miércoles, 21 de diciembre de 2011

Kokoro

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La primera canción que escuché de Barbara fue “Perlimpinpin”, en la versión en directo del álbum Gauguin de 1990. Al instante quedé subyugado por la fuerza de una voz, por el poder de una canción como nunca antes había oído. Había tal tensión emocional en aquella dicción extraña y maravillosa que me conmocionó durante muchos días. A partir de entonces escuché a Barbara durante un año entero, y soñaba cómo sería verla en directo; ni siquiera sabía cómo era su apariencia física, ni podía imaginármela. Al cabo de los meses, Internet me deparó la posibilidad de conseguir el dvd del concierto Châtelet, de 1987. La mera experiencia de verla aparecer en el escenario, con las palmas de las manos vueltas hacia el público en pudorosa ofrenda, me sobrecogió, me hechizó, me fracturó. Recuerdo haber visto el concierto entero envuelto en una densa nube de emoción, cuya naturaleza era completamente distinta a cualquier cosa que en música hubiera experimentado hasta entonces. Las primeras veces lloré, y eso me hacía bien, me liberaba de lastres, me hacía soltar amarras. ¿Qué poder era el de aquella mujer capaz de exorcizar esos íntimos demonios? ¿Cómo un solo ser, que además pertenecía a una cultura diferente a la mía, podía arrebatarme de ese modo? Con el paso de los años, la emoción, aunque transformada, modulada y refinada, persiste.

La presencia escénica de Barbara encierra algo único en la historia de la música popular. Siempre que se habla de artistas escénicos, de cantantes, se desbrozan los lugares comunes de sinceridad, entrega, pasión, complicidad con el público… Barbara tiene, en efecto, todas esas virtudes, pero en la naturaleza de la emoción que transmite hay un elemento añadido: es la expresión de una voluntad sin límites, que encuentra su cauce en la receptividad del público. Es, en palabras de Schopenhauer, un vehículo de la voluntad pura, de una fuerza que apenas podemos nombrar pero que sacude las fibras más recónditas de nuestro ser.

La tradición del cabaret se diferencia de las genealogías de cantautores anglosajones en un punto capital: articula una modalidad de representación del texto cantado. El cabaret alemán inició esa suerte de intromisión de elementos de la dramaturgia en la puesta en escena de los cantantes populares. El cabaret belga y francés refinó esa gestualidad y la tornó imperiosa, melodramática, capaz de exaltar, acusar, transgredir y dar rienda suelta, en un estilo declamatorio, a una acusación existencial dirigida al hombre y a la sociedad. Figuras como Charles Trenet, Gilbert Becaud o Jacques Brel inauguran esa suerte de recital “interpretado”, en el que muchas canciones van acompañadas de coreografías, movimientos, gestos que retratan o remedan a personajes. En el caso de Brel, esta representación se convierte en el punto central del espectáculo. No hay que pensar, sin embargo, que todos los cantantes franceses estaban dentro de esa tradición: un George Brassens o un Jean Ferrat exhibían la misma parsimonia escénica que Bob Dylan o Leonard Cohen. En el presente, algunos artistas en la línea del cabaret continúan acompañando a las canciones de un amplio abanico de gestos y expresiones faciales. La más notable es Ute Lemper, experta en trasladar al espectador, con una hilarante complicidad, todos los matices del sarcasmo.

Aunque en un primer momento se puede tener la tentación de incluir a Barbara en este tipo de cantantes-actores por su gesticulación y su expresividad facial, una mirada más atenta anula ese propósito: Barbara no repite nunca el mismo gesto, que es ejecutado con absoluta naturalidad “teatral”, de un modo improvisado, sin concepciones previas y sin querer ilustrar dramáticamente el contenido de la canción. Los gestos son guiños que hace al espectador, no un espejo de la canción o una prolongación de la misma. Esos gestos, además, son extremadamente contenidos en comparación al ostensible énfasis de Jacques Brel o Ute Lemper. Gesto que abre cauce, entonces, gesto que desmorona nuestras defensas psicológicas y prepara la recepción, el estallido, la convulsión. La fractura, la caricia.

