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martes, 3 de agosto de 2010

Arrancarse a la luz: Jaisalmer, Bangalore



El abismo son las profundidades infernales, los ínferos, los mundos inferiores, el abismo es el jaos, aquella boca siempre abierta de la que los seres emergen tan sólo si la luz roza la materia primordial. Vibrando. La materia informe haciéndose luz al vibrar. Y en la luz, diferenciándose. Ser es salir a la luz, nacer es arrancarse a la oscuridad. Así pensaban los antiguos griegos: los seres emergen a la existencia al conformarse en la luz. Ser es existir.

De lo que hablo es de un regreso a la oscuridad. De lo que hablo es de desnacer. El mundo de la existencia se asemeja a una gran llanura en la que la luz juega. Su juego: los colores; las mil maneras en que la luz se esboza a sí misma; sus ritmos: las infinitas combinaciones con las que se ofrenda a sí misma. La luz se esmera en la llanura, y llamamos amor a ese modo que a veces tiene de permanecer admirándose a sí misma, detenida en alguna tonalidad, en alguna frecuencia inusitada. Amar es detenerse por un instante con gran intensidad en algún punto. Desear, es querer que en ese punto crezca una montaña, un árbol, un ser de carne o cualquier cosa que pueda nombrarse, y en el nombre la voluntad queda encadenada. La voluntad es la que nombra, la voluntad que es afán de permanencia, y al nombrar queda atrapada en lo que nombra, embelesada, ensimismada, pues en lo que nombra siempre se está nombrando a sí misma. El afán de posesión o de dominio no es sino el deseo de nombrarse a sí mismo perpetuamente.


Arrancarse a la luz, huir de la llanura y de las formas amables, es desnacer. Invertir el impulso de existencia, cerrar los ojos del cuerpo, desatender las múltiples llamadas que enamoran. Para ello pueden elegirse dos caminos. El primero, reducir todas las llamadas a una sola: el grito de un grajo, el hocico húmedo de un ternero, la línea oblicua que la sombra del sol traza bajo el gnomon de un astrolabio, el pliegue sedoso de un sari, el pecho de una mujer de trenza oscura, el barro cálido en el umbral de una choza o la curva de la cúpula de un palacio otomano. Una sola de esas formas puede invadirnos de tal modo que cuando nos deshabite perdamos con ella nuestro nombre y todas las maneras posibles de nombrarnos. Es el camino del eros: perderse por amor y hallar el vacío. Este camino supone a menudo el paso por la desesperación cuando se descompone la forma que nos ha ocupado. Lo difícil, aquí, es no ser presa del error demasiado frecuente de convertir el amor en deseo porque, en tal caso, al ser deshabitados, con el propio nombre perderíamos también el derecho al vacío y la posibilidad de franquear la frontera del mundo no visible.

El otro camino es el del thanatos. En algunos casos se parece al odio porque reviste el carácter de la negatividad pero se distingue de ello fácilmente: el odio es como la perla que la ostra construye con su saliva alrededor del grano de arena. Quien odia se defiende de una ofensa o de una molestia como el molusco de la piedra, convirtiendo en orgullo -en acto egoico- la sensación primera. El odio es una fuerza que nace de un dolor o de una frustración, efecto del deseo por tanto; proviene del hecho de que algo no se ha dejado poseer, y que para poderlo nombrar – para nombrarse en él- la voluntad ha tenido que rechazar. Las formas deseables se nombran de dos maneras: amándolas u odiándolas. El camino del thanatos no es el del odio, aunque tenga en común con ello algo de aparente rechazo. Este es el camino que he seguido para llegar a Jaisalmer.



El camino del thanatos es el más directo. El vacío se extiende sin mediación. Cualquier sentimiento es un peligro. Y aquí, no sé qué hacer aún con el sentimiento de compasión, el único que permanentemente me recorre.
He comprendido la atracción de las formas: la intranquilidad de los deseos pasajeros, su carga obsesiva cuando no son satisfechos, la hartura del corazón cuando, en cambio, se satisfacen sin medida. El deseo y el miedo, el repliegue y el despliegue, formas, todas, ambivalentes de atracción y rechazo: la gravedad de los seres, la misma ley que rige los átomos y los planetas. He comprendido que para el ser humano el logos responde al fuego que le consume: nombrar es arder en el deseo infinito de ser propiamente.
Pero la compasión aún me impide la objetividad.



Jaisalmer es la última ciudad al oeste de la India, en el Radjastán. Situada en el desierto del Thar, a pocos kilómetros de la frontera con Pakistán, tiene el aspecto de una fortificación abandonada desde la época de los mercaderes mogoles. Sus descendientes se han convertido en marchantes de tapices y proveedores de safaris en camello para turistas con afán de aventura a bajo precio y bajo riesgo. El turista es olfateado por los nativos como la carroña por los cuervos: son el alimento más preciado, sobre todo en ciertas épocas, en las que habrán de aprovisionarse para paliar el rigor de la sequía. La salazón del turista es, pues, el arte que dominan mejor, por cuestión de supervivencia.
Jaisalmer es, así, como cualquier ciudad india, una contradicción: a la vez un amplio mercado, una atracción para la vista, y un fuerte austero labrado en pleno desierto. El reto consiste en establecer la dialéctica. La síntesis ha de ser uno mismo. La lucha, la que habrá de establecerse entre los propios opuestos: el desierto interior y el mundo (de lo) acostumbrado, la nada y la llanura de colores, la noche oscura y el juego de la luz. El desafío: caminar entre tapices de sedas y brocados con libertad conquistada, viendo reflejarse en los espejuelos tanto el cielo monocromo y sin brillo como las fétidas alcantarillas que, abiertas, recorren la ciudad, calle abajo.



