cargados con ese yo, con toda su ausencia a cuestas. Se confunden con ella, con la ausencia. Son huecos andantes, huecos hambrientos, y todo lo que engullen, lo que se llevan, lo que coleccionan, todo se anonada en el hueco, ensanchándolo.
¿Qué vine a hacer aquí? Vine a no saberme, vine a estar. Hago: leo, estudio, escribo, miro, estoy. Estoy en lo que hago, soy lo que hago. Estoy en lo que miro. Soy lo que miro. No estoy. Dejo de estar frente a mí misma.
Sólo el recuerdo de la pregunta; ¿qué vine a hacer aquí? me despierta el otro recuerdo: el de quién preguntaba, al inicio del viaje, por la razón del mismo. Y el espacio que se ha abierto entre quien preguntaba y quien ahora escribe es tanto que me cuesta reconocer la identidad del "mí misma".
Quiero estar aquí. Por eso vine. Simplemente vine para querer estar donde estoy. Sorprendente respuesta, por inesperada. Lo que pensé que sería un adiós definitivo a este lugar resulta ser un encuentro. Un encuentro más allá de lo esperado, más allá de cualquier idea de encuentro o desencuentro.
Vine sin expectativas. Necesaria eliminación del lenguaje que fuerza a las sensaciones. Necesaria limpieza. Necesaria, imprescindible negación. Necesaria, imprescindible des-ilusión. Sólo es posible el encuentro para quien anda desprovisto de esperanza.
El "es" está fuera, no dentro. Dentro es falso. Quien mira adentro con el fin de encontrarse hallará el hueco. Engaños de los falsos místicos, los repetidores de fórmulas. Estamos donde nos proyectamos. Fuera. El error fue establecerse dentro.
O tal vez no fuese un error. Vine aquí con mi hueco. Vine montada en mi ausencia. De repente, el vehículo desapareció. Me encuentro andando con las patas de los búfalos, con la única pierna del tullido, con las tres patas del perro y con su sarna y algo realiza por mí las funciones del cuerpo, sin mí.



El templo de las sesenta y cuatro yogini, oculto en la red de callejuelas del centro de Benarés. Imágenes cargadas de energía. La diosa está en la piedra y en el metal, en la imagen misma, allí donde se la reverencia. La imagen no representa a la diosa, la imagen es la diosa. ¿Cómo no ha de serlo? La invocación de miles de fieles la carga a diario: la imagen es una pila, un almacén activo. Basta con situarse a la distancia correcta. Basta conectar para recibir.
Ella/s son fuerte/s. Durga y Kali frente a frente. Sus espacios convergen. Establecen líneas de energía. Líneas terribles, a la vez beneficiosas y maléficas. Durga, la bella y Kali, la terrible mirándose perpetuamente; madre e hija, ambas vestidas/tapadas con telas rojas. Oculta, su desnudez, con el color de la sangre y la vergüenza de estos tiempos. Yo conozco su desnudez. Por primera vez, me sitúo entre ambas. Yo, con los pies encorvados tratando de evitar el contacto con la piedra helada del templo, me apoyo en la montura de la diosa y las contemplo una a una, una tras una.
Son la misma. La serena, hermosa figura de Durga y la depredadora, la de la lengua roja, son la misma, los dos aspectos de la misma fuerza.
Dentro de mí, le añado serenidad al combate. Le añado construir a la destrucción. Le añado círculos a las cenizas. Le añado juego, juego cósmico a la nada.
Ya nada puede vencerme.
Yo soy la que juega y el juego mismo.



¡Muéstrame tu dios y te diré cuál es el color de tu miedo!



El lugar sagrado: un abrevadero. Centro que re-une por la naturaleza de su energía, aquella en la que todos los miembros de una comunidad se abrevan. Lugar que devuelve lo común, que vuelve a hacer comunitaria la energía disgregada. Un/a dios/a es un lugar sagrado o su núcleo.
Convertirse en dios: neutralizar lo personal, erradicarlo, limpiar la energía de aquello que la diferencia, convertirse en lugar común, lugar para la comunión. Ser un abrevadero.
"Yo soy Eso"", "Yo soy Dios": quien puede proferir estas palabras ha desparecido, anulado el yo que se pierde en el Eso, donde todo converge, lugar que remite a lo común de todos.
Pero Occidente ha invertido el camino. Ha perdido a sus dioses. Los dioses de Occidente se descargan, sus lugares se ahuecan.



