miércoles, 28 de julio de 2010

El gozo extremo. El extremado anhelo.Filosofía en los días críticos I




1

¿Y si la mañana fuese tan sólo una manera de asentir al vértigo?

7

Las heridas nunca acaban en sí mismas. Se llaman unas a otras. Como gargantas. Grandes gargantas que se suceden ululando. Cuidado al acercarse. Cuidado al escucharlas. Las proximidades de una herida son siempre pantanosas, huelen a cieno y su sonido es húmedo y gelatinoso. Contagian el mal del deseo, el mal de querer ser más que el destino, el mal de querer, de querer siempre lo que quiero por encima de todo querer ajeno. Una herida es la guerra.

31

La mente misma es el miedo.

53

Tener un corazón inocente significa, por ejemplo, asumir una mujer su propia barba con el orgullo con que Frida Kalho se retrataba con bigote. No como signo de masculinidad -¿qué habríamos de hacer con ello?- sino porque eso es su natural. Quien la rechazara por ello estaría defendiendo un patrón de medida, aquel con el que mide su propio miedo. Quien por ello la rechazara no tendría el corazón puro sino que habría cargado con la culpa de su pueblo.
Tener un corazón inocente significa no hacer concesiones, a menos que con ello se prefiera pasar desapercibida con vistas a la realización de empresas de mayor envergadura.
Quien no acepta a una mujer barbuda demuestra comprender el mundo a través de sus modelos, remitiendo a lo universal la naturaleza de lo particular, siguiendo un trasnochado platonismo. El accidente hace al ente, no la esencia. Y es en el accidente, en el punto crucial del suceso, donde cruje la fuerza de atracción que llamamos deseo. El amor a las Ideas no es sino el frustrado intento de aborrecer la impermanencia que nos construye accidentalmente.



116

Hay como una pesadez que inclina el cuerpo hacia su origen que siempre es abajo, como el del árbol. Una gravedad que insiste, cíclicamente, tenazmente, en hacer corresponder el cielo salvaje del espíritu con la tierra a la que pertenece. En mi vientre, cada mes, la misma garra me hace retroceder al tiempo de todas las gestaciones. Es mi sangre el pasado de mis hijos y el porvenir de los dioses: de barro los pies, de sangre la génesis. Dios, de haber existido, nunca hubiese sido macho; de haberlo sido hubiese engendrado tan sólo en lo invisible, la pura nada. Mi cuerpo, grávido, describe la circunferencia de los siglos: en cada luna inicia el recorrido de su propio nacimiento. Nacer: siento en mi sangre el clamor amurallado del primer "¡No!", el inicial rechazo a la embestida de la vida, el primer infortunio, la forzada voluntad apenas improvisada. Y luego, la repetición, la gran impostura del "¡Sí!", el préstamo que se otorga en la carne, la manera, tan injusta, de negar lo que se afirma en el hijo.
Cada veintiocho días me siento, cielo abajo, piernas adentro, tan habitada, tan ocupada por ese ser que siento tan otra y es, no obstante, la que más me frecuenta, la que dicta mis pasos en orden al sentir, la que dirige mi voluntad más imperiosa, más necesitada, más desesperadamente codiciosa en la ternura, la que me invita a ser esa otra que me tiene cada vez más emboscada, en alerta siempre, roja alerta que deja, intenso, su rastro de materia desprendida sobre lo que voy siendo.
Tan habitada me siento que no sé si hablo desde dentro de la sangre en tumulto, ni quién observa a la otra, ni qué otra soy yo.
Repito el espeso clamor de la vida tras una membrana opaca. ¿Será como un ahogo el respirar?