Los lugares nos quitan y nos dan su fuerza, pero cuando un hombre logra vislumbrar su propio centro, ese hombre se convierte en lugar para sí mismo y para otros seres a quienes presta su fuerza o se la resta.
Quise volver a divisar mis propias murallas, mi ciudad interior, y derrumbar de nuevo sus almenas demasiado fortificadas. Quise sondear sus pozos de agua clara demasiado resguardados, abrir brechas en las torres demasiado erguidas, quebrantar sus bastiones, embestir sus puertas, violentar y escandalizar a sus habitantes. Todo estaba tan tranquilo, tan protegido, que empezaba a dar asco.
Las ciudades interiores se edifican alrededor del centro llegando a menudo a ocultarlo por completo. Nos asentamos en ellas, y nos dormimos. Las ciudades interiores son ciudades-dormitorio, ciudades-balneario, ciudades-fábrica, ciudades-estante u otras, ciudades que nos mecen, nos apremian, nos consuelan, ciudades que siempre, de mil maneras, nos confirman. Su material de construcción es el hábito; reconocer es la consigna.
Por eso, para que tiemble el habitante de la ciudad interior, es menester destrozar el paisaje y quebrantar las costumbres, confundirle hasta que el cansancio le derrumbe, hasta que se quiebren sus planteamientos más sólidos, sus más estoicas propuestas, se disuelvan sus expectativas más remotas y su paciencia, y el ánimo más severo se contraiga ante la perspectiva de un nuevo combate.




El desierto no tiene sombras, por lo cual no puede medirse el tiempo ni la distancia de las estrellas a no ser que el propio cuerpo haga oficio de gnomon. Uno es su propio tiempo. Alrededor el tiempo no existe.
El tiempo de las cosas se mide por su sombra, y sólo el que no tiene sombra es eterno. El desierto, por eso, es eterno. Con el sol en el cenit un hombre pierde su sombra. Puede decirse que entonces se le otorga la posibilidad de estar en su propio centro, de no distinguirse de sí mismo. Por un instante, es un iluminado. Pero a la luz le gusta jugar en la llanura. Basta que aquel hombre levante un brazo: hallará su sombra debajo. Cualquier movimiento lo habrá de delatar. Basta con que quiera verse a sí mismo y comprobar la ausencia de su sombra: aparecerá la huella de su rostro a sus pies. Nadie puede estar iluminado y verse a sí mismo. El ser y el conocer no pueden ser simultáneos si existe una llanura o una línea de horizonte. Ser y conocer simultáneamente sólo es posible en el vacío porque en el vacío no hay nadie.



El horizonte en la llanura. El horizonte tras la llanura. La llanura, y luego el horizonte. Siempre venimos de donde estamos. Nunca llegamos a donde estamos. Los camellos se alejaron con paso silencioso, sus grandes pezuñas bífidas esbozando con extrema levedad el signo de lo grávido. El peso de un camello: la articulada densidad del mundo configurándose en la presión exacta.
Aprendo mis límites cuando con paciencia mido el peso de mi cuerpo, el ángulo que traza su sombra en las paredes y esas líneas que procuro borrar a fin de no perturbar el orden de lo visible. Aprendo mis límites proporcionalmente al deseo que tengo de convertirme en mirada y descansar en ella.



La India: una tierra que corta la mirada y exige luego el pago de la herida. Lamiéndome en las manos la sangre de mis ojos, me reconforto al pensar que algo he ganado después de todo: saber que el mundo, esa gran llanura de colores, irrumpe en el alma que va buscando su origen con la fijeza de una falsa llama que la entretiene y desazona. Saber que es preciso dejar de indagar -pues es recuerdo y anhelo toda búsqueda- y hallar el modo, simplemente, de invertir la mirada.

Templo del Toro (Bangalore)

Puede que yo no haya sido nunca aquella niña oscura a quien enseñaron a sentarse a la puerta del templo del Toro, ceñida la garganta por dos anillos de cobra suave y reluciente. Cuidadosa, prudente cobra deslizándose sobre huesos tan frágiles, apenas un pequeño tórax, casi una planta de coral que mirase hacia dentro, en la cueva donde nacieron los mitos.
No creo que haya sido ni seré nunca aquella niña. Un error de cálculo en la estrategia de los dioses me invitará a adoptar las maneras del animal que ciñe su garganta.

********

Violaron a una niña inglesa, anoche, en Bangalore. A él, le mataron. Dicen que fue casualidad, que no estaban juntos, que sus almas se habían separado mucho antes. Pero no lo creo. Yo los vi, a ambos, cruzando la tarde, ayer, ella sosteniendo una pereza azul en su vientre; él, unos anteojos dorados. Tan sólo los separaba la tela de algodón transparente que cubría sin ocultarla la estela de su cuerpo.

No fue casualidad, fue aquella blancura del tejido. Hay veces que la vida no soporta tanta blancura.

Textos: "Diarios indios", Chantal Maillard (Cuadernos "Jaisalmer" y "Bangalore").

lunes, 28 de diciembre de 2009

Groenendaal.

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Groenendaal

martes, 5 de mayo de 2009

"Volver a la inocencia. Antes del primer error"





"maillard mueve palabras de manera magistral. maillard conmueve palabras, las organiza añadiendo un detonador silencioso que te abre algo –¿dentro?– en el instante que las lees-comprendes. maillard pone en su sitio palabras, arrastrándolas como movemos un mueble por el piso, te raya el suelo para provocar finalmente una mayor comodidad basada en desnudar de piezas superfluas nuestra habitación interior-de-lector/a. leer a maillard te cambia. leer a maillard puede cambiarte si eres capaz de detonar-te como persona que lee y comprende. que tus pedacitos al caer se recompongan de otra forma, propone un nuevo orden que en última instancia deberá ser el/la lector/a quien determine su uso. hilos-de-maillard –voy por la página 43–, no voy a olvidarlo. ya soy otro. gracias. no necesariamente duele".