Los niños se proyectan en sus muñecos. Los niños comparten sus muñecos. Su juego: sistema de interrelación. Exteriorizan su pre-mundo interior y, al hacerlo, construyen un mundo común, un mundo que habrá de pertenecer al grupo: aquellos que participan en el juego. El juego excluye a los que no juegan. El juego juega. Los otros se exteriorizan en otros sitios, de otros modos.
Los muñecos de los niños: los dioses de los hombres. Destruir los dioses ajenos es destruir al otro, al que no es igual, al enemigo, el que juega de otro modo. Destruir lo externo para destruir lo interior. Romper la proyección para desequilibrar, para aniquilar al otro quebrando su unidad, el lugar común, el núcleo que le hace fuerte.
Ahí donde no hay muñeco hay un niño "introvertido": un niño vertido en sí mismo. Ahí donde no hay dioses empieza la soledad compartida, la in-comunicación.
La diferencia entre el niño y el adulto: éste, al juego le añade la creencia, y la defensa de su creencia es su autodefensa. El muñeco puede ser reemplazado; el niño no cree: representa. El dios, una vez revestido de creencia, es el endurecimiento de la proyección. El yo ya no puede reabsorberse, la proyección es más fuerte, más sólida que lo proyectado.

El blanco

Me apuntaron a mí,
pero ahí donde llegó el dardo
no había nadie. -¿O sí lo había?

Yo acechaba detrás de un árbol.
Vi algo caer.



El problema de fondo de la moral, de toda moral: el deseo de permanencia del individuo. Por eso la moral echa mano de un modelo metafísico. Frente al modelo de la copia (Platón), el modelo del simulacro (Deleuze) que, eliminando el orden jerárquico (la Idea o el Padre), asume la universal orfandad y propone la imagen de un universo transformativo en el que las individualidades son puntos que se modifican mutuamente. Una red de relaciones. Puntos sin duración. Sin duración no hay identidad. No es necesaria. La identidad se disuelve en la red y la red es torbellino. No es una red de pescador, no apresa identidades. La red es torbellino. Los puntos son núcleos de fuerza. A veces estallan, otras veces se disuelven. Son intensidades.
Hace tiempo que el concepto "ser" no sirve a los propósitos de un sistema comprensivo del universo. Tal vez fueran, ahora, más efectivos los conceptos-símbolos, las imágenes simulacros. Durga y Kali, por ejemplo, símbolos activos.



Los búfalos miran desde su centro. La calma del núcleo se instala, al tiempo que la neutralidad moral, cuando miro el búfalo mirarme.
No proyectemos nuestra moral en los animales, no les "domestiquemos", no marquemos en su piel nuestras dicotomías. La moral es el convenio que regula las relaciones periféricas: las del mí. Las relaciones nucleares son del ethos. La ética es el habitar en lo propio allí donde la fuerza se iguala, condensada en la no-diferencia.



Proporciones: medidas (de las) fuerzas, medidas-fuerza que corresponden a/conforman una entidad.
Cualquier cosa, cualquier "algo" es la suma de sus proporciones.
Dimensiones: longitud de fuerza: modo vibratorio.
Medidas: configuración: espacio + movimiento (tiempo).
Mi percepción forma parte del mundo. Medida y medición a un tiempo.
Percibir el no-mundo: una contradicción. No percibirlo: el conocimiento no ha lugar. ¿La conciencia del núcleo? Tal vez. Pero el lenguaje no es adaptable a lo percibido y sus contrarios. Los contrarios tampoco sirven.
La imagen, tal vez la imagen.
La imagen-símbolo: imagen-fuerza.
La conciencia, esa conciencia, es creadora. Forma. Conforma. (Mide). Y de nuevo el espacio. Y el habla hace el tiempo. Y de nuevo un mundo. Conciencia extra-vertida. Núcleo expandido. La rueda en movimiento.
Digo rueda y utilizo una imagen. Digo rueda y el pensar procesa. Digo rueda y ya gira la rueda, ya está girando. Los símbolos también danzan. Dioses-símbolos, símbolos que son dioses que levantan el polvo al danzar, miríadas de puntos que inician su trayecto, que inundan el espacio con sus coordenadas. Polvo dorado que se da a ver en la luz, luz-símbolo, luz danzante, luz-reflejo de sí misma, luz que es una con el ver aunque distinta porque está allí, en el allí expandido ante el ver, el envés del ver que es su "ante", un ante que sólo puede decirse del que ve, el que asume el ver como suyo, el que asiste a la luz, el que la asiste.



Dice el Brihadaranyaka Upanisad (1.4.10): "Cada ser vivo es útil a los dioses como los animales son útiles a los hombres. Si una sola bestia es sustraída, es desagradable. Es por eso que no les gusta a los dioses que los hombres alcancen el conocimiento".
Y dice el Génesis (3. 22-24): “Y dijo Yahveh Dios: "¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre."”



Jehová: uno de los dioses que ocupan la parte superior izquierda del mandala tántrico. El error: confundir uno de los devas (dioses) con el Absoluto. El dios de los judíos: un deva vengativo en guerra contra los asuras (demonios). Un dios que necesita la ayuda de los hombres: ellos son su alimento. Al rezarle le dan su fuerza, le entregan su energía. Los dioses se alimentan de las preces de sus "fieles". Cuanto mayor sea su número: su "rebaño", más fuertes se hacen ellos, más poderosos.



