
-¿Cual es tu tierra prometida?
-A mí no me prometieron tierra alguna. Por eso debe ser que vivo desterrada. Anhelo una tierra sin domesticar por los hombres. Anhelo encontrarme con mi animal interior, el inocente.
(Tomado del “encuentro digital con Chantal Maillard” en ElPaís.com. La pregunta es de un internauta.)

Toda revelación ha de merecerse. Merecer: no se trata de merced concedida ni tampoco de gracia divina. Merecer es haber hecho hueco.
El sufrimiento abre hueco. El sufrimiento es la voluntad del mí (voluntad-deseo) anegada. Por eso hace hueco. Libera el espacio donde la revelación adviene. Donde puede advenir, siempre. Siempre que haya desocupación. Abajo.
He comprendido el milagro. Vuelvo a la superficie. Ningún dios me ampara.
2. Cuando un artista dice “esta obra no funciona”, quiere decir que en algún lugar de la obra la lógica se quiebra. Como una frase o un silogismo mal construido. Hallar el fallo es rectificar la lógica. Toda creación es un sistema lógico. El mundo lo es. ¿Son las notas al margen un simple fallo lógico?

Descargada. No de un peso, no, de fuerza, de poder. Sin poder. No puedo. Desposeída de fuerza, no puedo poder. Deshabitada: sin hábito del dentro.
Necesidad de templo. Des-templada. Fiebre de ausencia en los dedos que crujen, rígidos. Ausencia en los huesos. Me florecen angustias en los dedos.
Entono un canto. Ocho notas. Entro en el tono de la angustia. Caverna, resonancia devuelta a su nota. Asolada reflexión de la materia en su germen. Sin cauce. No llega. No hay llegar. El mí quiere salirse. No, yo quiero salir del mí. Pero el cansancio. Me re-pliego. Repliegue en el mí. El menor esfuerzo: el pliegue ya trazado.
Sin embargo la fuerza, la fuerza del dentro. La que se agita y mengua, concentrada en sí misma, caverna del sí mismo que se ahoga en su esfuerzo por ser algo más que una y misma.
Despoblada. Enferma de des-población. Deshabitada del pueblo que fuimos, al unísono, sonido unificado, fuerza de los muchos. Desasida, desasistida de pueblo. Despoblada.
3. Que no te envidien: la envidia es malestar. Te odiarán. Ser odiado es malestar.
Que no te compadezcan: la compadecencia (que no es compasión o compadecimiento) acrecienta la separación. La separación es malestar.
Por ello, no muestres ni excesivo bienestar ni excesiva desgracia. Mantente fuera del huso de la alegría y del de la tristeza.
(Tras los husos, la sabiduría es lógica).
Abajo, la aterradora, ineludible condición. Vivir a condición de sobrevivir. Condicionada al sobre. Dentro, nada. Dentro, llora. Infinitamente.
En superficie, entonces, deslizarse. O ni siquiera eso: morar en el plazo. Morar. Demorarse. A pequeñas sacudidas, des-plazarse. De plazo en plazo. Levemente. Tercamente. Para sobrevivir.
9. Occidente se entromete. Occidente con su libertad asoladora. Misionera de derechos humanos. Hicieron falta derechos ahí donde dejó de haber respeto. Hicieron falta leyes ahí donde dejó de haber comprensión. Occidente y sus derechos conquistados hace apenas dos siglos en función de una industrialización esclavista. Exportándolos ahí donde el respeto y la comprensión de la naturaleza humana hacía oficio de ley. Exportando sus códigos éticos después de haber exportado sus valores de mercado, como compensación, como complemento. Después de haber introducido los valores de depredación que fomentan la competencia, la rivalidad, la envidia y la insatisfacción. Sólo en una sociedad que no tiene necesidad de la unidad del grupo para sobrevivir pueden permitirse los individuos una economía del deseo y la provocación.
Habré de perderme a mí ya que en el mí se aloja todo dolor. Digo dolor para nombrarlo, exorcizarlo, y en el nombre me digo, para exorcizar al mí. Escribo el mí para que resbale hacia la página, pero se me pega a los dedos y no acierto, no acierto a diluir en la tinta el llanto. A sacudidas me digo, a sacudidas, la letra, y luego...
Contra lo irremediable me alzo, alzo el grito, contra lo irremediable. Vago por el mundo dejando un rastro de gritos. Cada saludo, un grito; cada sonrisa, un grito. Mi sonrisa oculta el primer grito del mundo, el único, el mismo, aquél que brota en el final, cuando ya nada importa.
Intrusa de mi mundo y del ajeno, no hallo lugar para el descanso. La fe de los comienzos, no; el perdón, no. Sólo el balbuceo. La salvación, no. Sólo el balbuceo. Después del grito, el balbuceo. Asolada, el balbuceo.
Mis pasos doblándose hacia dentro. La mente desposeída de estrategias. Sólo el balbuceo.
Dolor, ni tan siquiera –palabra sin sentido.
No abro las cortinas. Ninguna cortina. La habitación a oscuras.
Málaga, Damasco, Delhi... en todas las ciudades la vida me es ajena. Todas las ventanas son la misma ventana. Todas las aceras reciben el mismo cuerpo. La misma soledad cayendo, excesiva. Morir es un exceso. Me ex-cedo. Balbuceo.
Sigo alimentándome tan sólo para poder decir el exceso. A contra-vida. Abajo. Y a nadie que esté vivo ha de importarle lo que digo. No es más que un murmullo soterrado, apenas inquietante.
10. ¿Qué le debe el norte de Europa a los pueblos trashumantes? ¿Qué tienen que ver conmigo los monoteísmos nacidos del desierto? No reconozco en ninguna de mis células un ápice de monoteísmo. Por mi cuerpo no viaja esa memoria, sino la fecundidad oscura y contenida de los líquenes y el musgo en los bosques inmensos. Alma pagana, mi historia está libre de amos omnipotentes y celosos.