Òscar Solsona

Escribir (fragmento)

escribir
como quien des-espera
para cauterizar
para tomarle las medidas al miedo
para conjurar
para morder de nuevo el anzuelo de la vida
para no claudicar

escribir
para apuntar al blanco

escribir
con palabras pequeñas
palabras cotidianas
palabras muy concretas
palabrasojo
palabras animales
palabrasbocadegato
ásperas por dentro y por fuera
suaves como "tal vez"
palabraslatigazo
como "demasiado" y "tarde"

escribir

para no mentir
para dejar de mentir
con palabras abstractas
para poder decir tan sólo lo que cuenta

decir que a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
y la sábana verde se desdobla
en el espejo del armario
estoy en mí
en el lugar en que acostumbro
a encontrarme
en este aquí hecho de extraña
duración en lo mismo
repitiéndome
la carne dolorida
los huesos lastimados
los nervios, la piel
tirante, amoratada
el pelo encanecido
el grito sólo postergado
y hoy a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada

muere un niño
o dos o no sé cuántos
mueren y una anciana dice
sus últimas palabras
o no las dice y muere
y es otra la que habla
pero no habla, dice
apenas dice y muere
sin decir
apenas
nada
y algo se me atraganta
tal vez un alarido
largo como las once horas de esta noche
o tal vez la conciencia
que duerme encendida
como una lumbre la conciencia
de todos los que mueren
como una fogata
un espantoso incendio
que prende en las ventanas
de la ciudad y en el mar no se apaga
una conciencia absurda
una antorchahorizonte
la conciencia de todos los que saben
que se están acabando
en sus huesos de antorcha
hoy, mañana, siempre

escribir
todas las muertes son mi muerte
mi grito es el de todos
y no hay consentimiento
escribir

¿para consentir?
¡escribir para rebelarse!
no hay lugar para plegarias
no hay lugar para el sosiego
el ajuste de las almas
se hace en rebeldía

[…]
escribir

para des-esperar
por todos los que están
por todos
los que fueron
los desaparecidos
escribir para cuidar
sus des

apariciones
para alimentarlas
para que no se enturbien
no tan pronto
no tan siempre
pronto

El poema Escribir recitado íntegro, aquí

La "lógica borrosa" (fuzzy logic) de Zadeh (1975) es un método de formalización del razonamiento impreciso que opera sobre conceptos imprecisos, predicados inexactos y términos de funcionalidad veritativa. Su construcción se basa en el convencimiento de que pensar en términos borrosos es una forma característica de la percepción humana. Sin embargo






"Anhelo un corazón más sabio que el mío para descansar en él. El corazón de una anciana, un corazón acumulado y dispuesto a la acogida. Poder hablar; poder decir en palabras sencillas la congoja, la necesidad, la pena. Poder decir para calmar, para acallar. Soltar las lágrimas en el enorme pozo humano, el gran regazo. Poder decir, para que parezca tan común, ese dolor, que pueda mirarlo como si no fuese mío y llorar entonces por la historia de todos".

"En un principio fue el Hambre. Y el Hambre creó a los seres para poder saciarse. Y el Hambre era la muerte, para los seres. Inventaron remedios, buscaron curarse, pero el Hambre dijo odiaos y luchad unos contra otros, para poder saciarse. Y el Hambre introdujo el hambre en los seres, y los seres se mataban entre sí, por causa del hambre. Y el hambre era la muerte, para los seres.

En materia espiritual, atender al balbuceo, como mucho. Sobre todo, atender al silencio, ese silencio: la callada inocencia recobrada, el no saber cargado de compasión por los seres que viven con su hambre".

“No sé qué color tiene lo irremediable; sé que comienza allí donde tiembla un niño pequeño.”

"Dos sentimientos, la conmiseración y la compasión, próximos entre sí pero que difieren en su punto de partida. La conmiseración proviene del padecimiento del mí. Un padecer propio que se hace extensivo al ajeno. Difiere de la compasión en que ésta no acude al mí, sino que adviene en el alma libre –alma libre: con palabras lastradas hablo; trataré de explicarme mejor desde otros parámetros. El compasivo siente el dolor del otro sin sentirse afectado en el mí. En eso consiste su libertad. Permanece en calma. Su dolor es universal. […]
La diferencia entre la compasión experimentada en la vida real y la que experimenta un espectador ante una representación es que la primera, por supuesto, no es placentera, aunque comparta con la del espectador la universalidad del sentimiento. La conmiseración es rebeldía, la compasión… Basta. Dejemos espacio para la duda. Aun en los márgenes, la contundencia hiere".

"Volver a las palabras.
Creer en ellas. Poco. Sólo
un poco. Lo bastante
como para salir a flote y coger aire
y así poder aguantar, luego,
en el fondo.

Volver a las palabras. Con
voluntad de sentido.
Boqueando. Pez en la orilla
común de los creyentes.

Volver. Decir superficie. Escribirla".

"Las heridas nunca acaban en sí mismas. Se llaman unas a otras. Como gargantas. Grandes gargantas que se suceden ululando. Cuidado al acercarse. Cuidado al escucharlas. Las proximidades de una herida son siempre pantanosas, huelen a cieno y su sonido es húmedo y gelatinoso. Contagian el mal del deseo, el mal de querer ser más que el destino, el mal de querer, de querer siempre lo que quiero por encima de todo querer ajeno. Una herida es la guerra".