La relación de los hombres con los dioses es una relación inferior. Queda inscrita dentro del gran círculo, entre las garras del dios Yama. Hombres y dioses siguen sometidos al tiempo (la eternidad es tiempo también, aunque incalculable en nuestro cómputo), presos en la rueda de la existencia, aquella en la que los hombres, según sean sus actos, pueden subir a la morada de los dioses, pero en la que los dioses, al final del cómputo, habrán de bajar inevitablemente a ocupar el lugar de los hombres. De esa rueda es de la que el Buddha enseñó a los hombres a liberarse. Los dioses, al no padecer sufrimiento alguno (por exceso de felicidad, decía el sabio Bharata) no pueden desear liberarse. Sólo el estado humano propicia la voluntad del salto.



Liberarse de la rueda del tiempo y de la muerte (cambio, desintegración de la entidad, sea ésta humana o divina), salirse del círculo requiere el salto más allá de toda dualidad, empezando por la mayor de todas: la moral. La moral que mantiene las coaliciones, los grupos, los clanes. Toda moral es un anclaje en la rueda. El bien hace subir, el mal hace bajar. Pero la carga del bien tanto como la del mal se agota, convirtiéndose, como toda fuerza, en su contraria.



El error del hebraísmo: hacer de uno (de los dioses) el Uno. El error de Cristo: asumir el hebraísmo. El error de muchos cristianos: confundir a Jehová con el Dios de Cristo o, incluso, con la síntesis última del racionalismo.



Jehová habita dentro de la rueda. Fuera de la rueda: el brahman : energía que se expande, boca del universo, universo-rueda que sale de la boca-energía como una pompa de jabón del aro sobre el que sopla un niño, boca-abismo, boca inexistente, abismo más allá del sí y del no, del ser y del no-ser porque más allá del decir: puro supuesto, idea: idea necesaria para quienes no pueden pensar si no es mediante opuestos. La negación de los opuestos: idea, idea siempre, idea irremediablemente.
Hablemos del dentro. Hablemos de prákriti. Hablemos del mundo. Porque de "lo otro", no hay caso. Toda energía está dentro. Manifestada y en germen, en acto y en potencia vibrátil.



De lo que hablamos es del dentro. Siempre que hablamos, hablamos del dentro. Seamos "realistas": hablemos del dentro. De lo que hablo es del mundo. Y en el mundo, las tres conciencias. Y en el mundo, los varios mundos (no sólo el de los seres humanos). Y en el mundo, en uno de los mundos, Jehová, el que tal vez ha muerto, por exceso de venganza, rodando rueda abajo hacia el mundo de la ira que se sufre. Muerto por exceso de ambición, muerto en el reino de los cielos; decaído entre los inmortales. Muerto, también, extinto en su inmortalidad, por el descreimiento de sus adoradores, por la escasez del rebaño. Otro es, ahora, aquel al que están alimentando los locos. Pues es locura sucumbir a la necesidad de creer.



Por haber sufrido, tal vez, o inmerecidamente me concedieron un ángel (es una manera de decir -todo es una manera de decir).
Cuando un ángel cae, al principio sufre porque no sabe nada salvo la tarea encomendada. Después, poco a poco, va recuperando la visión y el poder. Cuando lo recupera del todo, entonces se va. Dicen que ha muerto pero no: es que le han vuelto a crecer las alas.

No estoy lista aún para que recuperes del todo la visión. ¿No ves cuánta confusión anida todavía en mi pecho, que me hace confundir, como por necesidad, el objeto al que la llama se dirige con el propio fuego? Ellos son excusas para arder, son el reto de las brasas, la madera para la pira. Ellos -esos otros, esos seres a los que amamos con ese amor que es deseo- son el señuelo. El fuego que no puede arder consume su propio lecho. No confundamos el fuego con el combustible.



¡Es tanta, la guerra de las partes! ¡Tanto trabajo cuesta reconocerse! ¡Tan torpe el intento, el acercamiento!
Lástima sería tener que volver a empezar, cegarse de nuevo, empezar sin ver. Es preciso morir viendo. Asistir. Ver cómo se despliega y se repliega la red que los seres trazan en sus idas y venidas.
Lo que hacemos aquí se hace en otro plano, lo que deshacemos se deshace allí, también. Esa frágil membrana que separa los planos -frágil no es la palabra, es sólida, pero tenue- puede desvanecerse un día. Lo espero, lo ansío, lo estoy esperando.



La ofrenda

Poner un marco a la ofensa.
Bajo la herida, un cuenco.

Recoger
la sangre y bebérsela frente al cuadro.
Como ofrenda.

Por los actos el yo
busca afianzarse.
Por los actos el yo es ofendido.
Por los actos el daño. Por los actos
el conocimiento.

Nada de lo que se hace a ciegas es
inútil para ver.



