Mi abuela mataba a sus animales con sus propias manos, y yo nunca comía. Ahogaba los perros recién nacidos en un balde de agua, y yo intentaba salvarlos (sólo para llevarme un coscorrón y que los perritos volvieran al balde; en realidad lo único que lograba era prolongar su agonía).
Mi abuela no era cruel: cuidaba a los animales, amaba a los animales. Y los mataba para alimentarnos, o por no poder asistir a más bocas. Sabía matar de un solo golpe infalible, reduciendo el dolor, o el vértigo de la extinción, al umbral mínimo. En la matanza del cerdo, recuerdo que corría a esconderme entre los olivos con las orejas tapadas para no escuchar el alarido de los animales, que, a pesar de todo, me taladraba de fragilidad. Esas manos que sabían matar me daban de comer, peinaban mis cabellos, me cosían los botones, y era el mismo gesto económico, la misma austera delicadeza la que unía esa vida, esa muerte, hasta el punto de volverlas inseparables.
mi abuela era el horizonte
de muerte-vida
ella y el filo
piadoso
de sus manos
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domingo, 15 de mayo de 2011
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