157

Nada desaparece allá abajo, en los escombros de la memoria. A menudo, una prenda a medio pudrir sale a la superficie, y es el infierno justo en el centro del paraíso. Aquí, entre la vegetación que crece al amparo de la imponente roca, se restaura la historia, las cicatrices se abren y corre un flujo pálido como de una oruga al pisarla. El infierno es el daño que infligimos a un inocente. El infierno sobreviene después, siempre después. No es una tardanza, ni una continuación, sino un dolor a destiempo, un agujero, un círculo que se abre como la boca redonda de una larva en medio de un presente que siempre es más benigno, un agujero que pide justicia, la restitución de un perdido equilibrio, lo que se debía y se debe ahora con creces. La inocencia pide calma, amor, cobijo, pide la indicación justa, pide la guía y el respeto. Aun cuando se degradan mis impulsos en la mirada que acoge sin juzgar lo que ve, el gran espectáculo del mundo, no puedo evitar que se instalen mis infiernos justo en medio de la nada, equidistantes de todas las pantallas sobre las que se proyectan las historias del mundo. Ojalá llegue el día en que mi mirada se vuelva espectadora de mi propia historia. Se habrán cerrado los círculos y tal vez habrá concluido una prueba, tal vez mi existencia.
No sé qué color tiene lo irremediable; sé que comienza allí donde tiembla un niño pequeño.



263

La vida se nos va. Y es tan sin sentido eso como seguir viviendo. Si yo no hubiese sabido nunca lo que es vivir un instante de dicha, la vida, el ir viviendo hubiese tenido algún sentido.
Voy ocupando mi tiempo, ese tiempo que me mide, entre aquellos raros instantes de plenitud, instantes ocasionales que podrían ser considerados como regalos del destino pero que, bien mirados, más parecen el cruel ejercicio de un sádico: te lo doy y te lo quito. No pidas más porque entonces no lo tendrás. Y si no lo pides, puede que tampoco. Nunca más o nunca se sabe. Procura vivir con el nunca-se-sabe. Fomenta la esperanza: el pasatiempo de los muertos en vida. Yo soy ese gato vivo-muerto que Schrödinger metió en la caja. Cuando lo sacó no era un gato, era un ratón: los experimentos se hacen con ratones. Nunca-se-sabe: un nombre parecido al de las edelweis, las flores que crecen junto a los abismos, las siempre-vivas las llaman en castellano -generoso idioma de espíritu romántico. No, las flores que crecen en las laderas rocosas de las cimas no son siempre-vivas, son nunca-se-sabe:

puede que al caer alguien despierte;
puede que al caer alguien se acabe;
puede que al caer alguien ni despierte ni se acabe;
puede que al caer alguien no despierte;
puede que al caer alguien no se acabe;
puede que al caer alguien no ni despierte ni se acabe.

Así aplicaría el jainista su silogismo, pero no tendría en cuenta que bien pudiera ser que alguien no cayera y sin haber caído se despertara, o que alguien que no hubiese caído se acabara, así, simplemente, al borde del abismo, de pena, de sueño, o de tanta inútil vigilia.


271

Ante mí todo se repite. Se repiten las voces, los rostros, los gestos, se repiten las frases a las que responde una voz que debió ser mía, que seguirá siendo mía mientras yo no sigo siendo yo. Todo se repite fuera, mientras dentro el mismo acorde suena sin pausa. Una llamada, una larga llamada como de ciervo en la berrea. Dolorosa, sorda. Yo sueno. Lo demás se repite, gesticula, se afana, pasa. Las palabras cambian, pero es igual: dicen lo mismo. Al fin y al cabo hablamos con muy pocos registros: ponemos palabras a los sentimientos, a las necesidades. Nos requerimos hablando. Lo que se dice es lo de menos -me refiero al discurso. No quiero ni puedo seguir enjuiciando, razonando, engarzando símbolos que quieren decir más de lo que soy. Hace años, cogí hierbas en la montaña; las puse a hervir y le di de beber a mi hijo pequeño. Se curó de sus males. Eso es lo que sé. No hay más que decir. Quise curarle y lo hice. No hay más que decir. No hay símbolos en ello. O si los hay, porque los encontramos o los buscamos, no sirven. Ya no me sirven. [...]