No obstante la riqueza de su expresividad y el modo en que se desliza por el escenario, no es ahí donde hay que buscar la fuente de la singularidad de Barbara. Ésta se encuentra en esa voluntad, en esa fuerza secreta a la que antes aludíamos, una fuerza que acaso ella no controla y que la impulsa a llevar las emociones hasta el final, hasta la catarsis liberadora de “Le mal de vivre” o el grito último y desgarrado de “Le soleil noir”. Como si algo impersonal se expresara a través de ella, encontrara en ella la mediación para volcarse en el mundo (que nadie sospeche en esto alusión a trascendencia alguna). Nada más verla, se advierte inequívocamente que ella está ahí, actuando como cauce de esa energía, entregándose a sí misma como una plegaria, en una comunión de devastadora y voluptuosa intimidad. Casi estaríamos tentados de hablar de "religiosidad" si Barbara no fuera rotundamente escéptica en estas cuestiones, pero es evidente que la gravedad y la gracia, la caída hacia las formas sensibles, el despertar de los signos adormecidos, inscritos en el cuerpo, juega un papel fundamental en todo esto.

La naturaleza de esa fuerza (y de la delicadeza singular que es su anverso perfecto) y el modo en que la proyecta hacia el público es lo que explica la singularidad de Barbara en el panorama de los intérpretes de la música popular del siglo XX.

Como es obvio, no todo se reduce a una cuestión de presencia escénica: Barbara introduce innovaciones evidentes en la chanson, tanto a nivel estructural como de contenidos. Su destreza técnica como cantante, compositora, pianista y principal responsable de los arreglos me parece incuestionable. Seré claro: para mí, el resto de mis intérpretes-compositores favoritos (Leonard Cohen, Paolo Conte, Nick Drake, Caetano Veloso, Nick Cave, Tom Waits, Scott Walker, Jacques Brel, George Brassens, Léo Ferré...) no resiste ningún tipo de comparación con Barbara en ningún aspecto. Ella está en otro lugar, siempre en otro lugar, un lugar impronunciable cuya existencia estos otros autores ni siquiera sospechan.

Siempre he pensado que lo que Barbara hace con la voz, con la carnalidad de la voz fracturada, llena de arañazos, ahuecada, asolada, la voz-suspiro de la madurez, la voz tectónica, requiere un acercamiento paciente y minucioso, una lectura poética y filosófica. Una amiga japonesa (insólitamente, Barbara, ignorada en España, tiene un nutrido grupo de seguidores en Japón) me dijo una vez sobre Barbara: "Es la única cantante capaz de cantar sin cantar. Ni siquiera necesita la voz". Esta aparente paradoja, afín a ciertas historias Zen, me parece muy justa...

Por eso hoy os invito, a los que queráis, a los que dispongáis de una hora de vuestro tiempo y os apetezca recorrer esta senda, a un concierto de Barbara en toda su extensión. He excluido mi canción favorita, "Le mal de vivre", que será objeto de una entrada posterior.

Éste es el listado de las canciones:

Perlimpinpin
Raison d'êtat
Fragson
A peine
La solitude
Tire pas
Mon enfance
A mourir pour mourir
L'île aux Mimosas
Le soleil noir
Marienbad
L'Homme en habit rouge
Le piano noir
Ma plus belle histoire d'amour
L'aigle noir
Nantes
Göttingen
Regarde
Dis-quand reviendras-tu?

(bis) Barbara & Moustaki, "La dame brune"

Y gracias, una vez más, a EnigmatiqueBarbara por hacer posible la existencia de estos vídeos y de sus traducciones en la red...
















martes, 20 de diciembre de 2011

La condición humana

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Hace poco más de un año, un amigo empezó a llamarme, medio en broma medio en serio, "doctor Baltar". A mi sorprendida pregunta por ese inesperado apodo, respondió que yo me parecía mucho a un personaje de una serie de televisión que estaba viendo: Battlestar Galactica. Me dio a entender que el parecido no sólo era físico sino también de carácter, después de lo cual insistió en que viera la serie. Busqué alguna información y vi algún trailer y no quedé muy convencido, pero su insistencia hizo que decidiera ver unos pocos capítulos para averiguar de qué iba todo aquello...

Battlestar Galactica resultó ser una absoluta sorpresa y se convirtió en mi serie favorita, incluso por encima de las míticas Twin Peaks y Expediente X. Y ello porque, más allá de la trama, es un ensayo cinematográfico sobre la condición humana: lo que somos, lo que nos duele, lo que nos hace felices o desesperados, aparece en la serie con una crudeza, una desnudez (y una mirada compasiva) que nunca antes había visto en una serie de televisión... una experiencia quizá comparable, aunque en otros términos, al maravilloso film La condición humana, de Masaki Kobayashi...