Voluntad maga, creadora, prolongadora, perpetuadora.
El problema es la fe, esa fe. “Si crees en mí”... El “mí” no era necesario. No lo es. Tampoco el Él, ni el Eso. Tampoco es necesario el “yo soy Eso”, la remisión a lo Otro, ni la proyección, ni la introyección, ni tampoco la fusión, la asimilación o la Identidad. Nada de eso es necesario. Tan sólo la fe: esa fe. A la vez voluntad y saber.
11. Una mujer cuya hija estaba enferma dijo: “Es culpa de la higuera”. Y taló la higuera. La hija mejoró; la higuera volvió a crecer. La mujer cuidó la higuera, respetuosamente.
Conjurar es proyectar una idea en un objeto con fe absoluta. El objeto (la higuera) es el medio. La voluntad moldea, in-forma aquello sobre lo cual quiere actuar y, entonces, lo manipula (tala la higuera). La voluntad halla su cauce en las formas. Es éste el principio de la brujería. Del milagro también. La voluntad actúa siempre que quien la proyecta lo hace con absoluta confianza en los resultados. El requerimiento de la “pureza” del actor (del que actúa) tal vez sea una censura preventiva. Tal vez no.

He olvidado la historia. He olvidado la historia de todas las historias. Ochenta generaciones apenas me separan de quienes me engendraron en el siglo primero de nuestro calendario. Me contaron entonces, al iniciar el cómputo. Tan reciente es, para el que cuenta, la antigüedad. Hace poco el abuelo de mis abuelos llevaría armadura o aplastaría el hierro candente sobre el yunque; hace poco la abuela de mis abuelas llevaría zapatos de raso o de esparto; pisarían ambos la tierra que acaricio o que golpeo, harían preguntas que no tienen respuesta, mirarían con ojos grises como los míos, morirían de frío o de dolor; tal vez, no hace mucho, todos aquellos que me engendraron recordaron su infancia, contemplaron sus manos y consideraron los tiempos futuros tan oblicuos como un tejado de las tierras norteñas y la vida como nieve cuando empieza el deshielo, escurriéndose en bloque desde los canalones.
12. En el huso de la racionalidad, el discurso. Fuera del discurso, la compasión.