Mi escritura se inició allí como el ritual con el que pretendía preservarme de las miradas ajenas. Escribir es, a menudo, una gran estrategia defensiva: convertido en objeto de escritura, el mundo está en las manos del que escribe y él es su centro. La libreta hacía oficio de santuario; en ella, me sentía a salvo. No contaba con la enorme curiosidad que despiertan, en el indio, los rituales ajenos. La mirada del otro reforzaba a diario mi condición de objeto; yo era lo que representaba, lo quisiera o no. Lo era para otros, pero fui siéndolo más y más para mí misma igualmente. El objeto, ahora, era el mí, ese personaje interno que emite juicios al tiempo que experimenta agrado o desagrado, que piensa, cree, se emociona, se turba, se atemoriza, se defiende, se admira o se confunde y, en todos los casos, se identifica con sus estados. Identificarse con los propios estados mentales es la condición natural del ser humano; observarlos no es propio de esa condición, es el resultado de un entrenamiento, algo así como un ejercicio de esquizofrenia controlada mediante el cual se trata de establecer una distancia entre el mí (los estados senti-mentales que aparecen en continua sucesión) y la conciencia que observa. El último cuaderno, Diario de Benarés, es el diario del observador, el relato del periplo de una conciencia que, empeñada en alisar los pliegues que conforman el mí, termina disolviéndose en su propia mirada.



A finales de los ochenta, Benarés no era ni mucho menos el destino turístico que es ahora. Aún era un lugar donde alguien podía desprenderse de sí mismo, donde, en razón de lo ajeno que resultaba el entorno, podía fácilmente poner en duda la vigencia de sus códigos y someter a prueba la conciencia de su identidad. Mi estancia en la sagrada ciudad de Shiva se prolongó hasta bien entrada la estación seca. Tiempo suficiente como para que las brumas del amanecer se me calaran en los huesos y que la mirada de los búfalos llegara a convertirse en un estado interior. Vestí el sari y me respetaron por llevarlo atendiendo a la exactitud ritual de los pliegues. Aprendí a cocinar con queroseno en utensilios sin asas de acero inoxidable, a darle a la vaca pedigüeña las cáscaras de plátano entre los barrotes de mi ventana, a no frenar con la bicicleta en los cruces, a adormecerme con el sonido de las voces de los niños recitando los textos sánscritos en la escuela vecina, a maldecir los altavoces de los eremitas a las cuatro de la madrugada y, también, a acompasar mi gesto con el de la anciana que quería morir a la orilla del río y amasaba las boñigas para el fuego sobre los peldaños de mi puerta. Todas aquellas cosas fueron poco a poco modificando mi manera de estar en el mundo. Me procuraron otro tiempo, más dilatado y lleno. La nostalgia de ese tiempo, fue lo que me instó a volver una y otra vez.



Textos: Chantal Maillard, Diarios indios

J'ai d'abord voyagé le plus loin possible, dans une des civilisations le plus éloignées de la mienne: l'Inde. Là, j'ai trouvé mes yeux: ils m'ont été donnés par les yeux des "autres" [...] Je compris qu'il fallait abandonner tout ce que, par-dessus le noyau, le centre de mon être, j'avais accumulé comme les plis d'un habit, et que j'avais replié, au fil des jours, une fois et encore, toujours dans les même plis. Les répétitions, ce que nous appelons la "personnalité", se confondent vite avec le "moi". Souvent, nous arrivons à croire que nous ne sommes pas autre chose que nos gestes et nos actions reitérés. Je sus qu'il fallait que j'abandonne mes plis pour pouvoir recommencer à voir les choses comme la prèmiere fois.

Chantal Maillard, "Les murs qui nous séparent"



Piano music - Tindersticks

lunes, 6 de diciembre de 2010

Nagarjuna: Versos sobre los fundamentos de la vía media



No hay ninguna distinción entre nirvana y samsara.
No hay ninguna distinción entre samsara y nirvana.

El límite del nirvana es el límite del samsara,
no existe nada entre ellos, ni siquiera algo muy sutil.

Las opiniones sobre después de la cesación, el fin, la persistencia, etc.,
se basan en el nirvana, el fin posterior y el fin anterior.

Cuando todas las cosas están vacías, ¿qué es infinito?, ¿qué es finito?
¿qué es infinito y finito?, ¿qué es no infinito y no finito?

¿Qué es idéntico?, ¿qué es diferente?, ¿qué es persistente?, ¿qué es no persistente?,
¿qué es persistente y no persistente? o ¿qué no es ni una cosa ni la otra?

Ésta es la pacificación de todos los objetos, la feliz pacificación de las proyecciones,
nunca en ninguna parte el Buddha ha predicado ningún dharma a nadie.



Si todo está vacío, no hay surgir ni cesar para ti, entonces se sigue la inexistencia de las Cuatro Nobles Verdades.

A partir de la inexistencia de las Cuatro Nobles Verdades, no es posible
la sabiduría, la renunciación, el cultivo de la mente y la visión directa.