"Jehová: uno de los dioses que ocupan la parte superior izquierda del mandala tántrico. El error: confundir uno de los devas (dioses) con el Absoluto. El dios de los judíos: un deva vengativo en guerra contra los asuras (demonios). Un dios que necesita la ayuda de los hombres: ellos son su alimento. Al rezarle le dan su fuerza, le entregan su energía. Los dioses se alimentan de las preces de sus "fieles". Cuanto mayor sea su número: su "rebaño", más fuertes se hacen ellos, más poderosos.
El error del hebraísmo: hacer de uno (de los dioses) el Uno. El error de Cristo: asumir el hebraísmo. El error de muchos cristianos: confundir a Jehová con el Dios de Cristo o, incluso, con la síntesis última del racionalismo".

“En Bangalore, me inicié en la dureza de la compasión y comprendí que este sentimiento nace más de la fiereza que del dulce y decadente apiadarse de la burguesía cristiana, pues, lejos de ser una modalidad del enternecimiento, arranca de la advertencia del dolor ineludible y del mal de existir”.

“Volver a la inocencia. Antes del primer error”

“Arriba, tras la frente, ahí donde la mente engarza pensamientos, ahí donde tan a menudo construimos nuestra casa, arriba las ideas brotan, incesantes.
Más abajo, en los poros, el mundo. El canto de un pájaro, el silencio cuyo cuerpo es un rayo de sol. Allí, bajo el flujo de los pensamientos, la vida.
Bajo el proceso, lo simultáneo; bajo la línea, la materia; bajo el texto, la totalidad de lo sólido.
Más abajo, el fuego. Del fuego ahora no hablaré, pues está bien que esté contenido, sin dolor, adormecido por un tiempo con fines terapéuticos.
Más abajo aún, el vacío.
El observador se sitúa en el límite, en el espacio intermedio entre el vacío y la existencia. En la superficie, el texto, el mundo y el fuego. Abajo, el vacío. El mundo se construye en superficie. El observador, en la línea de base, que no es línea, sino un espacio imperceptible, un no-lugar, una suspensión. Todo lo que hay se construye. Los personajes deambulan. Abajo -¿llamaremos "verdad" a aquellas profundidades?- no hay personajes, no hay nadie. Y, sin embargo, sé que ahí es a donde pertenezco con mucha más razón, con mucha más fuerza. Pero legítimamente: según ley, el peso y la medida me otorgan un lugar en superficie, un lugar y un tiempo: mi medida, el lugar; mi peso, el tiempo. Soy, en superficie, según lo determina la ley de la Posibilidad.
Y voy tejiendo. Fuera del abismo todos vamos tejiendo, y el "todos" es la primera gran hebra, la más consistente. "Todos" son los muchos que en el vacío del abismo eran uno y lo mismo. Todos es la primera diferencia que proclama la posibilidad del tejido. Tejer es la ley. En el límite, la conciencia se subordina. He dejado de ser una y empiezo a conocer. En superficie, los tres ámbitos: fuego, materia -compacta y sonora-, y mente. Abajo: vacío. Yo vengo del vacío para poblar la superficie. No hay otra realidad que ésta; la manera de moverse en ella es el deslizamiento. Cualquier otro movimiento desrealiza”.

"Por la mañana, ejercitarse en el cinismo; por la tarde, en la compasión.
A veces, invertir el orden".

"Soy un animal enloquecido que danza sobre el fuego de su propio nacimiento".

"De entre todas las verdades elijo
una sola: la caricia del sol
en el tronco de mi alma
calcinada".

"Solamente el animal humano es capaz de infligir dolor por placer. Y esto, precisamente, por aquello que en él no es animal: la capacidad de tomar conciencia de la diferencia, de establecer una distancia entre uno y el otro. Tal vez esa distancia sea lo que pretende poner a prueba y reafirmar cuando tortura. La pérdida de la animalidad conlleva la pérdida del sentimiento de pertenencia a la especie y la conciencia de la diferencia. El otro es radicalmente otro para mí, y yo sé que es otro. Independientemente de que pertenezca a la misma especie. Ese saber que el otro es otro es lo que permite infligir el daño. El sentido de culpa es el restablecimiento del equilibrio en nombre de la comunidad. Hemos perdido el Cielo, como dirían los antiguos chinos. La armonía, el equilibrio que las especies del reino animal nunca han perdido. Lo que importa, en tales condiciones, es aprender a pensar correctamente, esto es, en el sentido de la compasión, del compadecimiento o, como se dice ahora, de la solidaridad».

"Descargada. No de un peso, no, de fuerza, de poder. Sin poder. No puedo. Desposeída de fuerza, no puedo poder. Deshabitada: sin hábito del dentro.

Necesidad de templo. Des-templada. Fiebre de ausencia en los dedos que crujen, rígidos. Ausencia en los huesos. Me florecen angustias en los dedos.

Entono un canto. Ocho notas. Entro en el tono de la angustia. Caverna, resonancia devuelta a su nota. Asolada reflexión de la materia en su germen. Sin cauce. No llega. No hay llegar. El mí quiere salirse. No, yo quiero salir del mí. Pero el cansancio. Me re-pliego. Repliegue en el mí. El menor esfuerzo: el pliegue ya trazado.

Sin embargo la fuerza, la fuerza del dentro. La que se agita y mengua, concentrada en sí misma, caverna del sí mismo que se ahoga en su esfuerzo por ser algo más que una y misma.

Despoblada. Enferma de des-población. Deshabitada del pueblo que fuimos, al unísono, sonido unificado, fuerza de los muchos. Desasida, desasistida de pueblo. Despoblada".


