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viernes, 30 de diciembre de 2011

sábado, 24 de diciembre de 2011

¿Salvación?

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eso tiembla
y dice
no
no dice
acalla
y dice

palabra hocico trémulo
palabra tiembla palabra
desposee tallo tiembla calla

(hay una herida que se abre como un sol negro bajo el esternón)

no hubo regazo para cuerpo cae
cae cuerpo temblor palabra
tiembla tallo dice calla

mujer temblor talla palabra

desposee mira calla
regazo cuerpo cae


Nota: esta entrada pretende dialogar o ser el eco de esta otra: Cuerpo cae mujer.

Dedico esta pequeña salvación con interrogantes a Anamaría, Say, Pájaro de China y Emmagunst.

Imagen: Zao Wu Ki

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martes, 20 de diciembre de 2011

La condición humana

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Hace poco más de un año, un amigo empezó a llamarme, medio en broma medio en serio, "doctor Baltar". A mi sorprendida pregunta por ese inesperado apodo, respondió que yo me parecía mucho a un personaje de una serie de televisión que estaba viendo: Battlestar Galactica. Me dio a entender que el parecido no sólo era físico sino también de carácter, después de lo cual insistió en que viera la serie. Busqué alguna información y vi algún trailer y no quedé muy convencido, pero su insistencia hizo que decidiera ver unos pocos capítulos para averiguar de qué iba todo aquello...

Battlestar Galactica resultó ser una absoluta sorpresa y se convirtió en mi serie favorita, incluso por encima de las míticas Twin Peaks y Expediente X. Y ello porque, más allá de la trama, es un ensayo cinematográfico sobre la condición humana: lo que somos, lo que nos duele, lo que nos hace felices o desesperados, aparece en la serie con una crudeza, una desnudez (y una mirada compasiva) que nunca antes había visto en una serie de televisión... una experiencia quizá comparable, aunque en otros términos, al maravilloso film La condición humana, de Masaki Kobayashi...

No quiero desvelar la trama, pero es inevitable señalar el punto de partida: los seres humanos crearon a los Cylon, máquinas pensantes que al cabo de varias generaciones iniciaron una guerra de independencia y, una vez firmado el tratado de paz, desaparecieron. Han pasado cincuenta años desde las guerras Cylon, y estos seres regresan y exterminan a la humanidad en un apocalipsis de fuego y sangre. Sólo unas pocas naves espaciales sobreviven, y un total de unas 50.000 personas de los doce mundos o colonias de Kobol. La humanidad conoce la leyenda de un planeta remoto conocido como Tierra, al que supuestamente emigró la decimotercera colonia en tiempos mitológicos. Ese será el destino anhelado por los supervivientes: un lejano paraíso inalcanzable...

Los Cylons han evolucionado y son iguales a los seres humanos. Muchos han sido programados para creer que son humanos y han sido infiltrados entre los supervivientes como agentes durmientes a la espera de "despertar". La serie muestra cómo estas dos especies luchan despiadadamente, y el desesperado éxodo de la humanidad acosada de un sistema estelar a otro... Al cabo del tiempo, ocurre lo inevitable: algunos Cylon y humanos se enamoran, hay Cylons que defienden la causa humana y humanos que colaboran secretamente con los Cylon.

El argumento, expresado así, es poca cosa y no da idea de los admirables meandros de la trama, de la increíble sutileza psicológica de los personajes, de la insólita riqueza de la serie desde un punto de vista filosófico y existencial. Incluso hay un interesante trasfondo místico (que no revelaré) y una guerra de religiones: la humanidad es politeísta, adora a los dioses de Kobol, y los Cylon creen en un Dios-Uno, un Dios de Amor (que paradójicamente ampara su devastadora cruzada).

Una obra sinfónica y poliédrica sobre la condición humana: en el retrato aparecemos como seres violentos, egoístas, depredadores, taimados, pero también capaces de la mayor delicadeza, de la más sincera ternura y compasión. La condición humana.

Es también, hasta donde conozco, una de las pocas obras cinematográficas donde la mujer no es instrumentalizada por el hombre, que es siempre quien detenta el poder y la esclaviza simbólicamente (convirtiéndola en mero objeto de deseo); aquí las mujeres son tanto o más poderosas que los hombres, y sus decisiones y pasiones no obedecen a la voluntad de ninguna mirada androcéntrica: la presidencia de las Doce Colonias recae en una mujer; la almirante suprema de la flota es mujer, así como los mejores pilotos de combate (Kara Thrace o Kat...); en la casi perfecta democracia Cylon, son las mujeres las que detentan el verdadero poder, lo que deja sospechar que constituyen una especie de matriarcado flexible...

Por otra parte, algunas de las interpretaciones, como el comandante Adama o la teniente Kara Thrace, se cuentan entre lo mejor que he visto nunca en cine... se me han saltado las lágrimas muchas veces.

No exagero al decir que ésta es una de las experiencias estéticas más intensas y demoledoras de mi vida.

