
Cuando Oharu piensa o medita, se apoya contra una superficie: pared o columna que sostiene su balbuceo, su hambre. Cuando llora, cuando se desespera, se tira al suelo. Cae al suelo para llorar: busca el regazo y la horizontalidad, cae toda entera y se entrega al llanto.
Pocas veces he visto caer así a un ser en el cine. Esa caída despierta un movimiento compasivo inmediato. Se cae con Oharu, se llora con ella. Carne adentro. Intemperie adentro, aunque las lágrimas, a veces, quieran brotar. Mizoguchi filma con cierta distancia y una gran delicadeza, sin abrumarnos con las convenciones del melodrama occidental, pero aun así la cercanía y la intensidad insinúan un temblor dentro de uno. Puedes tocar la caída de Oharu, sentirla como una crecida de densidad del propio vértigo que se te ahonda en entraña.
Esta fenomenología de las posturas, o más bien, fenomenología del gesto, emparenta a Oharu con un dilatado linaje de mujeres en el cine japonés, desde La mujer de la arena (Teshigahara) a La mujer insecto (Imamura), pasando por El ángel rojo (Masumura) o las heroínas que declinan infinitamente sus cuerpos, cuyo cuerpo es infinitamente cercado, fragmentado, engullido, transitado, expoliado, en el cine de Yoshida Kiju (desde La mujer del lago a Eros plus Massacre). También mujeres occidentales: es imposible no recordar cómo el dispositivo cinematográfico visibiliza, articula y descompone-recompone el cuerpo y el gesto de las inolvidables protagonistas de la “trilogía del silencio” de Antonioni o de la madre Juana de los Ángeles en la película homónima de Jerzy Kawalerowicz, por citar sólo dos ejemplos.
El cuerpo de Oharu se inclina, cae, se arruina, y apenas vuelve a alzarse, cae de nuevo, en una dialéctica de demolición progresiva perfectamente coreografiada.
Tras atravesar todas las posiciones que la jerarquizada sociedad del Japón Tokugawa permite a la mujer (cortesana imperial, concubina de un daimyô o señor feudal, geisha de Shimabara, humilde esposa de un artesano), Oharu intenta retirarse del mundo ordenándose monja en un monasterio budista. La “madre superiora” le advierte: “El mundo cambia sin piedad. Lo que nace bello a la mañana se marchita a la noche”.
Pero el destino se volverá contra ella una vez más y es expulsada del monasterio. Una vez en la calle, su cuerpo frágil, titubeante, vehículo de una estructura emocional arrasada, alma-raíz que pende de un tallo a punto de quebrarse, se confunde con los cascotes, detritus y fragmentos de cornisas y muros derruidos que rodean las inmediaciones del templo. La demolición interior se exterioriza, dolorosamente, en el entorno, y ambas ruinas –la ruina urbana, y el cuerpo-alma en ruinas de una Oharu envejecida- se refuerzan y se alimentan, sosteniendo su mutua caída.
En un pequeño templete, una de las efigies de Buddha le recuerda el rostro de su primer amor, el hombre por quien perdió su posición en la corte y que fue él mismo ejecutado (este amor incondicional marcará el principio de las desgracias de Oharu). Es allí donde la pequeña mujer invoca la piedad de Kannon, “diosa” de la misericordia en el budismo mahayana y contrapartida femenina de Avalokitesvara, el bodhisattva de la compasión.
Tampoco esto bastará. A Oharu le aguardan la prostitución y la mendicidad: condición última que aquel mundo masculino, jerarquizado y ritualizado en sus mínimos pliegues, será capaz de ofrecer al único personaje que irradia una belleza, una bondad y una dignidad inquebrantables a lo largo de todo el relato.
Oharu se confunde con las ruinas. Transita. Desaparece.
Su rastro reverbera en nosotros un instante, y nos templa, nos hace templo en la espera, nos des-templa y desteje el tiempo-templo que hemos compartido con ella, acompañando su periplo y via crucis.
El único personaje digno, interiormente bello, en un infierno de mezquindad y opresión. Una mujer menuda que sabe mirar y cuyo amor no puede tasarse según los principios de la sociedad falocrática, marginadora de toda pureza.
Mucho más tarde, la Gertrud de Dreyer diría: “Amor Omnia”
Oharu lo dijo antes, con pudor, infinito pudor y silencio.
La mujer que se atrevió a amar donde el amor no existía.
