The only Ghost I ever saw
Was dressed in Mechlin – so –
los guiones de Dickinson, sus fantasmas gramaticales, no sólo sugieren un fuera de campo, una voz en off, un margen textual insuperable, una sustracción o una pérdida: ofrecen la plenitud, el rastro de una ganancia sin cálculo, el signo secreto de un verano tardío
son una fuerza de la naturaleza. Heráclito: physis krípteszai filei: la naturaleza ama ocultarse. Lo que sale a la luz (lo que brota, lo que emerge, el géiser que es la lengua y el corazón que Dickinson vierte en el mundo) ama esconderse
ama esconderse para ofrecerse luego, como brote, como gozo, como vida incesante, como devenir
hay en ese gesto de escamoteo una sutileza y un regalo. Pocos poetas han dado tanto, y tan delicadamente, como Emily Dickinson en sus guiones que fluyen y hacen fluir
un regalo en varios niveles: el don de la suspensión, la multiplicación de los sentidos, lo que nace y muere -y vive intensamente- en los intersticios, en las ruinas de la sintaxis llevada a una extrema tensión creativa. Temblor y espera. Pudorosa exhibición de la fragilidad. Anamnesis de las sensaciones
los guiones: recurso para colmar el intervalo entre ella y sí misma. Esa extrañeza. Un dispositivo del deseo. Para encontrar una fuente secreta (ajena a rastreos del Origen: no hay origen. La obra de Dickinson como extenso poema circular, retícula o madriguera con múltiples entradas y salidas)
desde el corazón del siglo XIX y en la América profunda, se adelanta a la estética del balbuceo, presagia la vulnerabilidad que el poema mostrará en el siglo XX. Su hueso desnudo. Su calcinación. Su intemperie
los guiones en Dickinson: fantasma y éxtasis. Fantasma en el éxtasis. Deseo. Resurrección
fractura interna del sentido que, sin embargo, señala una reconciliación: la del lenguaje en su vertiginosa re-flexión. Dulzura convulsa de una tensión imposible
saltos de agua que reclaman una atención fascinada
huecos frondosos a los que hay que acercarse con el placer intacto
aporía. Suspensión de la lógica convencional. Acceso a una lógica-otra, a otra piel, a otro mundo. Momento espectralmente supremo en la seda del lenguaje
los traductores que arrebatan a Dickinson sus guiones cometen una incomparable tergiversación: ¿cómo eliminar los fantasmas del poema y pretender que éste continúe materializándose con idéntica y pavorosa intensidad? Quien así traduce está al servicio de la lengua del Padre, la lengua del Poder que niega la diferencia. Quien así traduce parece ignorar las regiones fecundas que alientan en ese signo que marca, con su presencia, la deuda infinita de la lengua
tal vez Dickinson haya sido la primera en balbucir la lengua de la Hermana (en expresión de Claire Lejeune)
o tal vez la suya sea una lengua marginal tejida de caricias-animales, hilos sueltos del sentir, el ovillo de los afectos:
una estructura sin tiempo:
lengua de líquenes que avanza como una infección, conquistando parcelas sucesivas de asombro, demorándose en lo que nos duele, para sanarlo
arcilla trémula de un "espíritu" que no condesciende a las verdades unívocas. Poesía abismada en instantes que encarnan la más perfecta lentitud, tan nítidamente musgo los sentimos
Dickinson se atreve a seguir el camino del no-ser (tabú fundacional de la ontología). O mejor: se atreve a vivir entre el ser y el no-ser. Crisálida musical, honda crisálida entre varios mundos. En la fragilidad y el aroma del "entre". El espacio de transición en el que nace, precisamente, el fantasma
lo que de temblor y dulzura hay en el lenguaje que se asoma a sí mismo en su cortocircuito
lengua, al fin, sobrevenida en una radiación frutal, agreste, dilapidada, incontenible
los guiones son esos animalitos juguetones que vinculan lo diurno y lo nocturno
los guiones nos miran, nos acarician, nos interpelan, nos invitan a una suspensión, a una arritmia, a un eclipse
los guiones fascinan: son ramitas que los poemas ofrecen para prender en ellos nuestra curiosidad de pajaritos. Ramitas para descansar del vuelo, de poema a poema, y avanzar hacia las ramas más altas. Estancias para detenerse un instante y conversar con el astro ausente, antes de continuar el viaje
guiones: varitas de zahorí que agitan el agua interior, el agua de lectura viva
ramitas imantadas que proponen el espacio abierto de la atención lectora como lugar de germinación de un tiempo libre, un tiempo de ilimitada libertad donde la síntesis, el apaciguamiento del poema, su raíz, es aún posible
esos guiones nos dejan el sabor de otro tiempo, más dilatado y pleno, el sabor de una entrañable fruta exótica que paladearemos más tarde
(y en cuanto a los petirrojos... los petirrojos de Dickinson somos nosotros, alimentados por su pan mágico)
Kaze tachinu (Hayao Miyazaki, 2013)
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