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miércoles, 10 de abril de 2013

La obediencia



Hace más de un año que abandoné esta bitácora y en ese tiempo han cambiado muchas cosas en el tejido social y político a nivel nacional y europeo. Siempre hemos sabido que vivíamos en un simulacro de democracia (uno más entre otros simulacros) pero nunca como hasta ahora el cinismo, la mentira constante, la abierta depredación, la más rotunda abyección habían sido tan obvias, tan manifiestas, tan sangrantes como en estos tiempos de manipulación política y mediática. Un gobierno represor, corrupto e incompetente (y cuya acción en el asunto de los desahucios y en los recortes sanitarios ha provocado muchas muertes; y esto, hay que decirlo abiertamente, se define como criminal). Una monarquía intolerable y antediluviana, formada por asesinos de animales y ladrones. La atapuercana jerarquía eclesiástica que vuelve a campar a sus anchas y acaba de entronizar a un nuevo hipócrita en el solio de Roma. Unos medios de comunicación sin escrúpulos, que sesgan la información y trabajan para la ceguera y la sumisión colectiva, criminalizando el menor atisbo de desobediencia civil, designando como violencia todo lo que se sale de los márgenes del código cívico que ellos mismos han escrito (para defender los privilegios de las clases dominantes). Una Europa vendida a los especuladores financieros, a los arquitectos de las tendencias sociopolíticas, que se encargan de desmontar el relativo y precario Estado del bienestar que habían logrado las naciones occidentales en el capitalismo tardío.

Todo esto son obviedades que han sido diagnosticadas con gran precisión por algunas mentes lúcidas. Pero en todo ello hay algo menos obvio, algo muy inquietante y que nos afecta a todos: las razones por las que la población no se rebela contra este estado de cosas, las razones de la apatía, la sumisión, el inmovilismo político y social. Nos encontramos en una balsa de aceite, en una especie de resignación colectiva, muy preocupante y que causa una gran perplejidad. Algunos pensamos que con el caso Bárcenas algo estallaría, que la sociedad se movilizaría al fin, pero no ha pasado nada. El 15-M parece diluido, aletargado. Las protestas son pequeñas, sectoriales, difusas, ineficaces: los médicos por un lado, los profesores por otro; los bomberos en otro lugar (sólo la PAH está logrando algo, con su valentía y constancia). No se ha gestado un gran movimiento dinámico, una efervescencia mental, creativa, subversiva, que active las conciencias dormidas en un gran grito, en un gran frente de resistencia frente a la impunidad reinante y el desparpajo con el que nos ciegan día a día sin que movamos un músculo.

No cabe duda de que estamos en la sociedad más obediente de toda la historia, y me gustaría saber cuáles son las razones de esta apatía, de esta ciénaga en la que vivimos. Creo conocer algunas: los que hemos nacido en la democracia, hemos llevado una existencia cómoda, donde los aspectos básicos de la vida se daban por sentados. El consumo nos ha desactivado como seres políticos, ha domesticado nuestra conciencia con el sueño del progreso ilimitado, ha saciado nuestra inquietud con evasiones diversas (productos culturales, viajes a bajo coste, medios de comunicación...). Hemos sucumbido al gran sueño hipnótico del Mercado Universal, a la gran fascinación de la fiesta consumista, depredadora, adocenada, como marionetas teledirigidas cuyos hilos empiezan ahora a ser cercenados. Si miramos alrededor, encontramos una población embrutecida con el fútbol, enajenada en las redes sociales y los iphones y smartphones de última generación (tecnologías que han sido concebidas para el control social, para inducir un estado de somnolencia permanente, para disolver el impulso político en una falsa ilusión de comunidad), alienada por los cotilleos televisivos, el imperio de las modas, el gran hastío de la noria consumista. Los medios de comunicación, la familia, el mercado de trabajo y el sistema educativo nos han inoculado la obediencia hasta el extremo de que cuando se cercenan los derechos no hay reacción posible, no parece haberla, y quien se resiste enseguida es estigmatizado como "violento": porque pretende escapar al rebaño que corea un único estribillo servil.

Por mucho que organicemos el olvido y la indiferencia a escala nacional y europea, por mucho que nos ceguemos a esta realidad, no puede negarse que la solidaridad es prácticamente inexistente más allá de la ética de proximidad (los lazos familiares y de amigos). No estamos dando una respuesta global y solidaria a esta crisis sistémica, a este cambio de paradigma en el que estamos inmersos y que nos degrada. Este invierno, quien aún puede permitírselo sólo ha pensado en irse a esquiar. Quien aún puede consumir, sigue consumiendo, viajando, disfrutando de los placeres del mundo en el que ha sido educado y para el que no concibe ninguna alternativa. Quien aún se lo puede permitir sigue llevando la vida de siempre, ignorando el sufrimiento ajeno, el sufrimiento próximo de tanta gente desamparada y también el sufrimiento lejano, cómodamente invisibilizado, de tantos niños esclavos, de tantos seres humanos masacrados en otros continentes, de tantos animales asesinados y ecosistemas destruidos...

Seguimos en nuestro sueño, gestionando nuestras precarias vidas, nuestros afectos, nuestros pequeños vínculos, como islas independientes, egocéntricas, insolidarias... mientras, y ante la apatía generalizada, seguimos avanzando en la devastación ecológica inminente, inconscientes de las repercusiones medioambientales de nuestros actos cotidianos, ignorando la extinción de especies de plantas y animales, la barbarie genocida de la industria cárnica, la génesis secreta de las guerras venideras, etcétera...

A este paso, el mundo será un lugar difícil de habitar dentro de un siglo. Sólo un ciego no lo vería. Pero persistimos en nuestra indiferencia, en la defensa de nuestras pequeñas existencias en detrimento de un movimiento colectivo y un cambio de actitud que pasa, inevitablemente, por la conciencia ecológica, el decrecimiento, el respeto a toda vida, próxima y lejana; y la creación de vínculos solidarios, comunitarios, con nuestro semejantes y también, especialmente, con los que no están tan cerca: los seres que sufren lejos, los animales, las plantas, los otros, los siempre otros...

Es hora de romper nuestra inalterabilidad respecto al alter, el silencio petrificante, la ciénaga de la mente, la todopoderosa apatía tribal.

No seré tan ingenuo como para excluirme de este diagnóstico. Me aplico estas palabras a mí mismo en primer lugar. También tengo que activarme y despertar. Dejar de hablar y actuar de algún modo. Como todos nosotros. Porque todos somos responsables, nos toca a todos. Esta ignorancia e indiferencia somos todos.

Ha llegado la hora de indagar en las causas de esta obediencia total y empezar a abrir brechas en ella.

PD. El otro día encontré un vídeo de Iñaki Gabilondo en la Cadena Ser que habla de todo esto. Es obvio que este periodista no es un revolucionario ni pretende aniquilar el statu quo, pero se pronuncia con mucha serenidad y hace un diagnóstico muy preciso de la situación actual. No os perdáis este vídeo, por favor:
 
y pinchad también en esta viñeta para leer su contenido, no tiene desperdicio:

 
                           Imagen: viñeta de Miguel Brieva

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