No quiero desvelar la trama, pero es inevitable señalar el punto de partida: los seres humanos crearon a los Cylon, máquinas pensantes que al cabo de varias generaciones iniciaron una guerra de independencia y, una vez firmado el tratado de paz, desaparecieron. Han pasado cincuenta años desde las guerras Cylon, y estos seres regresan y exterminan a la humanidad en un apocalipsis de fuego y sangre. Sólo unas pocas naves espaciales sobreviven, y un total de unas 50.000 personas de los doce mundos o colonias de Kobol. La humanidad conoce la leyenda de un planeta remoto conocido como Tierra, al que supuestamente emigró la decimotercera colonia en tiempos mitológicos. Ese será el destino anhelado por los supervivientes: un lejano paraíso inalcanzable...

Los Cylons han evolucionado y son iguales a los seres humanos. Muchos han sido programados para creer que son humanos y han sido infiltrados entre los supervivientes como agentes durmientes a la espera de "despertar". La serie muestra cómo estas dos especies luchan despiadadamente, y el desesperado éxodo de la humanidad acosada de un sistema estelar a otro... Al cabo del tiempo, ocurre lo inevitable: algunos Cylon y humanos se enamoran, hay Cylons que defienden la causa humana y humanos que colaboran secretamente con los Cylon.

El argumento, expresado así, es poca cosa y no da idea de los admirables meandros de la trama, de la increíble sutileza psicológica de los personajes, de la insólita riqueza de la serie desde un punto de vista filosófico y existencial. Incluso hay un interesante trasfondo místico (que no revelaré) y una guerra de religiones: la humanidad es politeísta, adora a los dioses de Kobol, y los Cylon creen en un Dios-Uno, un Dios de Amor (que paradójicamente ampara su devastadora cruzada).

Una obra sinfónica y poliédrica sobre la condición humana: en el retrato aparecemos como seres violentos, egoístas, depredadores, taimados, pero también capaces de la mayor delicadeza, de la más sincera ternura y compasión. La condición humana.

Es también, hasta donde conozco, una de las pocas obras cinematográficas donde la mujer no es instrumentalizada por el hombre, que es siempre quien detenta el poder y la esclaviza simbólicamente (convirtiéndola en mero objeto de deseo); aquí las mujeres son tanto o más poderosas que los hombres, y sus decisiones y pasiones no obedecen a la voluntad de ninguna mirada androcéntrica: la presidencia de las Doce Colonias recae en una mujer; la almirante suprema de la flota es mujer, así como los mejores pilotos de combate (Kara Thrace o Kat...); en la casi perfecta democracia Cylon, son las mujeres las que detentan el verdadero poder, lo que deja sospechar que constituyen una especie de matriarcado flexible...

Por otra parte, algunas de las interpretaciones, como el comandante Adama o la teniente Kara Thrace, se cuentan entre lo mejor que he visto nunca en cine... se me han saltado las lágrimas muchas veces.

No exagero al decir que ésta es una de las experiencias estéticas más intensas y demoledoras de mi vida.

Quien se anime a verla lo comprobará (imprescindible la versión original; el doblaje es increíblemente nefasto)


Bill Adama, comandante del crucero de combate Battlestar Galactica
Laura Roslin, presidenta de las Doce Colonias


Samuel Anders, uno de los líderes de la resistencia en la Cáprica ocupada por los Cylon; Lee Adama, jefe del grupo aéreo; Kara Thrace, la mejor piloto de la flota


especialista Cally Henderson; jefe de mantenimiento Galen Tyrol


coronel Saul Tigh y D'Anna Byers


reverendo Cavill, sacerdote y agitador cultural


teniente Sharon Valerii, especialista en operaciones de alto riesgo


Kara Thrace y el "pianista fantasma"



La Cylon Cáprica 6 ocupa una posición destacada en la jerarquía de mando Cylon. Gaius Baltar es científico y supervisor de los protocolos del sistema de defensa de las Doce Colonias. Una de las historias de amor más singulares que uno pueda imaginar...