"Ocupada por el gozo como por un intruso. Dentro, muy dentro, contra el otro dentro que insiste en el terror y la angustia o en la justicia de la condena. Contradiciendo la conciencia que se empeña en rebelarse. Contradiciendo la lucidez de la razón que a la razón obliga. Inconfesable gozo que despunta y dice recuerda los primeros albores de la dicha, antes, en la inocencia.

Contradiciendo la voz que inculpa y hace recuento de los méritos. Contradiciendo el no que estalla como fruta demasiado madura. A pesar del anatema, de la blasfemia, penetrándola, sosteniéndola, sumándose a ella desde abajo, sin acallarla.

Liviano como los pájaros, mineral como las piedras, bajo el flujo de las palabras que reniegan, sobrellevándolas como la corriente de un río a las barcas y a los remos que la hienden, así el gozo, bendiciendo a quien de él se defiende, así

el gozo".



Postdata: dos poemas de Hainuwele (1990)

sábado, 21 de febrero de 2009

En el principio era el Hambre



"En el principio era el Hambre

Algunas teorías indias entienden que el universo se creó por resonancia. La gran exhalación del comienzo se prolongó en las consonantes. El ser: la energía neutra que significándose: modulándose en los signos (en las letras, en su sonoridad) se diversifica. Que algo sea significa que ha cobrado tonalidad (valga entenderse como música y como color). Vibramos en un tono: somos de alguna manera, en algún que otro modo, o tono.
En el principio (arjé) era el Verbo (logos). No sólo se aúnan en estas palabras la razón griega y la cristiana, como quiso entender Zambrano, sino también la india. Porque el Verbo (término éste, Verbum, con el que se tradujo la palabra griega logos cuando éste se identificó con el principio creador del cristianismo) es la palabra que puede ser conjugada. El logos-verbo es posibilidad de designación. Antes de las diferencias. Condensación del sonido, inaudible antes de su expansión.
En un principio fue el verbo, y el verbo se conjugó, y se propagó. Los siglos de los siglos fueron la propagación de aquel primer sonido. El primer sonido fue un acto: el de respirar. Un respirar sin nadie que respirara. Un acto sin sujeto. Un aliento sonoro.
Y el verbo se hizo carne: materia. Se hizo audible. Se “materializó”. El mundo: sonoridad vibrante. La materia: densidad del sonido: velocidad vibratoria.
En un principio fue el verbo y el verbo poetizó: la matriz del mundo es el hueco donde impacta el primer sonido y se gesta el primer poema: la primera construcción (poíesis), la primera articulación…

Sí, puede que esto sea muy bonito. Podríamos seguir por ahí. Es fácil. La metafísica tiene menos fichas de las que aparenta en un principio. Basta con saber moverlas. Pueden resultar partidas interesantes y… bonitas. Pero no nos sirve. Ya no nos sirve porque las palabras, ahora, son multitud. Los ecos están distorsionados. Los sonidos, como las emociones, se degradan imitándose unas a otras. El kitsch reina por doquier de tal modo que ya nos es difícil saber, de lo que sentimos y pensamos, qué es genuino o impostado, qué hemos aprendido y repetido, qué es emoción y qué lenguaje. Tal vez sea preciso callar. No añadir más palabras a las ya expandidas.

O, tal vez, urdir otro inicio. Decir, por ejemplo:

En el principio era el Hambre. Y el Hambre creó a los seres para poder saciarse. Y el Hambre era la muerte, para los seres. Inventaron remedios, buscaron curarse, pero el Hambre dijo odiaos y luchad unos contra otros, para poder saciarse. Y el Hambre introdujo el hambre en los seres, y los seres se mataban entre sí, por causa del hambre. Y el hambre era la muerte, para los seres.

El hambre, sin duda, se conjuga de muchas maneras. No parece que quepa, hoy en día, otra poesía que la que diga el hambre. Y el terror. La desolación y la extrañeza. Que lo diga para que nos reconozcamos en ello. En comunidad. Con las cosas. En las cosas. Cosas, también, nosotros. La identidad colgándonos del hombro como una chaqueta raída.
Luego, como un personaje de Beckett, atender al balbuceo, como mucho.
Sobre todo, atender al silencio, ese silencio: la callada inocencia recobrada, antes del logos, el no saber cargado de compasión por los seres que viven con su hambre".

Nota: el último libro de Chantal Maillard es poliédrico, tiene muchas puertas, ventanas y terrazas que ayudan a trazar el tapiz de su obra. Se vertebra en tres grupos de ensayos o "muros" con múltiples conexiones entre sí y con su obra poética y "diarística". Creo que el índice, más que cualquier descripción mía, puede dar una idea de lo que digo:

Acerca del título del libro (a modo de prólogo)

I. El muro de las contemplaciones
KITSCH Y GLOBALIZACIÓN. Las armas del Imperio
CONTRA EL ARTE
EMOCIONES ESTÉTICAS o por qué vamos al cine a llorar
PLACERES INMORALES. Sobre arte y política
EL FUEGO, LAS LLAMAS, LOS RESCOLDOS
APUNTAR AL BLANCO. El vacío y su representación


III. Muros de palabras

SOBRE EL DOLOR
EN UN PRINCIPIO ERA EL HAMBRE. Algunas consideraciones acerca del origen de la poesía y la filosofía
DESDE LA IGNORANCIA. Mística y metafísica
¿CREE USTED EN DIOS?
EL CROAR DE LA RANA. Lo que de arte tiene la ciencia
CINCO RATONES CIEGOS. La educación como violencia o acerca de la enseñanza de la filosofía en la Universidad