340

Quienquiera que crea que me desdigo se equivoca. Tan sólo me he deshecho de un lenguaje, aquel que decía la nada, la verdad, la vía, el maestro, lo profundo, el vacío, no soy, yo soy Él, el silencio, todas esas palabras en las que uno llega a creer olvidando lo que hay tras ellas, convirtiendo, una vez más, la palabra en la cosa, el lenguaje en reflejo o mímesis de una realidad palpable. De esta manera, tras el baluarte de lo único verdadero, llegamos a rechazar a todo aquel que utilice otro lenguaje. Hay otras maneras de existir. Los místicos que crearon aquel vocabulario lo hicieron para transmitir una experiencia por ellos vivida. Era su experiencia, y sus palabras eran auténticas: procuraban una correspondencia. Hoy, no cabe repetir; hoy son necesarios otros símbolos, otras metáforas. No se trata de reconocernos. Aquellos que utilizan hoy en día aquel lenguaje creen reconocerse, pero sólo reconocen vocablos familiares, y ése es el principio del fanatismo. Dice el fanático "tú eres de los míos" porque reconoce los vocablos, y es incapaz de ver bajo ellos y reconocer la vibración cordial, el temblor de la carne en su leve, perpetua resurrección.
Porque es la carne la que vibra, y es carne el espíritu, tensión erótica, abrazo y gozo. No adornemos con yeso el lugar de la resurrección. Indaguemos en la voz, en el ritmo; ello nos indicará la manera de decir adecuada a los tiempos. Poesía esencial no es aquella que se escribe al modo de los místicos de la India, de China, de Juan de la Cruz o de Walt Whitman; poesía esencial es toda aquella que dice con la palabra exacta aquello que somos cuando nos despojamos de lo aprendido, pero también, entonces, es la palabra que dice los gestos cotidianos, y da igual entonces que lo diga con sus palabras Juan de la Cruz, Lao Tsé, Whitman o Vikram Babu.


369

Descreer. Descreer. Eliminar el lastre de todas las creencias. Ése es el umbral del vacío, la puerta que conduce al interior que es centro y superficie.
No os con-venceré. No es un combate la enseñanza. Han venido a combatir, pero he aquí que el enemigo les dice "No creáis nada de lo que os he dicho, no creáis lo que os cuento." Ésta es la primera lección de filosofía; también será la última. Entre la primera y la última enseñaré lo que otros han pensado y han creído. Nadie puede entrar en el reino de la filosofía si no es sabiendo esta lección, la primera y la última. Ya no. Nunca más. Hemos creído demasiado. Hemos matado demasiado. Es hora de hacer limpieza. Que la nada espera a ser probada.


377

No cabe aumentar la producción teórica, mundo sobre mundo. Importa desmontar, no desestimar pero sí desmontar. En medio de su turbulencia, este siglo que se inicia quiere el desmantelamiento, la estructura al desnudo, la mente expuesta, sus raquíticos huesos ante la mirada habituada a contemplar sus símbolos, la aparatosa vestimenta con la que cumple sus rituales. Importa ver la tramoya, pisar el escenario, levantar los decorados, eliminar toda decoración. El decoro, ahora, ha de ser honestidad.



378

La fuerza, el ímpetu de Nietzsche y el estilo (perspicacia y precisión en el término, expresión inmediata) de Michaux. Unidas, ambas cosas despiertan el alud que dormita en la montaña. Sepultar al hombre viejo. Ya oigo el crujir de la nieve fresca hollada por la primera mujer que la pisara.



[Del "Epílogo"]:

Definiré estos escritos como un ejercicio de egocentrismo. ¿Qué diario no lo es? La cuestión de si el yo es o no un valor, en este punto, es irrelevante; lo cierto es que uno siempre habla y escribe desde sí, desde esos fragmentos de vida que des-doblamos y mostramos re-flexionados en la escritura. Así pues, lo que hace que una obra adquiera carácter de obra, tradicionalmente hablando, son las exclusiones, las tachaduras, los recortes. Un obra es, siempre, por eso, una laceración.
El sentido que la escritura le otorga a la vida, ese sentido que viene dado por la reflexión, es decir, por el hecho de que se la vea re-flexionada sobre sí misma, es fragmentario, adviene por sacudidas; la naturaleza de todo hacer y de todo pensar es la interrupción. Para darle sentido a una vida, pues, habremos de dar cuenta de las sucesivas re-flexiones que irrumpen y se interrumpen. Lo demás (el argumento, el desarrollo, las conclusiones) es escenificación o encuadre, estetización, artificio.
He querido mostrar los fragmentos sin más artificios que los que la propia escritura desencadena en su actividad. Por ello, estos cuadernos, lejos de presentarse como una obra que siguiera los patrones o pactos de lectura de la época, se han mantenido fieles al orden cronológico y muestran lo que fueron en su momento: alientos-sacudidas.
La constatación de la fragmentariedad de la experiencia no ha sido, sin embargo, la razón de mayor peso a la hora de decidir no manipular el orden de lo escrito y presentarlo en su forma original. Contribuyó a ello una vivencia muy particular que ha sido determinante para mí y cuyo relato tal vez escriba algún día. A partir de ella, comprendí la necesidad de mostrar, al desnudo, los saltos que caracterizan el proceder de nuestra mente y a los que acompaña la conciencia del yo siempre que no exista un observador que los contemple. Quien dice realidad dice percepción, y cada percepción tiene lugar en un "modo", engastado, digamos, dentro de un huso particular. Estos husos son modalidades anímicas que generan pensamientos de un orden u otro. Cambiar de módulo, pasar de uno a otro, depende de la resistencia del yo: la costumbre que fuerza a repetirse (solemos confundir la repetición con la seguridad) y anclarse en un sentimiento, en una idea o en un modo de ser. Desde entonces, la vida se me aparece como ese continuo transitar entre módulos, alojándose la conciencia ya en el interior de un huso ya en el interior de otro, sin otro timón posible que la conciencia del observador.
Por lo demás, entiendo la escritura como una necesidad que se genera para darle cauce a una energía que debiera cumplirse en el gozo extremo y se queda en extremado anhelo. En ese sentido, y debido a la inminencia, siempre, de un final que nos vigila, cada día de una vida es un día crítico.

(Fragmentos de "Filosofía en los días críticos", Chantal Maillard)

(Cuadros de Zao Wou-ki)



domingo, 25 de julio de 2010

Der Weg. Das Augenlicht.


































(De Auritz a la fábrica de Orbaitzeta, y de allí por senderos, bosque, círculos de piedras mágicas, hasta el Lepoeder: el alto cielo infinito. Luego, bajada por el camino de Santiago que sube desde Saint Jean Pied Port hasta Roncesvalles)

Encontré el lugar y no pregunté. No hacía falta: el propio camino era la pregunta y la respuesta, y la propia imposibilidad de preguntar, y la paz sin nombre.

Doce horas solo en el bosque y la montaña (unos 40 km de marcha, con muchas paradas, un desnivel de hasta 700 metros desde Orbaitzetako Ola hasta el Lepoeder).

La infinitud del verde, el silencio y a la vez el murmullo incesante de todo lo que vive en el bosque, bajo el bosque, en los huecos, bajo las piedras, toda la vida que prolifera, canta y se exhala -misterio, génesis, inagotable y susurrada fecundidad- todo esto es de una belleza intensamente verde, intraducible, pero que se puede recorrer...

Ich stehe im Wald

Der Traum kommt nicht

Aber der Weg

Das Augenlicht

Das Immer

innerhalb

viernes, 23 de julio de 2010

La mente que arde. Un poema de Danielle Collobert


Quaternity, Anselm Kiefer

Parler – ne parle plus
dire
n’arrive pas à dire – n’arrive pas
se taire – taire
n’arrive pas
un corps là existant
encore
encore
caresse – écarte – ouvre
déchire
doucement – vite
s’arrête
arrive – arrive
encore le corps
à rien
doucement se déchire
avant la fin
encore le mot
échappé – le corps – jusqu’au bout
pas si vite – suite des mots – à venir
encore le souffle
à l’instant
s’épuise – coule
retour
à dire
suite des mots – continue
se referme
ramasse les résidus
ramasse les débris
sort un gémissement
bouche ouverte
ne ferme plus
ferme les yeux
seulement la bouche
encore le mot
ne bouge plus
gémit
se débat – avec le souffle
manque
étouffement du mot
dérobé – volé
par en dessous
de l’intérieur
repart
rentre dans l’os
le cartilage
mord dedans
douleur
encore le cri
taire le cri
rien – silence