Trazar en lo sólido para poder trazar más arriba. Literatura, no: la literatura embadurna, confunde. Añade (probablemente a eso aludía Platón. Tal vez.). Pero sí el ritmo. Porque el ritmo permite el paso. Hace vibrar el límite y se hace porosa la membrana. A veces la adelgaza, al estirarse. –No veo lo que digo; no hay visión para lo que escribo. Lo que veo se va trazando a medida que lo escribo. Hago profesión de escritura –para sobrevivir.
15. Cuando alguien asegura con contundencia la veracidad de sus dichos en materia de espiritualidad: sospechar. La palabra es razón que construye y no puede, la razón, emanciparse de la lógica que establece el orden de las representaciones –para el conocimiento. Fuera de dicho orden, el conocimiento no es posible y sobra el decir.
En materia espiritual, atender al balbuceo, como mucho. Sobre todo, atender al silencio, ese silencio: la callada inocencia recobrada, el no saber cargado de compasión por los seres que viven con su hambre.
-En un principio fue el Hambre. Y el Hambre creó a los seres para poder saciarse. Y el Hambre era la muerte, para los seres. Inventaron remedios, buscaron curarse, pero el Hambre dijo odiaos y luchad unos contra otros, para poder saciarse. Y el Hambre introdujo el hambre en los seres, y los seres se mataban entre sí, por causa del hambre. Y el hambre era la muerte, para los seres.
Volver a cantar. Volver a en-tonar el habla en el registro adecuado. El habla que no dice, o dice de otro modo lo que la voz transmite.
Hablar en dos registros: fuga de ámbitos. La voz del concepto modulada en una trama paralela. Arriba, el razonamiento: la razón extralimitándose en lo abstracto. Abajo, el canto.
Si no os pegáis a la letra, prometo cantar.
Cuidad –cuidaos– del extravío en las palabras. Adaptad el alma al vehículo, paralelamente.
Prometo volver a cantar, aunque por un tiempo breve, muy breve. Fuera del hábito, me esperan –¿quién espera? Nadie. No hay nadie.– En todo caso, sería descortés hacerles esperar ahí donde no hay nadie.
Pero ¿no será impostada, mi voz, en cualquiera de los lenguajes que hable a partir de ahora? Mejor pedidme el silencio, pedidme mi silencio. Lleva lo poco que puede ser enseñado.
19. ¿Dónde la plenitud de aquellos días en que el olor de los pinos se confundía con la propia respiración, la calidez de la piedra con el tacto, el mar rutilante con los propios ojos? ¿Qué fue de aquella inocencia en la que la percepción, lo percibido y quien percibe era uno y lo mismo? –Conciencia suprema, denominaba el filósofo de Cachemira a aquella unidad.- El largo camino que desemboca en la intuición mística ¿no será acaso el de un retorno a cierto estado de la infancia? “Sed como niños”, dijo el hereje de la tribu de Israel. Antes de la separación de quien percibe con las cosas percibidas. Antes de la diferencia.
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[Husos. Nota de la contraportada]
Husos es una teoría de la mente que se construye con el material de la propia vida; una topografía de los espacios mentales en los que se ubican las emociones y los estados de ánimo, reducidos a connotaciones sintomáticas de imágenes más o menos perdurables. El observador, ya presente en los Diarios indios, aquí, en una vuelta de tuerca más, va elaborando el método. Un método para ver, para controlar, para sobrevivir. Al observador le interesa conocer el mecanismo de las imágenes, su producción, su proceso de decantación, sus fisuras. Sus sedimentos, también: el magma de la memoria y, por supuesto, sus fluctuaciones. Su voz es la de una conciencia que atiende a sus propias idas y venidas, una voz entrecortada por la inmediatez de la experiencia y la voluntad de hacerla aparecer en la escritura. Es ésta una escritura cada vez más resistente a plegarse a las formas convenidas, extrañada del lastre que arrastran sus conceptos, obligada a desactivarlos hasta el balbuceo. Sin embargo, es también, para el observador, la única herramienta, la que trazando puentes entre los husos, haciéndolos porosos, le salva de quedar atrapado en cualquiera de ellos y le permite situarse en un lugar de neutralidad donde la actividad de la mente, ese haz de husos tensos, queda suspendida. O ¿será ésta otra ilusión? “¿Cuál es el huso del observador?”, pregunta el observador.
En el sistema de resonancias que se establece entre la voz principal y las Notas al margen, y en la infracción de sus límites, que son también los del lenguaje y sus géneros, se desenvuelve la pregunta. Ese espacio de reconocimiento es la razón de ser de una escritura que, más allá del vértigo, se expone y da cuenta de sí misma. La teoría del conocimiento acaba siendo, a la postre, una novedosa indagación sobre los límites del lenguaje.
Imágenes: Fernando Zóbel