III. Muros de seda india

SALVAR LAS FRONTERAS
EL ESPACIO SONORO DE LA INDIA
DIOSAS Y ESCLAVAS. Función simbólica y social de la mujer en India
DESAPARECER. Estrategias de Oriente y Occidente



Llama la atención, también, una explícita apelación a la conciencia política en varios ensayos. Actitud que ya aparece en el prólogo:

"Luego, por supuesto, está la conciencia. No me refiero a la conciencia moral, sino a la capacidad de observar y de observarnos, de sentirnos, de sabernos. De sabernos en soledad y en compañía. De sabernos en los otros. Pues, en la polémica entre lo otro y lo mismo, nos olvidamos a menudo de que nos parecemos. Puede que los estímulos que nos emocionan sean diferentes, pero la capacidad de emocionarnos es la misma; puede que las teorías que construimos sean distintas, pero la capacidad de construirlas es la misma. Cada pueblo elabora estrategias para soportar el dolor y la idea de la impermanencia que todos compartimos. Nos compete, pues, sabernos diferentes en superficie, semejantes en lo esencial. Y esa constatación no puede, no debe hacerse desde otro lugar que desde una conciencia compasiva, es decir, una conciencia secundada por las categorías básicas de una sensibilidad depurada. Una conciencia que no asuma tan fácilmente, por ejemplo (es uno entre mil), que las ayudas del primer mundo tengan como destino exclusivo los países potencialmente consumidores, que un sunami en Indochina sea noticia y no lo sea una sequía en África, o que los seres humanos tengamos más derecho a seguir viviendo que los (demás) animales.
Lejos de mí la intención de convertir este escrito en un texto de autoayuda o en una lección de moral. Lo que trato de decir es que poco puede hacer, en términos reales, un individuo con la conciencia y los sentidos obturados por el kitsch. La labor de drenaje es fundamental para poder actuar. Porque, por supuesto, no basta con saber mirar y escuchar; hace falta actuar. Y, para ello, en España se ha de conquistar primero algo en lo que el resto de Europa nos lleva varios siglos de ventaja: la conciencia política. Esto es algo que en algunas regiones de la península se ha confundido con el nacionalismo, mientras en otras, dominadas aún por el lastre de un feudalismo latifundista, sus miedos atávicos y la autoestima del siervo, se sigue pensando que “eso es cosa de políticos”. Para el siervo, el político es quien manda y los demás, a obedecer. Estos nuevos esclavos complacientes son los que barren y encienden cada día las luces de los templos del Kitsch".

Y dos pequeñas frases que vertebran el discurso del libro: la primera es de Jean Rostand y encabeza el ensayo "El croar de la rana":

"Las teorías pasan, la rana permanece".

La segunda pertenece a la autora; la extraigo de su contexto porque creo que resume muy bien una manera de estar en el mundo:

"Todo es búfalo"

viernes, 24 de octubre de 2008

Des-aparecer, cercos, buitre


Todas las cosas conspiran para la desaparición. Des-aparecer es el objetivo. El mundo es la historia de la visibilidad -el mundo que fue contado por los antiguos griegos-: apariciones y des-apariciones o la continuidad bajo la vida y la muerte. Aparición y des-aparición de lo que yo no soy, siéndolo más de lo que me soy a mí misma por debajo de mí. Aparición y des-aparición de lo que no somos, ya que ser es ser limitado, ser es estar cercado, ser es vivir en un cerco: vivir atemorizado en un círculo de fuego sin atreverse a a-cercarse, a romper el cerco aproximándose a las llamas que aprisionan con su horror, con su nada, con su amenaza. La purificación, la destrucción por el fuego. Purificarse: desintegrarse. Des-integrarse: romper los límites que nos hacen ser: ser íntegro, ser una fuera de lo que sigue, a pesar de lo que sigue, por encima de lo que sigue. Yo soy una y mi cerco, un cerco abierto como un ojo, un ojo que deslinda, que traza los lindes con fuego: aquel fuego que brota del párpado, nunca de la córnea. En la córnea, sobre ella, como pantalla translúcida: las lágrimas, sobre la córnea la gigantesca cortina de agua que mana dolorosamente de las entrañas, el agua del dolor que apaga el fuego sin romper el cerco, impidiendo, ahora y luego, la purificación.
Las lágrimas son una desobediencia a la ley del universo: aparición-des-aparición. Las lágrimas son la culpa y el precio por el territorio conquistado: yo soy una y mi cerco.

Destruyamos. Desautoricemos lo escrito. Mi cerco y yo nos construimos en otro cerco: el del lenguaje. Cada lenguaje un cerco. La transgresión: el trabajo de la metáfora. Transgresión lingüística, rápida, penetrante, creadora. La apariencia salta fuera del ojo, el ojo fuera de su córnea. La forma puede volverse música.
La palabra guía dentro del cerco. De cerco a cerco ¿quién anda? ¿Qué aguijón penetra en los espacios que el fuego pone al rojo? De cerco a cerco nada, o tal vez el águila. El lenguaje de los cercos requiere otros conceptos, otras palabras: palabras trashumantes, palabras bereberes, palabras del desierto: sin eco, hechas de sílabas que se desmoronan al pronunciarse, palabras tránsfugas o planeadoras, palabras buitres, palabras carroñeras que limpien los viejos cercos de sus muertos, de sus asesinados y de sus asesinos. El lenguaje de los cercos requiere el vuelo. De cerco a cerco se vuela. Se vuela como los buitres, con el pico ensangrentado, con flecos de carne descompuesta colgados en las comisuras propagando, de cerco en cerco, el virus: el ansia de hacer mundos.
¿Y las lágrimas? ¿Y el agua? Pura convulsión del aire licuado por el frío.
La córnea vaciada de su ojo es el estanque de materia donde Leibniz creía ver el universo: la unidad de todo lo posible. El ojo, sin su córnea, apenas se parece al diseño de un ojo.
¿Y si lo posible fuera lágrimas infinitas? ¿Y si el dolor fuera el infinito anhelo de todo lo posible por existir?
¿Y si las lágrimas fuesen el dolor de existir que se expande por todos los cercos de los cercos?