Hablar – ya no habla
decir
no logra decir – no logra
callarse – callar
no logra
un cuerpo ahí existiendo
aún
aún
caricia – aparta – abre
desgarra
dulcemente – rápido
se detiene
llega – llega
aún el cuerpo
a nada
dulcemente se desgarra
antes del fin
aún la palabra
fugada – el cuerpo – hasta el final
no tan rápido – sucesión de palabras – por venir
aún el aliento
al instante
se agota – se derrama
vuelta
a decir
sucesión de palabras – continúa
se cierra
recoge los residuos
recoge los vestigios
sale un gemido
boca abierta
no cierra
cierra los ojos
solamente la boca
aún la palabra
ya no se mueve
gime
se debate – con el aliento
carencia
ahogo de la palabra
hurtado – robado
por abajo
del interior
regresa
entra en el hueso
el cartílago
muerde dentro
dolor
aún el grito
callar el grito
nada – silencio

(tr.: Stalker)

lunes, 19 de julio de 2010

Está decidido...


Tsai Ming-liang

...voy a ofrecer mis servicios como coreógrafo a Tsai Ming-liang. Creo que tengo algunas ideas que aportarle :)





Calypso y Atchoo! Gesundheit! (The Hole, Tsai Ming-liang, 1998)



Visage (Tsai Ming-liang, 2009)

Y un pequeño juego-broma de verano:

¿en qué se parecen Stalker y Tsai Ming-liang?

El ganador tendrá premio.

abrazos

miércoles, 7 de julio de 2010

El centro


(de Auritz a Orbaizeta, septiembre 2009)

Para R.Ll., que pensó en mí al internarse en un caminito de tierra y observar a un caracol.



En los altos valles navarros, en los bosques que van de Auritz (Burguete) a la fábrica abandonada de armas de Orbaizeta, hay un lugar donde uno puede formular una pregunta y ésta será siempre atendida. No un deseo, no un ruego, sólo una pregunta.

Es un lugar que cambia constantemente, hay que adelgazar el espíritu para encontrarlo, leer las señales, aquietar las vibraciones interiores, procurarse el sosiego, reconocer.

Esta canción, voces búlgaras, entre el minuto 4'25'' y 4'35''. Ese intervalo, esos diez segundos. La pregunta que quiero formular tiene ese mismo tono, esa exacta afinación. La pregunta empieza ahí, en esas notas, en esa estricta delicadeza, en esa necesidad.

Ahora, otra vez, encontrar el lugar.

jueves, 1 de julio de 2010

Entrar

Para T.B., que quiso navegar en todas sus corrientes












Sansho Dayu (Kenji Mizoguchi, 1954)


"Me incorporo y despierto al agua a punto de ser agua."

Chantal Maillard


"Estoy desnudo ante el agua inmóvil. He dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas.

Esto era el destino:

llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua"

Antonio Gamoneda



Mucho antes de Mouchette, Anju entró en el agua.

Me ha llevado un tiempo entender que el agua es la vida. Porque también puede ser la muerte, pero aquí es la vida. He recordado un sueño que me contó mi madre y lo he entendido.

A Mouchette se la quiere rescatar. A Anju la acompañamos, nos invita a entrar en el agua con toda sencillez, con esa paz y esa lentitud. En un ejercicio de delicadeza sin igual, no vemos cómo se sumerge del todo: las ondas concéntricas de vida serán la última resonancia que alcance el centro de nuestro ser: esa desnudez, esa intimidad procurada por la mediación, la espera, el dilatado abrirse de una conciencia adelgazada.

En ese centro o espacio germinativo, nos abrevamos. Porque la memoria tiene sed, es vegetal y se expande en un crecimiento de líquenes. La memoria segrega.

Arraigo-desarraigo.

Y otra vez arraigo: en el tejido de lo callado y de lo vivo.

Ahí donde llega la tregua, la celebración, el ocaso.

Nos habla el paisaje sordo

y nos rodea el temblor del agua:

caemos al regazo


 
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