A partir de esa inexistencia, los cuatro nobles frutos no existen;
cuando no existen los frutos, no existen los que moran en los frutos ni los que siguen el camino [hacia ellos].

No existe la comunidad de los discípulos, ni las ocho clases de personas.
A partir de la inexistencia de las Cuatro Nobles Verdades, ni siquiera el buen Dharma existe.

Cuando no existe el Dharma ni la Comunidad de Discípulos, ¿cómo va a existir el Buddha?,
Hablando así, rechazas las tres joyas…

…la vacuidad, la realidad de los frutos, el mal y el bien
y todas las convenciones del mundo, todo eso rechazas.

A esto respondemos que no entiendes la coherencia que hay en la vacuidad,
ni la vacuidad, ni el sentido de la vacuidad; por ello, así te rompe los esquemas.



Para el que tiene sentido la vacuidad, todo tiene sentido,
para el que no tiene sentido la vacuidad, nada tiene sentido.

[…]

Si ves la realidad de las cosas a partir de la entidad-por-sí,
ves las cosas así, sin causas ni condiciones.

Rechazas el fruto, la cesación y el surgimiento,
la actividad, la acción y el actor, la causa y el efecto.

Lo que surge en dependencia, eso es lo que entendemos por vacuidad,
eso es una designación dependiente, eso es precisamente el camino medio.

No existe ningún dharma no surgido en dependencia,
luego por tanto, no existe ningún dharma que no esté vacío.

Si todo esto no está vacío, no hay surgir ni cesar,
para ti entonces se sigue la inexistencia de las Cuatro Nobles Verdades.

Si no ha surgido en dependencia, ¿cómo va a existir el sufrimiento?
Se ha dicho que el sufrimiento no es permanente, luego no existe con entidad-por-sí.

Existiendo a partir de una entidad-por-sí, ¿cómo se originará nuevamente?
Por tanto, rechazando la vacuidad no existe el origen del sufrimiento.

No hay cesación del sufrimiento existente con entidad-por-sí,
al insistir en la entidad-por-sí, rechazas la posibilidad de la cesación.

Cuando existe la entidad-por-sí, no es posible el cultivo del sendero,
pero este sendero se cultiva, luego para ti no existe la entidad-por-sí.

Cuando no existe el sufrimiento, ni su origen, ni su cesación,
¿cuál es el sendero que permitirá lograr el cesar del sufrimiento?

Similarmente, si la ignorancia de alguien existe con entidad-por-sí, ¿cómo puede existir la sabiduría?, ¿es que no es inmutable una entidad-por-sí?

De modo que para ti el cultivo de la mente, la renuncia y el acto de la visión directa,
así como la sabiduría y también los cuatro frutos, no son lógicos.

Similarmente, si el fruto no logrado existiera con entidad-por-sí,
¿cómo podría ser capaz de lograrlo quien se aferrara a la entidad-por-sí?



Para ti el fruto existe sin el bien y sin el mal,
Para ti el fruto no existe a causa del bien y del mal.

Pero si para ti el fruto existe a causa del bien o del mal,
surgido a partir del bien y del mal, ¿cómo es que para ti no está vacío el fruto?

Rechazas todas las convenciones del mundo,
cuando rechazas esa vacuidad que es el surgir en dependencia.

Rechazando la vacuidad, el actor podría existir sin actuación,
la actividad existiría sin haberse iniciado y no habría nada por hacer.

Si hay entidad-por-sí, el universo pierde sus diversos modos de ser
y permaneciendo estático será no nacido, no cesado.

Si hay algo no vacío, la renuncia a todas las aflicciones no existe,
ni la acción de finalizar el sufrimiento ni el logro de lo que no se ha logrado.

Quien ve este surgir en dependencia, ve el sufrimiento, su origen, su cesar y el sendero que conduce a su cesar.

Nagarjuna, Versos sobre los fundamentos de la vía media (Mulamadhyamakakarika) (trad. directa del sánscrito: Abraham Vélez de Cea)

Nagarjuna recibe la escritura de la Perfecta Sabiduría de una nagini. A su lado, Aryaveda, discípulo que compiló su enseñanza. En el cielo, montado a un león, Manjushri, el bodhisattva de la sabiduría.


Chantal Maillard, Los mundos de Buda:

Cuando, en 1740, en su Tratado de la naturaleza humana, David Hume se propuso demostrar la insustancialidad del yo, no sabía que un pensador indio, de nombre Nagarjuna, lo había hecho con el mismo rigor y desde planteamientos similares, unos quince siglos antes. Tampoco sabía Kant que aquel filósofo había reducido al absurdo las cuestiones metafísicas desarrollando las mismas antinomias que él había utilizado en su primera Crítica (1789) para demostrar la inoperancia de la razón en ese ámbito. Y, por supuesto, Wittgenstein estaba lejos de suponer que el tal Nagarjuna había desarticulado el lenguaje metafísico diecisiete siglos antes de que él enunciase la frase lapidaria que concluye el Tractatus: "De lo que no se puede hablar, mejor es callarse".