Desautorizar el texto: dejar al texto huérfano, matar al autor, destruir al que dice yo bajo el texto, al que dice yo sin decir "digo", desplazar al que escribe, dejar huérfano al que escribe, huérfano del texto que ya le precede, que siempre le ha precedido, que le precede en el cerco, que le encierra en su cerco, que le induce a cercarse y a decir yo, des-autorizar el texto cuando dice "lágrimas", con-textualizar al texto con otro texto que lo embeba como un papel secante, des-autorizar al yo cuando escribe "dolor" sin escribir que escribe, y dejar en suspenso el juicio sobre la posible des-aparición de una muy antigua creencia.

¿Y el grito? El grito es la flecha disparada que se eleva, vertical, y alcanza al buitre en pleno vuelo.

Filosofía en los días críticos, Diarios, 1996-1998, Chantal Maillard

miércoles, 15 de octubre de 2008

Tres poemas recitados



Para Laura Giordani, buscadora incansable, hermana en la búsqueda

CONJURO PARA DECIR MENTIRAS Y CONSTRUIR VERDADES

"Si a alguien es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad, autorizados para hacerlo con respecto a sus enemigos y conciudadanos. Nadie más podrá hacerlo." (Platón, Rsp. III)

Cuando cumplí seis años, a cambio de su amor,
mi madre me arrancó la terrible promesa
de no mentir jamás.
Así, igual que un soberano controla al pueblo al que gobierna,
ella me dió la libertad que al necio se le otorga:
actuarás dentro del margen que yo-mis leyes establecen.
No había escapatoria: su ministro de asuntos interiores
tenía su despacho montado en mi conciencia.
Yo la echaba de menos, por eso no traicioné su confianza;
fui fiel a mi promesa.
Pero también, y con el tiempo, quise ser fiel a mis instintos
y extensiva se hizo la verdad al deseo que impulsaba mis actos.
Creo que confundí el orden imperioso del deseo
con el orden común de los Estados,
pues provoqué una guerra.
Después del gran naufragio, ella me preguntó:
¿no podías acaso haber mentido?
En ese instante, entonces, usurpé la corona.

Ser libre no es un don, es una reconquista,
y a menudo es preciso callar y conducir
las palabras al cauce más amable;
es preciso callar para construir
aquella historia que habrá de guardarse
como un largo secreto del que nadie es testigo. Ser libre
es cuidar de un misterio
sobre el que el alma se moldea.
Hay seres que comprenden temprano este principio;
me produce ternura descubrir sus engaños
y comprobar la paz que de ellos resulta;
admiro las mentiras bien trabadas,
la coherencia del engarce, el arte dirigido
hacia un fin; me conmueve
la soledad de aquel que las inventa
y consiente al imperio de su lógica.
El que miente edifica el mundo que conviene
para salvaguardar la ficción de los otros, la legítima
ficción que necesitan contra
la angustia de sentirse
tan solos
sin leyes, sin verdades,
sin ese amor que creen recibir
a cambio de su alma.
Aprendo del que calla, del que miente y engaña
el fuego soterrado que aún gime en mi pecho,
aprendo a dirigir su lava en mis infiernos
para el mejor gobierno de los mundos.
Desde ahora mi mano es la que guía
el fiel de la balanza: la verdad y su opuesto
son las onzas que pongo en los platillos
según el juego lo requiera.

Conjuros




INTERMEDIO

Entre una imagen tuya
y otra imagen de ti
el mundo queda detenido.
En suspenso. Y mi vida
es ese pájaro pegado al cable
de alta tensión,
después de la descarga.

Lógica borrosa



DIME

Partir, quedar, querer. Dejar
de querer. Dime lo que he de hacer.
Rituales. Dime. No preguntes,
dispón. Dejar de querer. Sin
respuestas. Sin voluntad. Para estar
aquí. Más. Cuéntame una historia
que no tenga final. Que no
tenga principio. No preguntes,
dispón. Partir, quedar, contar.
No dejes de contar.

Dime qué fue de mí.

Hilos

miércoles, 17 de septiembre de 2008

"Lógica borrosa", Chantal Maillard


Por pura pasión amo el amor que me consume. Por pasión: por dolor de amar. El objeto, siempre, es lo de menos.

No nos engañemos: la pasión no es el trayecto que nos guía hacia el otro, sino el vuelco sobre uno mismo, el vuelco hacía sí mismo. Por eso la sabiduría es indiferencia, la indiferencia ecuanimidad y la ecuanimidad, calma.

Por eso, y porque quiero vivir, decido observar en calma la pasión que sacude mi cuerpo y lo consume. En lograr cumplir con esta paradoja he empeñado mi existencia.