almirante Helena Cain, comandante suprema de la flota de las Doce Colonias


Tory Foster, jefe de gabinete de la Presidencia


Tom Zarek, para algunos, un terrorista; para otros, un luchador por la libertad


El puente de mando del Battlestar Galactica. De izquierda a derecha empezando por la fila de atrás: comandante William Adama; teniente Karl Agathon; coronel Saul Tigh; teniente Félix Gaeta; oficial de comunicaciones Anastasia Dualla


Y por último, un tráiler de la serie... Aviso de que en estos breves minutos no se aprecia el trasfondo filosófico ni la densidad psicológica de los personajes: tan sólo es un ensamblado de escenas de acción, pero al menos puede dar una idea de la textura visual.




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Dancing!

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Sigue siendo una de mis canciones favoritas. Creo que nunca he visto una banda tan afinada y potente, no sólo la sección de vientos, dirigida por el hábil Antonio Marangolo (saxo): la sección rítmica de esta banda es quizá la mejor que he escuchado.

Y la voz y el piano de Paolo Conte: están tan dentro que ya no hace falta hablar de ellos. Algo los pronuncia en mí, sin voz.

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La revolución

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Viviendo como vivo entre humanos, he de decir que cuanto más los observo más obligado me siento a constatar su egoísmo. […] La señorita Shirokun, la gata blanca que vive enfrente y a quien tanto admiro e idolatro, suele decirme cada vez que nos vemos que no hay criatura viviente tan despiadada como el ser humano. El otro día, sin ir más lejos, dio a luz a cuatro preciosos gatitos. Pero no habían pasado ni tres días cuando el shoshei de su casa los agarró a todos y los tiró al estanque que había al lado de su casa. Shirokun me narró toda la escena entre lágrimas, y me aseguró que si queríamos aspirar a disfrutar de algo de vida familiar, era imprescindible que nosotros, los felinos, entabláramos una guerra total y sin cuartel contra los humanos. Nuestra única alternativa era exterminarlos, acabar con ellos y con su raza entera, así de sencillo. Me pareció una propuesta bastante razonable, a la luz de los acontecimientos. […] Yo me conformo con vivir el día a día. Cuantos menos sobresaltos, mejor. Pero les juro que los humanos no se saldrán con la suya eternamente. Tenemos que ser pacientes. Llegará un día, y espero que no tarde mucho, en que los gatos dominaremos el mundo.

Natsume Soseki, Soy un gato

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domingo, 18 de diciembre de 2011

caída poema

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el ángel quiso saber qué ocurre
cuando un poema cae desde un sexto piso

lanzó los versos más furiosos y delicados
lanzó el corazón humano

esa víscera estalló en el pavimento
esparció sus aristas en las baldosas azules

en la sombra se irguió el miedo
hubo un cielo de sal
temblaron animales

cuervos comieron la pulpa de las palabras quebradas

(dicen que donde cayeron
aquellos versos
no hubo peso,
sólo yermo)

el ángel comprendió que el poema sólo existe en la caída
que sólo vértigo amaina ser

juró combatir el espíritu, raíz de lo inmóvil
juró caer él mismo

así hasta hoy


Imagen: Paul Klee

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Juegos de verano

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Shilde ("Julio"), Darezhan Omirbaev

otros niños, en otras latitudes, también jugábamos bajo el inmeso cielo abierto, en llanuras muy parecidas a las de Kazajistán

una oruga en el brazo, caracoles en las palmas de las manos

cerca, toda la ternura respirable, el tiempo dilatado, la complicidad

juegos de verano

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sábado, 17 de diciembre de 2011

donde fluye carencia

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Monjes, no os engañéis: lo que único que tiene el ser humano es su carencia

Buddha Sakyamuni, Udana sutra


El vértigo ocurre justo en el límite, siempre en el límite, ahí donde nuestros sensores se revelan incapaces, ahí donde empieza la ceguera. Si el poeta es tradicionalmente ciego es porque encara los abismos con su carencia misma, su carencia es la faz que presenta a lo incógnito incognoscible, y su carencia, por eso, es su don, y de ella habla; su don es hablar de su carencia desde su misma carencia.

Chantal Maillard, Escritos sobre pintura. Henri Michaux


Carecer de algo también tiene fragancia y energía.

Robert Walser, Jakob von Gunten


LA CARENCIA

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Alejandra Pizarnik

Imagen: Zóbel


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