Los Fundamentos de la vía media (Mulamadhyamakakarika) es el texto más importante del Mahayana, una corriente de pensamiento budista que se inició a principios de nuestra era. El Mahayana introdujo, frente a la figura del sravaka, la del bodhisattva, el iluminado que no se contenta, como el anterior, con lograr su propia liberación, sino que se preocupa por la de los demás. Liberarse significa, tanto en el hinduismo como en el budismo, salir del estado de ignorancia en el que estamos con respecto a la naturaleza del mundo, erradicando el sufrimiento que resulta de la identificación con los estados pasajeros y del apego a la existencia. Liberarse supone lograr la comprensión de la impermanencia de todo cuanto existe y la condición ilusoria de la identidad.

El budismo primitivo había apuntalado la doctrina de la impermanencia mediante la teoría de los dharmas, partículas elementales en incesante devenir, semejantes en cierto sentido a las homeomerías de Anaxágoras. Irreductibles como los átomos (a-tomos: indivisible) de Demócrito o Epicuro, los dharmas duran apenas el tiempo que tarda una chispa en surgir y apagarse. En el universo budista no hay cosas, no hay entes, tan sólo dharmas en perpetua producción y desaparición. Si nada permanece, nada hay que tenga "ser". La cuestión del "ser" es, a fin de cuentas, aquello en lo que más se diferencia la filosofía de Occidente del pensamiento indio. El "ser" es un concepto que se define por su permanencia. Donde no hay permanencia no hay "ser"; todo lo más hay un estar siendo que ni tan siquiera es de "algo", pues el algo, para poderse definir, ha de permanecer idéntico a sí mismo al menos el tiempo necesario para que pueda decirse algo de él. La duración hace al ente porque nos permite enunciarlo. Cuestión de lenguaje, la metafísica. ¿Podrían acaso no reparar en ello los filósofos budistas?



La doctrina de los dharmas desemboca en la idea de la insustancialidad del yo. El individuo, definido como una corriente de dharmas, viene a ser un concepto ilusorio. La rápida sucesión en cadena de las partículas produce la impresión de una continuidad, de ahí la idea de un yo, pero no existe ningún sustrato permanente, sólo la ilusión de que lo hay, de la misma manera que la proyección de una secuencia de imágenes en una pantalla nos produce la ilusión de unos personajes en movimiento. De lo que se trata, para el budismo, es de realizar el proceso inverso: comprender la inexistencia del individuo, contemplar la impermanencia de todo cuanto existe, empezando por nuestros estados mentales. "Os voy a enseñar el estado de no-muerte", dijo el Buddha Sakyamuni. ¿Quién puede morir, en efecto, si no existe nadie?

¿Sofisma? Tal vez. Tengamos en cuenta que, en los primeros siglos de la era cristiana, existía en India la costumbre arraigada de las disputas escolásticas. La necesidad de fijar las argumentaciones incentivó la redacción de tratados doctrinales de una tradición que, hasta entonces, se había transmitido oralmente. Nagarjuna, que, según cuenta la leyenda, poseía un inigualable talante argumentativo, emprendió la tarea de sistematizar la nueva doctrina frente a sus adversarios, reforzándola mediante un aparato dialéctico sólido. Los Fundamentos de la vía media (Madhyamaka) fueron los cimientos de la escuela del mismo nombre. Con ello, el Mahayana dio una vuelta de tuerca más al concepto de vacuidad y el lenguaje se inutilizó para dar cuenta de una supuesta realidad en sí. Ni ser ni no-ser, ni existencia ni no-existencia, la realidad está más allá de las dualidades con las que la mente necesariamente procede. Se vaciaban no sólo los entes, sino también los conceptos, la doctrina y el propio Buda. Y así, el nirvana (cese de la agitación de la mente) no se diferenciaría del samsara (rueda de las existencias), pues de la nada a la nada no hay camino que recorrer y, si todo es vacío, nada hay que deba alcanzarse.

El Mahayana se extendió pronto por toda India, especialmente en Ceilán, y se difundió en China, donde tuvo mucha aceptación por su proximidad con el taoísmo. Numerosos sutras fueron traducidos al chino en los primeros siglos, aligerados de sus tradicionales redundancias y adaptados conceptualmente. Kumarajiva, un indio nacido en lo que sería el actual Turquestán chino, fue uno de los más renombrados traductores. Durante trece años, hasta su muerte en el 413, se dedicó a traducir textos budistas. De sus enseñanzas surgió otra forma de budismo en el que el "despertar" se entendía más como un acto súbito de la conciencia que como el resultado progresivo de esforzadas prácticas. La inmediatez de la "sabiduría de la otra orilla" (prajña-paramita) sería paradójicamente uno de los temas favoritos de las nuevas disquisiciones escolásticas que terminarían, en el budismo Chan, con la separación en dos ramas diferentes.