Sin embargo,
sin embargo,
sin embargo... No me
fío de mí. Nada es
permanente. Menos
lo es la palabra. Esto
tampoco,
esto tampoco,
esto tampoco. No me fío,
no te fíes de quien
dice, de quien
habla, de lo que se
dice, de lo que dices,
de lo que digo,
no me fíes,
no te fío.
La lucidez es una chispa, un
estado de conciencia
en las multiplicadas estancias
de la conciencia o que hacen
conciencia, las estancias
que se alargan, se prolongan, se
continúan, y así
se le llama conciencia
a aquella continuidad.
No me fío, no te
fíes de las estancias,
se estrechan,
se acortan,
se invaden,
desaparecen,
la lucidez es un instante
entre estancias,
ventanas en la mónada que
si permanece bajo
la luz del foco se hace estancia,
también ella, y sufre
las mismas convulsiones.
Sin embargo,
sin embargo,
sin embargo... lo
que intuyo ahora
se borrará mañana,
luego,
ahora,
apenas se haga pensamiento,
conciencia: estancia. Atrapamos
la sensación que invade las entrañas,
muy abajo,
muy adentro,
muy homogénea, la atrapamos
y la hacemos eso: "sensación",
la nombramos,
la describimos... la perdemos. Ya
no es ella, ya no es eso, ya no es.
Aún está allí pero
no es lo que digo,
lo es apenas,
no es lo que oís,
no es eso, no
os fiéis,
no me fíes,
no te fío.

De nuevo cae la tarde,
mengua la luz.
Los colores del otoño vienen del oeste,
decía aquel poeta chino.
El mundo está en mí.
No me apartaré.
Acojo todos los colores, el
estío dentro de mi otoño,
porque sé que no
hay fin, que no habrá término.
Todo comienza y termina en mí.
Yo soy el infinito proyecto de mí misma
por encima de mí
me sobrevuelo.

Boomp3.com

lunes, 1 de septiembre de 2008

Hainuwele, Chantal Maillard

ayer cae la lluvia
mañana leopardos


Las niñas cantan amasando el barro
en la ribera.
Como un felino el lago eriza
su pelaje manchado y se estremece
bajo la lluvia parda.

Ayer nace mi padre
mañana nazco yo


Sonríes sobre el agua.


Llevo acostada largo tiempo
en la orilla. Mis pechos
son colinas cubiertas de hoja seca.
Levanto la cabeza y me contemplo:
en mis muslos el vello a punto de ser vello,
me incorporo: la hierba a punto de ser hierba,
doy un paso y despierto al agua
a punto de ser agua,
se asusta un ave negra a punto de ser ave a punto
de ser negra...
Un resplandor me ciega:
el bosque me contempla, a punto de ser bosque,
a punto de ser tuya.

Aquí podéis escuchar estos dos poemas leídos (¡en parte cantados!) por la autora:

Boomp3.com

sábado, 30 de agosto de 2008

chantal maillard o la hibridación de géneros

Resulta curiosa la escasa capacidad del lector medio español para asimilar la hibridación de géneros literarios, las encrucijadas, pasos a nivel, paradas de postas, puentes que algunos escritores tienden entre discursos aparentemente alejados. En este país todo lo que no encaja en uno de los moldes preconcebidos (novela, poesía, ensayo) es inmediatamente puesto bajo sospecha por los celosos guardianes de la ortodoxia genérica. Estos furiosos inquisidores arremeten entonces con todas sus armas, recurriendo, si es preciso, a la invectiva, el argumento ad hominem o el insulto más visceral con tal de erosionar un tipo de escritura que no comprenden porque desborda sus fronteras exegéticas y los compartimentos estancos en que han cosificado -para tornarla inofensiva- una realidad cuyas aristas se resisten a la categorización. Quizá se debe a que en nuestra tradición el mestizaje genérico ha sido poco frecuente, y figuras como Valente, cuyo magisterio ha sido escaso, no han conseguido doblegar los prejuicos hacia textos que no se dejan encasillar. La lengua francesa ha sido más afortunada en este sentido: Michaux, Edmond Jabès, Francis Ponge, Philippe Jaccottet, entre otros muchos, volvieron porosas las fronteras entre géneros, creando, en ocasiones, un género propio que, a falta de una definción mejor, se declina con su propio nombre. ¿Acaso la escritura de Michaux no pertenece al género "Michaux"? ¿Es prosa, poesía, diario, filosofía?
Otro tanto ocurre con los libros de Chantal Maillard, en los que se percibe, precisamente, el remoto influjo del belga (como ella) Henri Michaux. ¿Cómo definir "Husos" o "Diarios indios"? ¿Diarios poéticos de indagación personal? ¿Filosofía de la introspección, aplicada al esclarecimiento de los contenidos mentales? ¿Prosa poética que da cuenta de un "modo-de-estar-en-el-mundo"? En cualquier caso, es una escritura irreductible a moldes previos, y por eso prefiero decir que pertenece al "género Maillard". Con una escritura que se asoma a los abismos del lenguaje, a la imposibilidad de decir, la autora transita entre sus "husos" mentales en un intento de reconocimiento y supervivencia. Un cuaderno de duelo que alcanza cumbres de una rara belleza y explora senderos y pliegues mentales y senti-mentales que otros escritores ni siquiera sospechan que existen.

He aquí una pequeña muestra:

"Toda revelación ha de merecerse. Merecer: no se trata de merced concedida ni tampoco de gracia divina. Merecer es haber hecho hueco.

El sufrimiento abre hueco. El sufrimiento es la voluntad del mí (voluntad-deseo) anegada. Por eso hace hueco. Libera el espacio donde la liberación adviene. Donde puede advenir, siempre. Siempre que haya desocupación. Abajo.

He comprendido el milagro. Vuelvo a la superficie. Ningún dios me ampara."

"Sobrevivir. A plazos. Plazos cortos. Plazos para sobrevivir. Vivir sobre.
Abajo, la aterradora, ineludible condición. Vivir a condición de sobrevivir. Condiconada al sobre. Dentro, nada. Dentro, llora. Infinitamente.

En superficie, entonces, deslizarse. O ni siquiera eso: morar en el plazo. Morar. Demorarse. A pequeñas sacudidas, des-plazarse. De plazo en plazo. Levemente. Tercamente. Para sobrevivir."
 
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