
La conversación no existe: existen dos monólogos. La próxima vez que hables con alguien, observa cómo le impacientan tus intervenciones. Está ansioso de oírse a sí mismo, tú no eres más que un fastidio tolerado –un confesor o un apuntador.
Platón ideó el arquetipo de conversación y la plasmó en sus libros. Estableció el diálogo ideal: uno que diserta, se ordena, jerarquiza pensamientos y los amontona como escombros, otro que le sirve de muleta, que le brinda oportunos apoyos dialécticos
-preguntas retóricas, conjunciones, interjecciones de asombro. Usamos a nuestro interlocutor para construirnos, rememorarnos, añorarnos. Así, el arte de la conversación es el gran arte de la vanidad y la masturbación. Claro que tampoco estoy descubriendo nada nuevo.