Quien se anime a verla lo comprobará (imprescindible la versión original; el doblaje es increíblemente nefasto)


Bill Adama, comandante del crucero de combate Battlestar Galactica
Laura Roslin, presidenta de las Doce Colonias


Samuel Anders, uno de los líderes de la resistencia en la Cáprica ocupada por los Cylon; Lee Adama, jefe del grupo aéreo; Kara Thrace, la mejor piloto de la flota


especialista Cally Henderson; jefe de mantenimiento Galen Tyrol


coronel Saul Tigh y D'Anna Byers


reverendo Cavill, sacerdote y agitador cultural


teniente Sharon Valerii, especialista en operaciones de alto riesgo


Kara Thrace y el "pianista fantasma"



La Cylon Cáprica 6 ocupa una posición destacada en la jerarquía de mando Cylon. Gaius Baltar es científico y supervisor de los protocolos del sistema de defensa de las Doce Colonias. Una de las historias de amor más singulares que uno pueda imaginar...


almirante Helena Cain, comandante suprema de la flota de las Doce Colonias


Tory Foster, jefe de gabinete de la Presidencia


Tom Zarek, para algunos, un terrorista; para otros, un luchador por la libertad


El puente de mando del Battlestar Galactica. De izquierda a derecha empezando por la fila de atrás: comandante William Adama; teniente Karl Agathon; coronel Saul Tigh; teniente Félix Gaeta; oficial de comunicaciones Anastasia Dualla


Y por último, un tráiler de la serie... Aviso de que en estos breves minutos no se aprecia el trasfondo filosófico ni la densidad psicológica de los personajes: tan sólo es un ensamblado de escenas de acción, pero al menos puede dar una idea de la textura visual.




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sábado, 17 de diciembre de 2011

donde fluye carencia

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Monjes, no os engañéis: lo que único que tiene el ser humano es su carencia

Buddha Sakyamuni, Udana sutra


El vértigo ocurre justo en el límite, siempre en el límite, ahí donde nuestros sensores se revelan incapaces, ahí donde empieza la ceguera. Si el poeta es tradicionalmente ciego es porque encara los abismos con su carencia misma, su carencia es la faz que presenta a lo incógnito incognoscible, y su carencia, por eso, es su don, y de ella habla; su don es hablar de su carencia desde su misma carencia.

Chantal Maillard, Escritos sobre pintura. Henri Michaux


Carecer de algo también tiene fragancia y energía.

Robert Walser, Jakob von Gunten


LA CARENCIA

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Alejandra Pizarnik

Imagen: Zóbel


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jueves, 23 de junio de 2011

la impureza: el tacto: una vida. Poemas de Ana Hidalgo



Porque no sabíamos ser préstamo

Porque no sabíamos ser préstamo ni sabíamos durar, comerciábamos, de materia a materia, de alimento a alimento, sin préstamo, sólo aparentes, instrumentos, cedidos, sólo la única forma de ser buenos, solo la única forma de referirse físicamente a la bondad, porque no sabíamos ser préstamo ni sabíamos durar, en la premura de lo tomado y la piedad del vendedor, donde yo sostenía el objeto, donde yo lo consentía, lo alzaba, donde yo era la intrusa, el olvido, y sólo la propiedad y el precio, lo atenuado, la bondad. Comerciábamos con objetos, nos sentíamos próximos a la madera y comerciábamos con madera, también estábamos vinculados a los alimentos y comerciábamos con ellos, cedidos y materiales, aparentes, propicios, porque no sabíamos ser préstamo ni sabíamos durar, en la caducidad del alimento y el envés de la madera, sólo aceptábamos el comercio de objeto a objeto, de premura a premura, donde la bondad y lo hostil, donde lo insustituible, en la resolución de la mitad y el arrepentimiento de la mitad, sólo aceptaba que el comercio fuera un intercambio de materia, un intercambio de impureza, desigualdad, apariencia. Si hallábamos peces comerciábamos con peces, próximos a un pez, vinculados al alimento, sólo aparentes, cedidos, olvidados, sólo la única forma de ser buenos, la única forma de referirse físicamente a la bondad, en la brevedad del arrepentimiento y la compensación de lo inmediato, en el desconocimiento de una desigualdad inesperada, donde los peces iguales y muertos tuvieran la impureza de nuestros dedos en sus cuerpos, ya que no sabíamos ser préstamos ni duraderos, las manos alzadas de alimentos a alimento, de premura a premura, sólo caducos, efectuados, bondadosos, comerciábamos y anulábamos.



La madre de César Vallejo

Mi madre no era la afirmación de la existencia. Ella había percibido la belleza y el principio, ese suelo lleno de arena y esas manos que tocaban la arena del suelo, esa ropa manchada que su hija tenía que ofrecerle, pero mi madre no era la afirmación de la existencia, porque ella nunca había esperado una sincronización, nunca había esperado la liturgia del lugar, aunque durante un tiempo sí creyera en un pan que tocaba las manos y los labios. Pero a pesar de ese pan que quizá podía tocar las manos y los labios, mi madre no era la afirmación de la existencia, no era la creencia ni la liturgia del lugar, sino una mujer que inclinaba su cuerpo y levantaba su cuerpo, el sufrimiento y la visión, un fragmento del amor y el trabajo. Porque mi madre no era la afirmación de la existencia, sino que mi madre sufría, y ese sufrimiento me obligaba a las personas, me obligaba a conocer el nombre de las personas, a ser desnuda y mediada, la especificidad de la muerte, el tacto del desplazamiento, la descomposición de la sintaxis. Descompuse la sintaxis porque mi madre no era la afirmación de la existencia, no era mi destino, pero había un pan que tocaba las manos y los labios, un pan que comimos mi madre y yo, y entonces yo podía descomponer la sintaxis, amar la caída, ser la insignificancia. Mi madre era una vida.

Ana Hidalgo, Hallar una hendidura

Imágenes: Anselm Kiefer
 
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