Los mundos de Buda(texto extraído de aquí).

Y aquí, como complemento, La verdad del discurso, acerca de Abandono de la discusión, también de Nagarjuna:

"Que todo es vacío no se propone como una tesis filosófica, sino como un método deconstructivo. Lo que Nagarjuna pretende demostrar es la falsedad de las tesis contrarias, y lo hace reduciéndolas al absurdo. La vacuidad de las cosas, su falta de naturaleza propia, deriva de su mutua contingencia: nada es independiente, nada existe por sí mismo, y los discursos no escapan a esta ley. Las afirmaciones tienen sentido en una discusión al hilo de otras afirmaciones, pero son en sí tan efímeras como cualquier otra cosa. Si el debate, como medio de conocimiento, puede considerarse útil, será tan sólo como recurso para lograr la comprensión de la transitoriedad de las construcciones mentales. Tal discernimiento y la compasión a la que conduce son los dos pilares sobre los que se sustenta el madhyamaka. La lógica, para el filósofo indio, no ha sido nunca un fin en sí sino un medio para la acción correcta, que para el budismo siempre ha sido la liberación del sufrimiento. Y la acción correcta es la que deriva de la comprensión de la impermanencia de todas las cosas". (Ch. Maillard)



He confeccionado un mínimo vocabulario de urgencia para sobrevivir a esta entrada:

Los dharmas son chispas o fulguraciones que conforman todo cuanto “existe”.

El Dharma es la enseñanza del Buddha, la “ley u orden” del universo.

El nirvana equivale a no-soplo o extinción de los contenidos de la conciencia.

El samsara es la rueda de las existencias (también puede entenderse como el mundo fenoménico).

Las cuatro nobles verdades enunciadas por el Buddha Sakyamuni:

1. El sufrimiento existe.
2. El origen de esa insatisfacción es el anhelo (o deseo, sed, tanhā)
3. El sufrimiento puede ser extinguido (nirvana).
4. Para extinguir el sufrimiento, debemos seguir el Óctuple sendero.

El Noble Óctuple Sendero es dividido en tres secciones principales: sabiduría, moralidad y enseñanzas y prácticas de meditación. Las enseñanzas de la sabiduría incluyen la Visión Correcta y el Pensamiento Correcto. Las enseñanzas de la moralidad incluyen el Habla Correcta, la Acción Correcta y el Medio de Vida Correcto. Las enseñanzas de la meditación incluyen la Diligencia Correcta, la Atención Correcta y la Concentración Correcta. Aquí, la palabra «correcto» no significa bueno versus malo; no se refiere a un juicio moral. Significa que la práctica del Noble Sendero debe evitar los extremos y el fanatismo; es la base de las enseñanzas del Camino Medio del Buddha.

La vida religiosa comporta cuatro frutos que el monje debe recoger uno tras otro en su largo camino hacia el nirvana: a medida que rompe los lazos que lo ligan al mundo, el monje reviste la cualidad de aquel que entra en la corriente del nirvana (srotāpanna), de aquel que sólo retornará una vez a este mundo (sakrdāgāmin), de aquel que no regresará más a este mundo, sino que aparecerá en el mundo de los dioses y de ahí alcanzará el nirvana (anāgāmin) y finalmente de aquel que, después de haberse liberado, ya no renacerá en ningún lugar (arhat).

Definitivamente, con esta entrada decreto el estado de emergencia en Marienbad ;)



Todo es verdadero, todo es falso,
verdadero y falso a la vez;
ni falso ni verdadero a la vez:
tal es la enseñanza de Buda.


Nagarjuna

sábado, 27 de noviembre de 2010

Más extraño que la bondad



Stranger than kindness
Bottled light from hotels
Spilling everything
Wet hand from the volcano
Sobers your skin
Stranger than Kindness

You caress yourself
And grind my soft cold bones below
Your map of desire
Burned in your flesh
Even a fool can come
A strange lit stair
And find a rope hanging there
Stranger than kindness

Keys rain like heaven's hair
There is no home there is no bread
We sit at the gate and scratch

The gaunt fruit of passion
Dies in the light
Stranger than kindness

Your sleeping hands journey
The loiter
Stranger than kindness
You hold me so carelessy close
Tell me I'm dirty
Stranger than kindness



Stranger than kindness
Letra: Nick Cave
Música: Blixa Bargeld

domingo, 20 de junio de 2010

Sobre la demolición del rostro



Para A.H., que me habló del rostro y de la dureza del rostro

Después de la caudalosa entrada anterior-interior, un momento de recogimiento. Contemplar un rostro. Seguir las líneas, los surcos, las arrugas, la mirada.

El rostro de Jean Améry me impresiona y me conmueve. Un rostro demolido. Su abatimiento exterior revela la tierra quemada interior. No queda nada, ni cenizas. Tan sólo el leve rastro que deja el miedo entre las hojas secas. Lo calcinado.

Améry escribió sobre la laceración, la sustracción, la pérdida, la carencia. Améry habló del abajo. Habló del dentro, también, pero como exploración, como condición de posibilidad de ese abajo. Escribió sobre el rencor de las víctimas de los campos de exterminio, sobre el envejecimiento, la muerte y el suidicio. Se atrevió a acercarse a los temas innombrables y hablar de ellos con doliente sinceridad: a veces, al escribir parece que la entraña le desborde de los labios que dicen, sin decir, y el lector percibe ese malestar como algo propio.

Améry estuvo en Auschwitz y sobrevivió. Odió minuciosamente y trató de comprender, tomándose a sí mismo como ejemplo, la condición de la víctima y el verdugo. Rechazó los instrumentos analíticos de la antropología, la sociología, etc. Renunció a hablar desde un parti pris, desde una trinchera epistemológica, desde una posición de fuerza. La suya es una exploración de la subjetividad a quema-vida: en ese doloroso espacio de lucidez entre la herida interior y la conciencia alerta.

Por todo eso, iba a subir un texto de Améry pero he preferido escanear esta fotografía y proponer un ejercicio de interiorización y de mirada compartida. De silencio, también, de agradecido y dilatado silencio.

Siento intensamente este rostro, que me habita y me recorre, me estremece, me conmueve. Sigo las arrugas y en ellas descubro las líneas de fuerza que apuntan a un sufrimiento infinito. Y ahí se produce un extraño reconocimiento, como si fuera el rostro de un hermano.

Quiero pensar que este rostro demolido, que esta mirada temerosa, retraída, delicada y casi implorante, fueron amados una vez. Que fue mirado con afecto y recibió todo el calor y el amor que merecen todas las criaturas de la tierra.

Quiero pensar que fue así.

sábado, 3 de octubre de 2009

Texto



Texto. Durante los años setenta se produjo un descubrimiento sensacional. Los investigadores de la literatura y los teóricos de la misma descubrieron algo que había permanecido inadvertido en muchísimos cuentos, novelas, poemas y relatos: el texto. Resultaba que la literatura estaba compuesta por textos. Es más: los textos podían sustituir con creces a la literatura.
De pronto todo fue texto. Escritores de mediana edad presentaban “el texto” de un amigo en el incomparable marco de la Universidad Menéndez Pelayo. O en un tribunal de oposición se presentaba “un texto” que de inmediato recibí al cum laude y la cena. Un conocido restaurante de la parte alta de Barcelona sustituyó la Carta por un Texto. Incluía un “Texto del día”, más barato. Y nadie escribió ya nunca más ni novelas ni poemas, sólo textos.
Todavía hoy continúa usándose la palabra en una enormidad de casos y sólo sufre la competencia del “discurso”, siendo así que la “escritura” ha prosperado menos de lo previsto. El “discurso”, no obstante, ha ido avanzando desde entonces por presión de la secta derridiana a gran velocidad, y puede llegar a dominar el panorama, en cuyo caso el restaurante de Barcelona tendrá que cambiar de nuevo su Texto y presentarlo como Discurso.
Pero para animar al lector a un uso más asentado de la palabra “texto”, ofrezco al lector su definición según uno de sus inventores, Julia Kristeva:

“Llamaremos texto a toda práctica de lenguaje mediante la cual se desplieguan en el feno-texto las operaciones del geno-texto, intentando el primero representar al segundo, e invitando al lector a reconstruir la significancia”.

Si alguien siente una cierta inhibición por lo del geno-texto, no debe preocuparse en exceso, pues el geno-texto carece de misterio:

“Se trata de una fase (teóricamente reconstruida) del funcionamiento del lenguaje poético en la que interviene lo que llamaremos una significancia: una infinita genración sintáctica y/o semántica de lo que se presentará como feno-texto”.

Dice la inventora. Es cierto que ahora se puede producir una nueva timidez por causa de la “significancia”, pero tampoco debe el lector inhibirse, pues la significancia no es otra cosa que: “La compatibilidad semántica y/o sintáctica de los elementos constitutivos (según Lyons)”, o bien “la instancia en el sueño de la estructura literante (según Lacan)”; o, más sencillamente, “el trabajo de diferenciación, estratificación y confrontación que se practica en la lengua” (según Kristeva).
De modo que si alguien se le presenta con un texto, sea usted agudo, no se deje engañar, y observe primero si se trata realmente de un texto. Por ejemplo, ¿le invita a reconstruir la significancia? Y si, en efecto, le invita, compruebe que se trata de una verdadera significancia, y no de cualquier sucedáneo: ¿acaso diferencia, estratifica y confronta en la lengua? De ser así, puede usted estar casi seguro de que se trata de un texto. Ya sólo faltará leerlo.

"Diccionario de las artes", Félix de Azua
 
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